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El pedido de Correa a los medios es reversible PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 19 de diciembre de 2006
ImageEl Presidente electo exige a la prensa rigor. Su pedido es lícito. A su vez debiera ser puntual en sus reclamos. Porque medios hay muchos...

 ¿La prensa ecuatoriana es tan mediocre como el presidente Correa ha dejado entrever? Quizá conviene devolver la película que ha dado pie a que el nuevo mandatario haga comentarios tan azarosos. Y sí, tiene razones: durante la campaña hubo medios que tomaron partido. A favor y en contra suyo. Es decir, que hubo hechos que lo hicieron pensar que en este trabajo se puede ser proselitista. O detractor. Amigo. O esbirro. Y que nada pasa. Porque nada pasó con aquellos que entendieron que así se puede ejercer el oficio. Nada pasa tampoco con aquellos que usan la puerta giratoria.

 Unas veces son dignatarios. Otras animadores de televisión. O columnistas. Y nada pasa. Y como nada pasa, el país que lee, oye radio o ve televisión se ha ido acostumbrando a que esas cosas sean normales. Tan normales que los únicos que se cuestionan parecen ser aquellos que consultan los manuales de estilo y creen en las prácticas deontológicas. Y, claro, en el medio nadie quiere dar lecciones a nadie. Pero todos saben que esas puertas giratorias y esas mesas de redacción convertidas en tarima, restan credibilidad al oficio y minan algunas de las grandes bondades de la comunicación.

 Una es dar cuenta de la complejidad de la realidad. Que a su vez es una de las grandezas de la democracia. Ser mediador no es ponerse en medio: es huirle a la univocidad.

 Otra bondad es concebir al lector, oyente o televidente como una persona que requiere información oportuna, veraz e inteligente para decidir. Por eso los medios serios usualmente separan noticias y comentarios. La distancia que se tiene con las fuentes es, en ese caso, proporcional al respeto que se debe a quien lee, oye o ve.

 Pero la bondad mayor está en la separación, esa sí irremisible, con el poder. No hay cómo ser hincha suyo. Ni antes de que asuma ni durante su ejercicio. Los dos oficios se repelen. Por principio, no por antipatía. Por eso es grato saber que el poder de los medios es el de hacer preguntas, buscar las verdades, seguir la pista al poder y a la sociedad. No el de gobernar. Ni el de hacer todo tipo de negocios con la información.

 A estas alturas, no es el presidente Correa el único que no parece tener claro cuál es el trabajo de los medios. Porque medios hay muchos. Relacionados unos y muy profesionales otros. Con mejor plantilla unos y con pocas posibilidades otros. Con directores que se guían por los manuales y otros que al parecer no los consultan. En esas condiciones, lo único que pudiera abundar para una relación profesional con el nuevo poder es evitar las generalizaciones. Cada caso de inexactitud periodística –y nadie en este oficio está vacunado ciento por ciento contra los errores– debiera ser documentado.

 Lo que sí es un principio innegociable es que ningún error, por abultado que sea, y ningún exceso, por grotesco que resulte, facultan al poder para poner cortapisas al derecho de informar y opinar libremente. Además, los errores siempre pasan una factura al medio: sufre su credibilidad. Es uno de los castigos inapelables que no entienden los aficionados a hacer leyes mordaza.

 Lo ocurrido en la segunda vuelta electoral recordó, en dimensión menuda, lo que ocurrió en Venezuela entre muchos medios y la política. Directores y periodistas se politizaron y los políticos encontraron allí abono para creer que el trabajo de los medios de comunicación es ser su correa de transmisión. En ese gesto no sólo perdió el oficio. La posibilidad de racionalidad se esfumó y los medios se limitaron a poner en escena y a nutrir la pasión política. Por esa vía se pudo llegar a la guerra civil.

 El presidente Correa ha acusado a los medios de ser imprecisos. Quizá encontró un método para ventilar la relación poder-medios. Porque exigir mayor rigor es lícito (el pedido no es ajeno al buen periodismo) porque es reversible. El país debiera poder esperar, en el caso del Presidente y de sus funcionarios, la misma actitud: ser puntuales en sus reclamos. Es la única forma para que, de lado y lado, no haya coartadas. Porque sólo los aúlicos y los esbirros las necesitan.