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El porqué el choque de trenes sí tendrá lugar |
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Jose Hernández
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martes, 26 de diciembre de 2006 |
Rafael Correa sigue con su discurso radical. La derecha y los populistas no saben perder. Cada uno escribe su libreto del desencuentro.
El choque de trenes, anunciado por esta revista en septiembre, sedará en enero. El Presidente electo y los grupos mayoritarios del Congreso redactan, cada uno a su manera, el manual del desencuentro. La guerra verbal: el presidente Correa sigue en_campaña. Sus amigos dicen que ahora inician la_tercera vuelta. Su lógica no es, entonces, todavía, la de un gobierno que tiene que gobernar sino la de una organización que busca adeptos. Eso explica, seguramente, el tono guerrero del Presidente que produce incertidumbre en la opinión y aires de guerra en el Congreso. El chuchaqui de la derrota: la derecha y sus primos populistas no saben perder. Mejor: han estructurado un tinglado para mantener el poder, aún cuando no accedan a Carondelet. Por eso su actitud ni es menos belicosa ni es menos radical que la que le imputan al nuevo mandatario. Esta vez el caso se agrava porque el Prian y Sociedad Patriótica juegan el partido convencidos de tener bajo su control el segundo poder del Estado. Si se suma el chuchaqui del socialcristianismo, se obtiene una aplanadora que lejos de rehuir un combate, encontrará en él razones para convalidar sus espacios de poder y sus resultados en las elecciones parlamentarias. La palabra ambivalente: tras su triunfo, el presidente Correa anunció un cambio con mínimos costos. Lo ilustró al instruir a Gustavo Larrea, su ministro de Gobierno designado, para que hable con las otras fuerzas políticas. El mensaje, explícito esta vez, era nuevo en él: tener en cuenta las realidades políticas. Pero esa mano tendida tuvo puño cerrado: los discursos del presidente (en la Casa de la Cultura y en el TSE) no refrendaron la actitud de Larrea. Lucieron alineados con el ala más radical que lo rodea. Esa ambivalencia sólo suma en el campo de sus seguidores. Una carrera desbocada: El Congreso juega su partido; Correa espera jugar el suyo. Correa llegó al poder gracias a una promesa de cambio y el Congreso descubrió, de pronto, tras años de inmovilismo, que puede hacerlo mejor que el Presidente. Y más rápidamente. Esa lógica mutua (te anulo, luego existo), abona para el enfrentamiento. Y esta vez la sociedad -parte de ella- no será observadora pasiva de los sucesos. Ahí radica un peligro que ningunos de los actores parece sopesar hasta ahora. Un discurso de tendencia: ¿Es el Presidente consciente de que hay gente, por fuera de sus incondicionales, que quiere cambios pero no a cualquier precio? A Correa no parecen interesarle las voces ni los grupos de ciudadanos que están cansados de la corrupción, el secuestro de las instituciones, la inexistencia de organismos de control... entre otras cosas. En su entorno algunos no sólo hablan de cambiar esas prácticas sino de cambiar el modelo de sociedad. El Presidente en todo caso no sopesa posiciones ni matiza: generaliza. Lo hace cuando habla del Congreso y de los partidos. Su discurso es radical. La tesis de la legalidad: Parte de los actores políticos de la derecha y el populismo se guarece bajo un paraguas jurídico. Muestran la Constitución y despotrican contra la Constituyente. Sin embargo, sus tesis -incontestables según ellos- llevan al mismo sitio de siempre: convertir al Presidente de turno en un rehén de su tinglado y al país en una marioneta de organismos de control a sueldo. ¿Quién asegura que el Prian, SP, el PSC, el PRE y la UDC, si juega ese juego, harán reformas contra sus viejas prácticas? Así el argumento de la legalidad (tan necesaria en democracia) no basta para desenredar el ovillo. La tesis del cambio: ¿Puede el ímpetu de reforma ser convertido en tesis de legitimidad? El Presidente coquetea con ese escenario. Y si no explica qué reforma quiere, tampoco aclara los mecanismos reales y legales para ejecutarla. Hay en su actitud un vértigo político donde se adivina una gran dosis de improvisación. La ausencia de contrapesos: muchas instituciones saben qué hará desde enero: mirar. Hay déficit de ciudadanía. La gente madura, honesta e independiente no ha creado contrapesos para evitar la ceguera de los radicales de lado y lado.
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