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Correa y su oposición reciclan viejos lastres PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 09 de enero de 2007

Guerra verbal, declaraciones irresponsables, amenazas... El nuevo régimen y la mayoría en el Congreso reinventan el atolladero.

 

Image  El choque de trenes dejó de ser una posibilidad. En las últimas semanas, el presidente Rafael Correa y su bloque de oposición lo han preparado con ahínco. En realidad las elecciones pasan, desaparecen figuras y aparecen otras pero en la política criolla se reciclan los viejos esquemas políticos en los cuales anda enredado el país desde hace décadas.

El flirteo con el vértigo: el país político actúa como si a cada elección los electores lo facultara a provocarse miedo y a estimular enfrentamientos en el país. Ni el presidente Correa ni sus opositores dan la impresión de medir las consecuencias de unos discursos destinados a fabricar incertidumbre.

Pero hablan de guerra y destitución con una acuciosidad que paraliza. La política, lejos de construir ciudadanía, vuelve a armar conciencias para el conflicto. Así (también así) se producen las guerras civiles.

La muerte (simbólica) del otro: uno de los rasgos fundamentales de la política contemporánea es la convicción de que en democracia se necesita al opositor para existir. Y que sin él no hay democracia. La vieja política busca en cambio la desaparición simbólica o real (Augusto Pinochet y José Stalin lo hicieron) del otro. La izquierda criolla sufrió de marginamiento y exclusión.
Ahora quiere aplicar la misma medicina a los perdedores de la última elección.

El gatopardismo: a la clase política le encanta el status quo. Ni entiende la alternancia política ni la acepta. Cuando gana la derecha, indígenas y movimientos sociales quieren gobernar desde las vías. Ahora la izquierda triunfante no admite que la derecha quiera ejercer su rol de contrapeso.
La derecha no es mejor. Ganó Correa y está empeñada en bloquearlo. Por eso aquí la política es el arte de lograr que cualquier suma dé cero.

El mito fundacional: muchos se burlaron de la aspiración fundacional del presidente Alfredo Palacio. Pero lo que él dijo (y lo dijo para no hacerlo) está en el corazón de la política nacional. Ese deseo tan compartido de borra-y-va-de-nuevo, es lo que convirtió a la vieja izquierda latinoamericana (parte de ella acompaña a Rafael Correa) en una fuerza meramente testimonial. Es ese deseo el que explica la inexistencia de políticas públicas de largo aliento y la veintena de constituyentes.
La política nacional no busca administrar el país a partir de la realidad -a veces atroz- sino desde los imperativos ideológicos. Rafael Correa no escapa al mito fundacional.

El complejo autoritario:
Todo se hace en nombre del pueblo. Incluso caer en ejercicios aberrantes de retórica. El presidente Correa habla de 70 personas cuando se refiere a los congresistas que son desfavorables a sus teorías. Pero cuando habla de él o de la Asamblea Constituyente, dice que es el sentir de 13 millones de personas...

Alexis Ponce, un político en campaña que dirige una organización de derechos humanos, dice que la elección de los congresistas puede ser legal pero no es legítima. Y habla de un pueblo que no se reconoce en los congresistas... por los cuales acaba de votar. O sea, Alianza País y sus aliados saben más del electorado que los electores que acaban de ir a las urnas.

Lo que hoy preconiza la izquierda (desconocer los procesos democráticos que no la favorecen) también lo hace la derecha cuando el resultado le es adverso. Basta ver lo que ha dicho y hecho Álvaro Noboa sobre el presidente Correa. Esa actitud se explica por un complejo autoritario que consiste en medir los derechos de los ciudadanos por la conveniencia política de aquellos que ejercen el poder. Y en considerar (¡y eso lo hacen personas que supuestamente defienden los derechos humanos!) que los electores de mi gusto tienen más derechos que los otros.

El subdesarrollo democrático: ese mal endémico lo reproduce el nuevo régimen. Sus ideólogos quisieran un estatuto hecho a su medida, con constituyentes de su entero agrado y una Constitución que calce con sus esquemas ideológicos.

Es decir, la democracia como arte de convivir entre contrarios y con una carta magna en que quepan todos los ciudadanos, puede seguir esperando.
La derecha ha usado la misma maña.