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¿Y qué hará Manta sin la base militar? PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 12 de diciembre de 2006
El triunfo de Correa no alteró al puerto, que vive de la pesca, la inversión y los inmigrantes. Los estadounidenses no se hacen sentir.

El anuncio hecho por Rafael Correa, durante la campaña presidencial de no renovar el convenio con Estados Unidos por el uso de la Base de Manta, provocó reclamos en el puerto manabita. No se oponen a la presencia del Puesto Avanzado de Operaciones (FOL, por sus siglas en inglés), pero tampoco les resulta indispensable.

Buscar en las calles de Manta a algún militar estadounidense puede resultar frustrante, porque a los gringos, como les llaman, no se les ve. De ellos sólo se tienen noticias por las páginas de los periódicos locales, cuando rara vez son mencionados por ayudas sociales. Y los manteños son elocuentes para puntualizar que la presencia de la FOL no les resulta molestosa.

Pero precisamente por la FOL Manta se ha hecho de una fama que le ha servido para recibir inversión no libre de fracasos. La llegada de los militares en el 2001, tras el acuerdo suscrito por el presidente de la República, Jamil Mahuad, con el gobierno de Washington, en 1999, la convirtió en una de las ciudades más caras del país. Los arriendos se triplicaron y el valor de la tierra subió como espuma. Por ejemplo, por el arriendo de una casa, que se pagaban máximo 300 dólares, se llegó a pedir hasta mil. Y hubo estadounidenses que los pagaron.

La noticia atrajo a empresarios de Guayaquil, Quito y Cuenca. Se abrieron discotecas con nombres típicos estadounidenses, como Nashville South, Wolf, Cheers, Steak House, y restaurantes como La Riviera. Se edificaron hasta complejos turísticos como el de la vía a San Antonio, con cabañas rústicas, caballos y espacio para parrilladas. De cinco pasaron a ser 12 los hoteles y hostales que se abrieron en el centro, cerca de la playa El Murciélago, y en la zona de Tarqui los alojamientos de segunda y tercera clase se triplicaron.

Cuando llegaron los primeros militares, a inicios del 2001, la situación prometía bonanza, los hoteles de primera, como el Oro Verde, vivieron tiempos fecundos, con capacidad llena. Entonces albergaron a los uniformados y civiles encargados de mejorar y ampliar la pista del aeropuerto, en la que se gastaron 70 millones de dólares. Y esa inversión realizada en la pista fue la única que palpó Manta. En particular las compañías o los empresarios encargados de proveer materiales de construcción y el combustible para la maquinaria. Ellos sí ganaron con los gringos. También lo hicieron los bares y restaurantes, el comercio informal de artesanías.

La realidad golpeó a los soñadores. Primero que la cantidad de estadounidenses no iba ni remotamente a acercarse a los miles que estaban asignados en bases como la de Panamá, Vieques o Filipinas. Apenas si eran 250 con un cupo máximo permitido de 475. Y luego, tras los ataques del 11 de septiembre de ese año, los militares limitaron sus visitas a la ciudad. Cambiaron sus costumbres.

Los estadounidenses dejaron incluso de consumir recursos locales, como alimentos y agua, que ahora les llegan desde Estados Unidos en aviones logísticos de reabastecimiento C-130, C-141, C-17 y C-5. Aún así, todavía hay negocios como el de Supermaxi, Mi Comisariato y las despensas Aki que mantienen perchas repletas de productos californianos, desde cremas de afeitar, quitadores de manchas para mascotas, hasta cervezas y las papas Pringles, con una gama de sabores tan extraños como jalapeños, Fiery hot, Ranch y Chili cheese. Pero sólo las compran cuando se les acaban las reservas.

Pero si la presencia de los militares, mínima en cantidad y en inversión, no fue la causante del boom económico de este puerto ¿qué lo fue? Roberto Mera, funcionario de la Cámara de Comercio de Manta, en un estudio realizado sobre la ciudad, sostiene que el repunte empezó con una desgracia: el accidente del avión de Million Air, ocurrido en 1996. La ciudad se benefició con una indemnización de 4 200 000 dólares, al margen de las otras que recibieron los particulares perjudicados por el percance.

El alcalde Jorge Zambrano, devoto del Divino Niño, flanqueado en su escritorio por tres imágenes de mediano porte, recuerda que la ciudad recibió en ese tiempo cerca de 16 mil millones de sucres, pero la mayoría de ese dinero fue usada en atender la emergencia por el Fenómeno de El Niño de 1997. El resto se invirtió en la ciudad, en mejorarla, en pavimentarla. “En cambiar la mentalidad al manteño”.

Zambrano concede otras pistas del desarrollo. Primero, la inversión realizada por los empresarios pesqueros para convertir al puerto en el centro de operaciones de la mayor flota atunera del Pacífico. Un informe de la Cámara de Comercio, establece que esta actividad genera anualmente más de 200 millones de dólares. Cerca del 80% de la población depende directa e indirectamente de este sector.

Otra cifra resulta más reveladora: Manta genera alrededor del 80% de la producción pesquera de Ecuador y el 40% de la producción el Pacífico Oriental. Veinte empresas son responsables de la industrialización del atún, con una capacidad instalada de aproximadamente 450 toneladas por día. En el puerto se encuentra el 90% de las procesadoras y empacadoras del país. Y en su malecón el olor que emana el procesamiento de pescado lo contamina todo.

La flota artesanal está conformada por más de 3 000 unidades, y se constituyéndose en la más importante del país. Quizás sus miembros son los únicos que sí registran cierto recelo hacia los estadounidenses, porque han sido más de 40 las embarcaciones hundidas por sospechas de traficar con personas, combustibles y droga.

Manta se desarrolla por sus propios medios. “La FOL no ha hecho obra de infraestructura ni social. O ésta ha sido mínima. La ciudad no depende de la FOL. Ni pugna porque se vaya”, refiere el alcalde Zambrano. Y esto no significa otra cosa sino que Manta no está dispuesta a que se imponga, como en el 99, a huéspedes no invitados. Por cierto, la Municipalidad ya tiene planes para la pista que usan los estadounidenses. La próxima semana se anunciará la construcción de un aeropuerto intercontinental.

Segunda pista del desarrollo: el puerto marítimo, recientemente concesionado a la mayor operadora portuaria del mundo, Hutchinson, también consolidó la industria exportadora derivada de la pesca, la de la tagua y la automotriz. El mismo aeropuerto también se ha constituido en un puntal de ese desarrollo. Desde Manta salen cada semana dos vuelos diarios con flores y pescado a Cuba. Hay vuelos de carga de Lan Chile y se realizan ocho frecuencias de vuelos de pasajeros entre Manta y Quito.

La tercera vertiente del crecimiento son los inmigrantes. Siendo una ciudad puerto, los manteños conviven con los hijos de aquellos que por los 80 y 90 emigraron a Venezuela, Estados Unidos y España. Ahora hasta hay un barrio conformado por hijos de ecuatorianos que nacieron en Venezuela y que volvieron con dinero para invertirlo en esta ciudad. En el barrio Los Bajos hay más de un centenar de familias de “carajitos”. Así se explica el crecimiento desordenado entre un sinfín de cerros de suelo seco y arenoso, y el florecimiento de barrios tan variopintos como Florita, Cuba, La aurora, Fabril, Urbiríos y Jocay. En una década, la población de Manta creció de 137 000 a 220 000.

En Manta hacer dinero es una consigna. En los alrededores del mercado de la parroquia Tarqui, el dinero se mueve vertiginosamente. El mayor centro popular de intercambio de mercaderías despierta cerca de las cinco de la madrugada y se retira hacia las once de la noche. En realidad esos comerciantes son reemplazados por otros, noctámbulos y agenciosos, que ocupan los mismos puestos con comedores y ventas de ocasión.

El movimiento que hay es una muestra de la efervescencia. Allí el dinero lo es todo. Y razones para ello sobran. No sólo por la pesca, la industria, sino también por los emigrantes. Y el turismo. La zona de Barbasquillo, donde está la playa El Murciélago, fue declarada zona de desarrollo. Allí se asienta lo mejor de Manta. En esa zona vivían “los vavacanos”, los de alta alcurnia, que son pocos, pero poderosos. Ahora ellos se fueron a una zona exclusiva, precisamente a un costado de la FOL, en la vía a Jaramijó, donde residen en una ciudadela cerrada. Si alguien ha sabido sacar provecho de la FOL, son los cerca de 250 manteños que trabajan en dependencias dentro de la base, como bomberos, secretarios y personal de servicio (cocineros, camareros y conserjes). Sus salarios varían de 1 200 a 3 500 dólares.

La presencia de los estadounidenses también ha beneficiado a centenares de mujeres, especialmente, aquellas de escasos recursos y a las trabajadoras sexuales. Pero en especial a las jóvenes que se casan con ellos. De esto da cuenta la delegación del Registro Civil de Manta, donde cada mes se realizan entre seis y ocho matrimonios. Allí se encuentran niños registrados con apellidos como Johnsonn, Newell, Brench, combinados con Santana, Moreira, Mendoza.... Los encuentros se llevan a cabo en fiestas y en bares. La mujer que sale con un estadounidense generalmente se encarga de hacer los contactos y las presentaciones de sus amigas, familiares y vecinas.

“Uno se sorprende porque suelen casarse con mujeres cuya belleza es difícil de encontrar”, sostiene el director de la jefatura, Franklín Ripalda, un ex futbolista que desde 1990 trabaja para esta dependencia oficial. La velocidad con que se casan también sorprende. El estadounidense no espera mucho tiempo. “Y lucen perdidamente enamorados cuando acuden al juez de paz en busca de matrimonio”. En la ceremonia, los anglos suelen vestir de blanco, sea de saco y pantalón, o al estilo otavaleño, con camisa de tela hindú y pantalón blanco, que compran en un puesto del malecón, a la otavaleña Rebeca Tabango, a 12 dólares. Se casan en la playa, a la caída del sol o bien por la mañana.

Lo que fácil se arma, fácil se desarma. Sea por amor o interés. De las ocho parejas que se casan cada mes, dos terminan divorciándose luego de un año de convivencia. Generalmente, porque ellas resultan ser infieles. Y así como son rápidos para casarse, lo son para divorciarse. Ellos terminan quedándose con la potestad de los hijos. La que logra mantenerse unida con un gringo tiene el futuro asegurado. No sólo ella, sino su familia. De allí que ya no resulta sorpresa para los funcionarios del Registro Civil que desde el 2001 hasta la fecha se hayan registrado 250 matrimonios y cerca de 350 inscripciones de menores. Hay casos en el que el extranjero, no siendo el padre, da su apellido al niño. “Acá la mujer manabita -dice Ripalda- lo que sí sabe es enamorar, engatusar, hasta los tuétanos”.

En el imaginario social fuera de esta provincia, Manta está militarizada por gringos, sorda por los vuelos supersónicos y con una economía boyante de dinero de los estadounidenses. Ni lo uno, ni lo otro. En la realidad, Manta es una ciudad llena de contrastes. De obras monumentales e inconclusas, como la vía marginal, que lleva años paralizada, o el Puente elevado para entrar a la ciudad, innecesario y pomposo. De zonas de extrema pobreza y opulencia, donde la FOL no ha tenido nada que ver.