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Un cambio sin cambio en la ID PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 30 de enero de 2007

La elección interna no se usó para relanzar al partido. Los resentimientos primaron.

 

Los problemas en el interior de la Izquierda Democrática (ID) no se terminan con la elección de la nueva directiva nacional, que se debía dar el fin de semana pasado. Al contrario, es esa directiva la que debiera dar respuestas a los inconvenientes que se arrastran desde hace años y que han llevado a la postración partidaria. Pero, al parecer, esa no es su prioridad.

Cómo salir de esa languidez no fue un tema de la campaña de los dos aspirantes a dirigir la ID. Más bien se concentraron en los viejos resentimientos que son muchos. Dos ejemplos: la crisis suscitada en Azuay, donde se cambió a la directiva provincial para dar paso a una afín a la directiva nacional, encabezada por Guillermo Landázuri, y que tuvo como propósito escoger a los candidatos a las elecciones de octubre. O los líos en Pichincha, cuando la directiva provincial quedó sin credibilidad, luego de que la cúpula del partido, con la venia de Andrés Vallejo, desarmó las listas de candidatos a diputados.

Tanto Andrés Páez como Ramiro González hablaron de renovación, de dar paso a la gente nueva. Sin embargo, enviaron mensajes de que todavía quedan cuentas pendientes, producto de las rivalidades, los cacicazgos locales, de la dirección múltiple que reinó en la lista 12. Prueba de ello es que el primero se centró en señalar las culpas de los demás, de quienes –dijo– impusieron la dedocracia en el partido. El segundo, en cambio, habló de incluir a todos y de no aislar a ningún militante, pero dijo que se sancionará a los divisionistas. No vendieron, por lo menos hacia la sociedad, sus ideas de cómo lograr una transformación profunda, que lleve a ese partido a constituirse en una institución orgánica, con un ideario actual.

Los programas y las tesis alrededor de los temas contemporáneos, que es sobre los que debieran estar reflexionando, tampoco fueron sacadas del lugar donde los dejaron hace años: en el cajón del olvido, donde también quedaron la ideología y las propuestas programáticas integrales. Nuevamente no hubo planteamientos sobre cómo encarar temas como la ecología, los derechos de tercera generación, los alcances del pensamiento socialdemócrata actual.

Páez y González dieron la impresión de no haber aprendido del pasado. Su campaña no se presentó como el salto hacia la construcción del partido que tiene que suceder al que forjó, en su momento, Rodrigo Borja. Tampoco se notó, desde la militancia, una presión para que su dirigencia tenga una visión renovada de la política. Se entretuvieron –al igual que en una campaña electoral de carácter local o nacional– en las formas, en quien golpea mejor a su contrincante ante los micrófones y las tarimas. Las preferencias se dieron en función de dos formas de ajustar las cuentas internas. Por eso la última elección, lejos de ser un punto de partida, bien pudiera convertirse en otro factor de división y de dispersión en esa tendencia política.

A los herederos del ex presidente Borja, la factura les llegó hace tiempo. Y aun con nueva directiva, hay dudas de que ese declive pueda ser detenido.