REVISTA VANGUARDIA
El estrés de la balanza
| El estrés de la balanza |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 02 de enero de 2007 | |
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El aumento de unos kilos en diciembre es un mal general. la pilarica hace de todo para controlar su goloso masticar. En tanto devoraba los últimos turrones del año, la Pilarica, en lucha frontal con su cargo de conciencia, sin dar tregua a su goloso masticar, me dijo: Mi papá es un higienista y me hizo cuadros la psiquis desde niña con su purismo en la alimentación y su obsesión por la vida sana. “Uno es lo que se mete por la boca” es su aforismo preferido. Veo, a una cuadra de distancia, un chancho horneado de cuero crujiente que me mira fijo con la manzana en la boca y que me convoca a caer en tentación, y ya me enfermo. La simple salivación, me provoca un ataque de colitis inminente. Cada seis meses debo desparasitarme haya o no haya delinquido. Es un tema para siquiatra. No logro superarlo a pesar del correr de los años. ¡Ejercicio diario y larga vida plena! son las palabras de mi papá, que retumban en mi habitación, cuando mi hedonista interno más me pide, permanecer por tiempo indefinido en posición horizontal. Mi papá es el único de los mortales que en diciembre no sube ni un gramo. Yo, en cambio, pobre desgraciada, me tuve que pesar en contra de mi voluntad en el aeropuerto, porque debía embarcarme en un bimotor del tamaño de un zancudo. Casi perdí el conocimiento al enterarme de que subí 3,33 kilos ya antes de que termine el año. Sentí un vahído. Todo el año cuidé la línea para que en tres semanas se vaya todo al traste, se lamentó mientras engullía otro pedazo de turrón. Es un mal general le respondí. Yo no he tenido el coraje de pesarme, le aseguré, para hermanarme en su desgracia. Su padre, al que todos llaman Licenciado y a su vez él dice Licenciado a todo mundo, es un personaje al que adornan 80 primaveras y está hecho un verdadero crisol. Fue en los años 50 un campeón de fisicoculturismo. A los 12 años sintió la necesidad de correr. Sin ningún asesoramiento técnico, corrió y corrió 18 kilómetros cada día hasta que, a los 19 años, con esa tremenda condición física fue aceptado de inmediato como gimnasta olímpico. Cuenta que los únicos cuatro cigarrillos que fumó en su vida, se los fumo juntos y le sentaron tan mal que no volvió por el quinto. A través de ciertas revistas de divulgación del Culturismo, se enteró de cómo debía alimentarse. Se construyó sus propias pesas y persistió hasta salir con la copa de campeón. No dejó jamás su entrenamiento. Hasta el día de hoy hace dos horas diarias de ejercicios y calcula proteínas, vitaminas, minerales y calorías en cada comida. Él en su eterna perfección física, rodeado de una familia compuesta por sólo mujeres que engordan al menor descuido y que mueren lentamente de la envidia. Veo a mi papá frente a sus disciplinados y deliciosos platillos y me engordo, me aseguró la Pilarica. En el 2007, al toro por los cuernos. Me hice varios regalos post navideños que me obligarán a ponerme en forma. Tengo la última máquina para trabajar los abdominales. Una maravilla tecnológica. Es de esas que te cuida la espalda. La otra, que está empolvándose bajo mi cama, es una tontería que sólo me ha traído dolores de cuello. Me compré el libro de la dieta del doctor Attkins. Las pastillas de toronja que tanto recomiendan por televisión. Una cinta métrica, una nueva balaza para el baño y otra, de cocina, para pesar los alimentos. Me dedicaré a las ensaladas con furor desde el 2 de enero. Hice reparar la caminadora. Igual, la dejé en el descanso de la grada fuera de mi apartamento y allí seguirá aunque se quejen todos los condóminos de mi edificio. No tengo dónde ponerla. En definitiva estoy dispuesta al sacrificio, me aseguró con tal convencimiento la Pilarica, que empezó a germinar dentro de mí la culpa sofocada desde hacia ya varias semanas. Para contrarrestarla me comí un turrón. Recordé dos objetos que, amarillentos, perdieron su eficacia hace tiempo. En mi refrigerador tengo la foto de una gorda inmensa en ropa interior sexy, y ya casi ilegible, cuelga inerte una tabla de calorías. Enfrenté la verdad. Ya me he visto de reojo en el cruel espejo de cuerpo entero que está justo delante de mi tina de baño. Mal síntoma es cuando no puedo reflejarme y menos aún contemplarme. La Pilarica me movió la conciencia. En lugar de que su decisión sea una motivación, para mí comenzó el drama. La perseverancia no es una de mis virtudes. Y creo que de la Pilarica, tampoco. Ahorraré para que, a mediados del nuevo año, pueda darme una buena rebanada con la liposucción a la que todo el mundo se somete. Por qué yo no, me dije. Iré de a poco. Dieta, caminatas diarias y unos buenos estiramientos. Pero debo comenzar por subirme a la balanza. La idea me provoca un ataque de pánico, me identifico con la Pilarica hasta la médula. Bueno, me como el último turrón y le pido a Diosito que en el 2007 me dé un pedacito de la fuerza de carácter que le dio al Licenciado. |








