REVISTA VANGUARDIA
El país no cambiará por generación espontánea
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| José Hernández | |
| martes, 07 de noviembre de 2006 | |
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Los sondeos se equivocaron... ¿Ese es el debate? ¿O lo es creer que el populismo desaparecerá sin erradicar la miseria?
En esta campaña no sólo ha habido beatos. También adoradores de lo políticamente correcto dispuestos a darse golpes de pecho por no entender el país. Mejor: por no haber leído en una bola de cristal los resultados exactos de la primera vuelta electoral. Se entendía que León Roldós y Cynthia Viteri no estarían en la segunda vuelta electoral. Y así fue. Se entendía que Rafael Correa se había estancado en las últimas semanas y que Álvaro Noboa y Gilmar Gutiérrez subían. El uno desde el 20 por ciento y el otro desde el 10 por ciento. En definitiva, se sabía —las tres últimas semanas se supo— que Correa y Noboa estarían en la segunda vuelta. Y así ocurrió, salvo que se produjo en sentido contrario. Las encuestadoras tienen que explicar desfases porcentuales, pero ese no es el problema de aquellos que se han dado y repartido azotes por no haber adivinado la evidencia: que el populismo de los Gutiérrez renació de las cenizas. Vanguardia, donde no hay ni látigos ni bolas de cristal, así lo pronosticó (#18), en enero pasado. Cuando los Gutiérrez estaban en la cárcel… ¿Cuál es, entonces, el debate? ¿No haber adivinado que el dúo de los Gutiérrez llegaba tercero? ¿Descubrir que el fenómeno de los forajidos no fue nacional? Hay en el fondo de esa autoflagelación una falsa sorpresa. ¿Acaso alguien no sabía que forajidos sólo hubo en Quito y algunos puñados en Cuenca? ¿Además, alguien puede pensar que el voto enraizado, como llaman en el Prian al voto salido de las zonas más rurales y más marginales del país, puede variar sin cambiar allí las condiciones socio-económicas? Curiosa sorpresa. Curiosa porque vuelve a mostrar la manera como los grupos de poder creen que sus tesis y sus modelos van a encontrar adhesión en los sectores más pobres: por generación espontánea. O por comparación entre las propuestas que no encuentran eco en el electorado y las experiencias de los gobiernos de turno. Los seguidores acérrimos de León Roldós ya están en la misma onda: desde ahora creen que el país lo va a extrañar apenas beba la pócima que le preparan Noboa o Correa. Los grupos de poder no aprenden. No dan la impresión de manejar con retrovisor. ¿Acaso no hubo cincuenta años de José María Velasco Ibarra? ¿Acaso no han leído a su mejor biógrafo, Robert Norris, quien mostró que el país no ha hecho otra cosa, a lo largo de su historia, que repetirse y “girar sobre su propio eje”? Lucio Gutiérrez repite a Abdalá Bucaram quien a su vez, y desmejorado, repite a otro Bucaram, don Asaad, quien a su vez… Y Noboa repite la repetición ¿Por qué extrañarse, entonces, de que ese modelo goce de tan buena salud? La extrañeza no debiera estar ahí. Debiera estar en la impotencia que se ve en el país para minar ese modelo que fabrica miseria, líderes mesiánicos y grupos mafiosos. Ese modelo está llegando a su expresión más acabada: la del millonario más grande del país convertido en mesías, repartiendo camisetas, dinero, sillas de ruedas y fabricando casitas en el aire. ¿Por qué es extraño, en esas condiciones, que Noboa vaya otra vez de primero en las encuestas? Lo extraño es que la política, aquella que se ocupa del bien común y de los asuntos públicos, no haya encontrado los líderes que se merece y que algunos analistas, en vez de apuntar hacia allá, estén reclamando porque no se invitó a Gilmar Gutiérrez a los debates. Menuda forma de apuntalar las agendas nacionales. Aquí el fracaso no es de los sondeos sino de los verdaderos demócratas que, frente a la realidad, lucen impotentes políticamente y terriblemente minoritarios. Esos demócratas, muchos diseminados entre los forajidos, no han logrado incidir, durante décadas, para que la democracia y sus beneficios en la vida diaria, lleguen a los grupos más desfavorecidos del país. Esos que viven en los márgenes y a quienes no importa votar por el populista de turno que regala camisetas o azadones. En definitiva, nada tienen que perder. El país los abandonó desde siempre. |








