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Frontera: Colombia y Ecuador no se conocen PDF Imprimir E-Mail
Jose Hernández   
martes, 02 de enero de 2007

Ecuador no tiene que renunciar a sus pedidos. pero los estados no cambian la realidad con lemas y memoriales de agraviosImage

 

Algo ya se sabe del gobierno de Rafael Correa: que no tendrá buenas relaciones con Álvaro Uribe. En ello no hay revelación alguna. Correa y Uribe están en dos polos ideológicos y ese hecho pesará, en forma irremediable, en la relación entre los dos países.

Colombia y Ecuador no se conocen. Ni Uribe imagina lo que significa el tema fronterizo para Ecuador (tan sensible por la guerra con Perú) ni Correa sabe lo que son hoy las guerrillas y los paramilitares en Colombia. Ni Uribe imagina qué es pedir a Ecuador que califique de terrorista a la mayor guerrilla de Colombia. Ni Correa sabe qué es para cualquier demócrata colombiano presumir que esos guerrilleros siguen siendo los insurgentes idealistas de los años sesenta.

Ni Uribe estima la tarea que Ecuador hace en la frontera norte y los costos que esto representa para las escuálidas arcas públicas. Ni Correa toma la medida exacta de lo que significa pedir que las plantas de coca sean arrancadas manualmente en una región plagada de guerrilleros. Si esa zona fuera un jardín suizo, no habría una verdadera guerra desde hace 60 años en Colombia. Uribe no evalúa la indignación que provoca en Ecuador la aspersión de glifosato y Correa no sabe lo intolerable que resultan en Colombia sus 'coincidencias' con Chávez.

En realidad, el problema de la relación entre Ecuador y Colombia desborda a los dos mandatarios. Las dirigencias colombianas no han mirado hacia el sur. De Ecuador saben que allí han elegido domicilio centenares de gerentes y algunos capitales. De los refugiados hablan poco. Con Ecuador no hay, entonces, estructuralmente hablando, planes de integración. Un colombiano, medianamente ilustrado, sabe tanto sobre la historia y la cultura ecuatorianas como un ecuatoriano, medianamente ilustrado, sobre la historia y la cultura de Colombia. Es decir, nada. O muy poco. ¿Qué prima entre los dos países? Los estereotipos. Y ese desconocimiento mutuo se está erigiendo, con una suma de malentendidos que abruma, en teoría de gobierno.

Se dirá, y es verdad, que ningún país puede hacerse cargo de los problemas de otro. Pero una cosa es eso y otra, muy diferente y peligrosa para la lucidez que se requiere en un Estado, desconocer la lógica del otro. Del socio en este caso.

Colombia no ha hecho esa tarea y en ello puede haber incluso una visión prepotente. A Ecuador le cuesta ponerse en los zapatos del otro. Basta recordar las dificultades que tuvo cuando debió asumir el proceso de paz con Perú. Se increpó a quienes querían indagar sobre la visión peruana. No para hacerla suya sino para pensar con la realidad. No con los deseos. Ese escenario se repite. Ecuador ha dicho una y otra vez que el problema del norte no es suyo. Y no lo es. Y que Colombia debe cuidar su frontera. Y así debe ser.

Pero tras esas fórmulas, tan lapidarias, se esconde el deseo de no saber qué ocurría antes, cuando la frontera era porosa, y ahora, cuando el país ejerce plenamente su soberanía en esa zona.

La oposición a la política de Uribe, por necesaria que sea, no alcanza para forjar la política exterior del país en este caso. Y las quejas, formuladas en ruedas de prensa, hablan de una diplomacia que busca más aplausos que resultados sostenibles. En esa trampa cayó el antecesor del canciller Francisco Carrión: Antonio Parra Gil logró muchos titulares de prensa pero no ancló con Colombia, en el campo de las soluciones, ningún proceso de fondo. El dilema vuelve con el nuevo gobierno: privilegiar una política integral con Colombia o refugiarse en gestos dramáticos. En ningún caso Ecuador tiene que renunciar a sus pedidos. Pero los Estados no cambian la realidad con lemas y memoriales de agravios. Así se construyen los desencuentros y se exacerba la opinión hasta la xenofobia.

La relación entre ecuatorianos y colombianos va mucho más allá que el problema del glifosato. Eso se ha dicho en Colombia y Ecuador. Lo han dicho funcionarios del gobierno entrante en Quito. Pero aún no se ve cómo los dos países piensan ahondar las relaciones para salir de su mutuo desconocimiento.