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Técnicas para olvidar el sexo PDF Imprimir E-Mail
Martha Ormaza   
martes, 23 de enero de 2007

Fui confesora de una desconocida, cuyo marido había cambiado los placeres de la vida por la meditación y la asepsia

 

En mi vuelo a Nueva York conocí a una mujer fantástica. Ocupaba el asiento contiguo en contenido silencio. Vencí mi timidez y me presenté. No recuerdo su nombre. Pero, ella era fantástica. Guapísima de pies a cabeza. De esas que, con un par de jeans, son de soberbia elegancia.

Empezamos por los quehaceres. Ella es crítica de arte y ensayista. Eje de un importante grupo de artistas e intelectuales en Manhattan. Hablamos de varios temas, de la plástica, de los foros de filosofía en línea, de las tendencias de las artes escénicas. En fin, picoteamos de aquí y de allá, hasta que tocamos lo inevitable entre mujeres que sintonizan. La intimidad.

Ya me ocurrió, más de una vez, que me he encontrado en un avión con un cálido desconocido a quién, sin saber por qué, le he confesado lo inconfensable. Conté con la certeza de que no lo volvería a ver. Que el cálido desconocido no tendría interés alguno en revelar mis secretos. Y, en caso que lo hiciera, yo no sería más que un ser sin rostro. Hay un cierto placer en chirrear al oído del anónimo, la apertura del pesado zaguán que separa el cielo del infierno.

Y es un alivio que el interlocutor no sea el sicólogo a quien hay que pagar al final de la sesión y volver a ver en ocho días. La novedad del encuentro con ella, fue mi rol. Me tocó ser el confesor.

Mi marido no me toca desde hace cinco años, murmuró. Optó por la vida monacal. Prescindió de su cuerpo, y también del mío, sin tomar en consideración mi voluntad. Pasé de la abstinencia a la represión. Casi me vuelvo loca. Me dolían el alma y el cuerpo. Él, más allá del bien y del mal. Incorpóreo. Moró en el mundo platónico de las ideas como entidades matemáticas. Días y noches dedicados a la cuadratura del círculo. Al punto y al plano de Euclides. A la geometría y el espacio no euclídeo. Se olvidó de comer y de dormir. A mí, me omitió. Pálido y ausente, en la comprobación científica de la existencia de Dios. Él, asexuado como los ángeles.

No llegaré a mi casa, me dijo como si no hubiese cambiado de tema. Me contó sin un gesto de pudor, que se encontraría con uno de sus amantes ocasionales. La cita. En una librería en la Quinta Avenida. Imaginé la escena. La contemplé. Cómo el marido, noche tras noche, podía dar la espalda al summum de la belleza. ¿No ocurrió de la noche a la mañana? Debe haber habido un proceso, le repliqué. Ya sé, él descubrió extemporáneo su homosexualidad, le dije en un exabrupto sin filtros. Sería más comprensible, me respondió. Debe, entonces, sufrir de impotencia, aposté impertinente. Tampoco, tuvimos una vida sexual placentera, intensa. Todo comenzó cuando entró en el mundo de las disciplinas sicofísicas, me aseguró con sus inmensos ojos verdes encendidos de rabia. La asepsia corporal es una adicción más, sentenció.

Del yoga a las respiraciones. Del vegetarianismo a la macrobiótica. De la meditación al voto de silencio. De repente hacíamos compras por separado. Yo en el supermercado y él donde los naturistas. La incomunicación, usual. Me harté de cumplir el rol de la seductora rechazada.

Sublimó las hormonas y me comunicó la reserva de su energía sexual para sí. Estaba al punto de petrificar mi alma. Me sentí fea, aburrida, nada deseable. Si lo ha sentido ella, me decía yo. Pobres nosotras, las comunes mortales. Qué repudios pueden esperarnos. Con sus inquietos labios carnosos, dijo: me obsesioné con mejorar mi aspecto.

Cuanto más me esforzaba en dietas, cambios de look y gimnasios, él menos me tomaba en consideración. Sí, me puse más guapa de lo que manda la prudencia, me reveló sin falsa modestia en una leve sonrisilla.

Y los galanes llovían en mi selva húmeda. No quise ser infiel. Le pedí el divorcio muchas veces. Estaba aferrado a mí. Llegó a pedirme que hiciera lo que a bien tuviere con mi vida, pero que no lo abandonara, porque me necesitaba más que el agua tres veces filtrada, la sal marina, los frutos secos o los cereales con fibra. Prosiguió su confidencia en susurros. Los amigos de siempre me prestaron sus horas, sus cuerpos y sus cariños. Luego descubrí el sabor de la aventura. Ya no cabían en mi valija los cargos de conciencia. Ahora mismo, pienso en él, en su auto castración y en la levedad de su sexo. Él es mi pasaporte a la libertad. Soy casada y no puedo comprometerme con nadie.

Ya en la fila de la aduana, se encontró con un amigo, al que besó en la boca sin pudor alguno delante de su pareja. No te preocupes, le dijo aterciopelada, a la sorprendida mujer. Beso el pasado y me da gusto conocerte. Me miró y con todo su encanto me dijo, me gustó conocerte a ti también. Mejor dicho, que me conocieras. Desapareció entre el tumulto con equipajes. Yo, pienso en él. Quiero conocerlo.

Aproximarme a su asepsia y a su torva e incorpórea cabeza.