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La izquierda y la derecha decentes se necesitan PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 12 de diciembre de 2006
ImageSi cierta derecha quiere volver al imaginario social, debe distanciarse, política y éticamente, de los sectores que medran de la corrupción.


La cultura de cierta derecha es asombrosa: en algunos de sus cená- culos se afirma que la pelota está en el campo de Rafael Correa. Se dice con la misma naturalidad con la cual algunos ventilan sus temores y, a fuerza de repetirlos, terminan por creérselos.

Si cierta izquierda ganó, lo obvio sería preguntarse por las razones de la derrota. Mejor: preguntarse qué actitud asumir hoy cuando el país, tras vanos intentos, vuelve a apostar a una opción de cambio. Lo cual significa —debiera significar para la derecha— revisar sus esquemas y prácticas y poner en sus agendas algunos interrogantes. ¿Por qué dejó de ser opción de gobierno? ¿Por qué bajo su administración el país se llenó de grupos que han esquilmado las finanzas públicas y secuestrado los poderes del Estado? ¿Por qué la derecha dejó de ser sinónimo de país, de honestidad, de decencia?

Si la derecha no hace ese ejercicio, volverá a lo único que hace políticamente en momentos de incertidumbre: esperar que el nuevo mandatario se equivoque. Articular su bloqueo en el Congreso. Aupar su salida. Preparar folletos para decirle qué tiene que hacer... Porque esa derecha, tan vieja y arcaica como los amigos de Castro, nunca pensó que debía competir con propuestas de cambio. De hecho, lo suyo es acumular poder. Y dinero. Y tener organismos de control, fiscales y jueces a sueldo para que nadie indague por los negociados en Petroecuador, Andinatel, la Categ, las aduanas, el presupuesto... Esa derecha se disecó. Se convirtió en una maquinaria sin principios y sin derrotero.

Por eso el triunfo de Correa, deja la pelota en la cancha de la derecha decente. La obliga, para volver al imaginario social y político, a reconstituir su ideario. Y no podrá hacerlo sin distanciarse, conceptual, ética y políticamente, de las prácticas corruptas de la vieja derecha. Así el nuevo escenario no parece ser la guerra entre Rafael Correa y sus seguidores con el resto del país. Más parece ser un acuerdo entre ciudadanos decentes que entienden que el país es inviable con mafias, instituciones con dueño (de derecha o izquierda, da igual), y una impunidad que demuele instituciones y socava cualquier esperanza.

El reto del presidente Correa no sólo está en sacar adelante la Constituyente que prometió y cuyo perfil hace en esta revista su Ministro de Gobierno designado. Está en entender que la reinstitucionalización del país requiere una nueva izquierda y también una nueva derecha. Y que esas dos fuerzas, paradójicamente, se necesitan. Primero para superar el bloqueo que es una de las armas usadas por los viejos grupos de poder para perpetuarse. Y luego, para establecer ese piso mínimo de convivencia democrática sin el cual el país puede verse abocado a salidas extremas. De un tinte. O de otro.

Si admite el deseo de cambio que es evidente en el país, la derecha decente tiene que conceder que Alianza País minó, en las urnas, las bases de un sistema corrupto y agonizante. Es indudable que en el país hay gente que hoy respira mejor. Y Correa, para tener éxito, no puede ignorar las franjas decentes de la derecha y el centro. Si tensa la cuerda —como lo exigen los más radicales en sus filas— pondría de hecho a esas fuerzas a la cola de la derecha corrupta. De paso —lo quiera o no— la oxigenaría. Eso militaría contra su proyecto y contra su propio gobierno.

Los electores han dado la fórmula: le han otorgado masivamente su confianza por haber prometido —basado en su honestidad y en la de su equipo— hacer transformaciones de fondo. Es decir, desmontar el viejo sistema. Pues bien: en esa tarea no sólo coinciden los que han estado al margen del poder y de los beneficios que supone la democracia. Están los que han sido víctimas, por acción u omisión, de un sistema podrido en el cual también coincidieron franjas de la derecha y de la izquierda. Las señales provenientes, por ejemplo, de la Unión Demócrata Cristiana y de dirigentes empresariales como Mauricio Pinto, en Quito, o María Gloria Alarcón en Guayaquil (ver pág. 30), son buenas noticias para una derecha tradicionalmente pasiva e inmóvil.