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El presidente Correa pierde a largo plazo PDF Imprimir E-Mail
Jose Hernandez   
martes, 16 de enero de 2007

Correa puede ufanarse de haber evitado el choque de trenes. Pero con Gutiérrez y Bucaram como socios, aterrizó en la política real.

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Lucio Gutiérrez volvió a probar que es el político, ya tradicional, con mejor olfato en el país. Su movida destrabó, en horas, un bloqueo que podía llevar a Ecuador a un enfrentamiento estéril y peligroso.

Gutiérrez y el Gobierno entrante evitaron, entonces, un choque de trenes que angustiaba a muchos ciudadanos. Gustavo Larrea puede ufanarse de aquello aunque le resultará políticamente imposible hacer creer que Sociedad Patriótica se desembarcó de una alianza provechosa únicamente por amor a la patria. No. Hay canonjías de por medio (repartos) que los políticos niegan porque las ven como obligaciones impuestas por la actual Constitución...

Lo más importante no está ahí. Gutiérrez ganó la mano a los partidos en crisis (Prian, PSC, ID...) y se coló en un espacio —el de la Constituyente— que Correa ha ocupado como si fuera suyo. El líder de Sociedad Patriótica se trepó así, de un golpe, en el tren que animará el mayor debate en el país en los próximos meses. No llega como invitado de última hora. Con su gesto, puede reivindicar —y lo hará con vehemencia— que salvó al país de la violencia, le dio viabilidad a Rafael Correa, evitó la violación de la Constitución, facilitó los cambios que el país está reclamando, se convirtió en el freno ante cualquier veleidad autoritaria que se ofrezca en Carondelet...

Gutiérrez no dejó a Álvaro Noboa porque el magnate lo maltrató al pretender convertirlo en subalterno de sus decisiones. Lo deja porque Noboa ni es un estratega ni es un gran político: es el mejor representante del statu quo petrificado.

Gutiérrez quiere cambios porque conoce que el país los reclama. Pero también sabe que el nuevo inquilino de Carondelet puede, en una lucha frontal contra los partidos, apropiarse del cambio, pulverizar los partidos y alzarse con la nueva Constitución. De ahí su decisión para estar entre los amigos de la Constituyente y no entre aquellos que se oponen a ella. Mejor aún: el presidente de Sociedad Patriótica no quiere ser uno más del tren; quiere ser su conductor.

En ese sentido, su movida lo convierte en el ganador absoluto del enfrentamiento verbal entre el Congreso y el nuevo régimen. El ganador es él y no Rafael Correa, quien obtiene beneficios coyunturalmente pero pierde a largo plazo.

Su alianza con Sociedad Patriótica le quita, en efecto, un as de su arsenal: el enfrentamiento, que tanto rédito electoral le ha dado. Gutiérrez le limpió la vía pues no solamente destruyó la alianza que alegremente integró en diciembre: la dejó sin aliento, la convirtió en partidaria de una salida política que sus ex socios combatieron.

Ahora no tienen más remedio que hacer campaña por ella.

Correa pierde, o ve menguada, otra de sus tesis esenciales: la lucha contra la partidocracia.

De usarla, se expone a dos peligros: caer en la incoherencia y el descrédito o enfrentar un electorado (de izquierda) que fue precisamente el que puso fin al gobierno de Gutiérrez. Si entra en esa fanesca, el nuevo Presidente no saldrá indemne políticamente.

El responsable de Sociedad Patriótica sabe, por otro lado, que Alianza País (que aspira a liderar la Asamblea) estará en pocas semanas confrontada a las crudas realidades del poder. Correa tendrá que atender muchos frentes (y tiene muy poca gente y escasos líderes), mientras que Gutiérrez y su partido se dedicarán de lleno a la Asamblea: quieren coparla con gente de su partido y, si es el caso, presidirla.

Esa realidad, la dependencia del presidente Correa del partido de Gutiérrez (por lo menos mientras se instala la asamblea) y los pasivos que el ex presidente tiene con algunas bases sociales que Correa necesita, vuelven esta alianza necesaria y muy costosa para el nuevo régimen. Es decir, Correa compró tiempo, rescindió algunas de las tesis que conformaban su estrategia y se ganó dos aliados totalmente impopulares en parte de su electorado: Gutiérrez, quien más que aliado es su mayor competidor. Y Bucaram, quien por más lejos que esté no logra hacerse olvidar. Así Rafael Correa aterrizó en la política real.