REVISTA VANGUARDIA
La neurosis del Feng Shui
| La neurosis del Feng Shui |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 26 de diciembre de 2006 | |
Buscar la paz oriental puede terminar en manía. monedas, dragones, centros energéticos... miles de reglas de nunca acabar.En cuanto entré a la casa de Juan David, olí la adrenalina que inundaba el ambiente. Vestía un kimono blanco. Pretendía la calma interior del oriental, cuando en realidad sudaba la neurosis occidental. Percibí el vacío que había dejado la ausencia de muchos de sus fetiches.Qué bueno que llegaste, me dijo con un gran abrazo. Lo abracé fuerte y le di unas palmaditas para que supiera que contaba conmigo. ¿Para qué? No lo sabía a ciencia cierta. Me llamó con urgencia porque quería preparar con anticipación la cena del 31. Me pareció extraño que me buscara justo a mí, que no sé ni cómo picar una cebolla. Acepté convencida de que necesitaba apoyo moral. Y estaba allí frente a él y a su alteración nerviosa. Unos cartones ocupaban el centro del comedor. Me acerqué para ver su contenido. No me lo pude creer. Contenían el dragón de jade verde, la pecera ya vacía, los cuarzos, las campanillas, los espejitos y mil objetos más, que constituyeron por mucho tiempo los elementos del Feng Shui de su apartamento. ¿No más Feng Shui? Le inquirí. No más Feng Shui equivocado, me contestó tajante. Te lo explico todo con un aperitivo. Fuimos hasta su bien abastecido bar. Frente a un par de Ricardes me relató su viaje a Londres donde coincidió con un gran maestro del Feng Shui clásico que, providencial, llegó desde Taiwan para dictar un curso a los neófitos ingleses. Me aseguró, que le rompió la cabeza al sacarle de raíz quince años de superstición. Intenté calzar sus zapatos, pero me encontré con la limitación de mi ignorancia. Ya traté, varias veces, de entrar en el espíritu de esa ciencia milenaria. Resulté ruda. Nunca entendí la brújula occidental, menos aún pude entender la brújula simbólica oriental. No capté qué tenía que ver el cielo con una tortuga, ni el ave fénix con los electrodomésticos. No me alcanzó la imaginación para meter ese singular bestiario en mi casa. Tampoco bastó mi facultad asociativa para entender qué tenía que ver este revoltijo chino con la cena de fin de año. En fin, no supe cómo meterme en su calzado. Que Feng es viento y que Shui es agua, que el uno es Ying y que el otro es Yang, que el primero constituye los pensamientos y el segundo las acciones, trató de explicarme con la paciencia de buen pedagogo. Bueno sí, pero no entiendo qué pueda tener que ver todo eso, con la arquitectura y la disposición de los objetos de la casa. Hay una muralla mental entre los chinos y yo, le confesé al darme por vencida. Vamos a cocinar, le propuse para salir de los esfuerzos mentales estériles. No cariño, el cochinillo yace en el horno desde hace un par de horas y a fuego lento, me aclaró. La mesa para la cena la ubicaré en el Tai Chi, esto es, en el centro energético del apartamento. Tomaré medidas para que haya coincidencia entre las reglas del cielo anterior y las del cielo posterior, y tú me ayudarás para que sean exactas, me conminó Juan David. Fue por la cinta métrica. Ya en el comedor, a gatas, medimos distancias de pared a pared. En cuatro, me explicó que el cielo anterior estaba bien concebido y que por eso no se mudaba a otra casa. Que el cielo posterior, que implica el 25% de la armonía de vida, ya estaba caduco. Que la energía interior de una casa dura cerca de 20 años. Que nos encontramos en el período 8 que comenzó en el 2004 y termina en el 2023 y que esto nos obliga a cambiar el Ba Gua, que no es sino un Pa Kua del cielo posterior que es de naturaleza mutante. Que tenía ya tres años de retraso en el cambio y que eso, le había comportado tres años de desarmonías. Que el maestro chino en Londres le había dado la clave. Que entendió que los objetos del comercio occidental para el falso Fen Shui entorpecen el fluir del Chi y que había que deshacerse de ellos. Continuó hablándome, literalmente, en chino, pero yo, obediente reptaba con la cinta métrica, en tanto mudaban los olores del Ba Gua. Ya no percibí más la adrenalina. Comenzaron a perfumar las hierbas que regalaban sus aromas al cochinillo. Trastornamos la casa al cambiar todo de su lugar. Acumulamos un sinfín de objetos dentro de las cajas. Cerré la última, de la que me quedó como imagen, un Buda puesto de cabeza. Yo, por mi lado, tendré que buscar un nuevo Ba Gua para mi averiada humanidad por efectos del trasteo. Hoy tecleo sentada sobre un mullido almohadón con una lumbalgia galopante. El Pa Kua del piso de Juan David, según él, es ya todo un éxito. Según mi modesto saber y entender occidental, ya hubo un primer fracaso. Se nos quemó el cochinillo en vez del año viejo. Para fin de año habrá comida china con servicio a domicilio. La buena energía la traerá cada quien. Nos abrazaremos para desearnos felicidad y en la mesa reinará la armonía perfecta del Chi. |








