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Guayaquil con poca sangre PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 05 de diciembre de 2006
Una pinta puede costar hasta 120 dólares. El problema es que no hay muchos donantes.

En Guayaquil la sangre se obtiene a cuentagotas. Los bancos de sangre viven con las justas. Entre las causas está la masiva emigración de jóvenes, la deficiente alimentación de los donantes (casi todos llegan anémicos) y la falta de cultura de donación. Ésta está sesgada por mitos que van desde el riesgo a contraer enfermedades hasta ganar peso, según lo explicó César Romero, doctor y director técnico del banco de Sangre de la Cruz Roja. Por ello “cada unidad entra con nombre y apellido”, dice Rosa Barba, del banco de sangre del hospital del Seguro Social.

La demanda de sangre se ha incrementado en los seis últimos años. En el hospital del IESS, la primera causa de hemorragia son las heridas por armas cortopunzantes; seguida por los politraumatismos provocados por accidentes de tránsito y las hemorragias digestivas causadas por irritación estomacal a raíz de la automedicación. Mensualmente entran entre 600 y 700 pintas de sangre. La misma cantidad sale. Los afiliados la obtienen de manera gratuita siempre y cuando lleven donantes para reponerla. Algo similar ocurre en el banco de la Cruz Roja, donde se mueven de 800 a 1 000 pintas cada mes.

En el Hospital Luis Vernaza y en la Maternidad Enrique Sotomayor no revelan el flujo de pintas. Pero cobran 34,95 dólares para cubrir gastos y pruebas del donante (para saber si puede o no donar) y 75 dólares de depósito como garantía, pues algunos familiares de los pacientes se marchan sin reponer la sangre. Algunos prefieren pagar a otra persona, conocida en las calles como vampiro. La doctora Barba los denomina donantes remunerados. Son personas que venden su sangre. Los precios varían según el tipo. El O positivo puede conseguirse desde 10 dólares, los de Rh negativo no bajan de 60 dólares. El tipo AB negativo es prácticamente imposible de conseguir entre los donantes remunerados y puede costar hasta 120 dólares la pinta.

Su perfil no sorprende. Son adultos de 25 a 50 años, en su mayoría hombres, que no tienen empleo o son trabajadores eventuales. Afuera de la Cruz Roja, se encuentran en la calle Primero de Mayo. Arrimados a las columnas del banco de sangre, matan el día conversando, sin perder de vista a la gente que entra y sale. Más al sur, en la avenida 25 de Julio está el hospital de IESS, donde hay más donantes remunerados, están mezclados entre los donantes familiares en la sala de espera.

Líder tiene 27 años y es la primera vez que vende sangre. Se le nota la ansiedad y los nervios en la cara. Él es O positivo, vendió su sangre a 35 dólares y se justifica diciendo que necesita el dinero y no hay trabajo. Un amigo le dio el dato y al día siguiente realizó la transacción. En cambio Teodoro, de 49 años, lleva alrededor de 20 años dedicado a comercializar su sangre. La vende cada 3 meses, según la necesidad. “Cuando me sale un cachuelo y tengo plata, dono cada 5 ó 6 meses”, afirma con naturalidad. Sabe que no debe extraerse sangre más de una vez cada tres meses. Tantos años en el mercado lo hacen una especie de maestro y como tal da sus consejos: “en la maternidad no pagan bien”, por eso prefiere rotar entre el Luis Vernaza, la Cruz Roja y el hospital del Seguro.

Las políticas de la Cruz Roja son claras: no aceptar los denominados vampiros. Desde hace 15 años hacen campaña para disuadir esa práctica. Guido Carrera, director administrativo, estima que se han reducido en un 80 por ciento los donantes remunerados que se ofrecían en las afueras. El espíritu de donaciones exclusivas de familiares se ha contagiado en el hospital del Seguro Social, así como en el Vernaza y en la Maternidad Sotomayor. La decisión final está en manos de los parientes.