REVISTA VANGUARDIA
Un galán fuera de contexto
| Un galán fuera de contexto |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 06 de febrero de 2007 | |
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Torpe para entender el comportamiento actual, perencejo es un paria educado a la antigua. encantador y frustrante. Perencejo, mi vecino de piso, es un tipo extraño. Es el tercero de tres hermanos anónimos. De los otros dos, desconozco también sus nombres. Para individualizarlos, del modo más previsible, los bauticé como Mengano y Zutano. Viven juntos. No hay presencias femeninas ni siquiera ocasionales. Sé poco sobre quiénes son y a qué se dedican. Tenemos la relación amable y distante de los condóminos civilizados. Las amplias terrazas frontales de nuestros apartamentos contiguos, están divididas apenas por una espesa jardinera de plantas muy altas. Perencejo tiene el hábito de tomar sol con un bañador mínimo. Y está muy bien. Mientras nos bronceábamos, lamentablemente, cada cual en su parcela, echó, sin proponérselo, el anzuelo a mi curiosidad. Escuché una conversación telefónica reveladora. Y quise saber más. Con cargo de conciencia y violando mis principios, oí otras llamadas, de las cuales pude concluir que, Perencejo es maravilloso. Un encanto sin brújula. Un desubicado en los tiempos y en la urbe. Torpe con las mujeres e inválido social. Lo adoro y él no lo sabe. Sí que me importan el derecho a la privacidad y el secreto en las comunicaciones. Pero mi curiosidad fue más fuerte que mi convencimiento ético. De verdad, me arrepiento de haber violado la Ley, pero no tanto. Y, si es que no lo hubiese hecho, aún no lograría entender el desasosiego en que viven, por hermosos que sean, los parias educados a la antigua, en los días propios de la liberación sexual y del feminismo. En mi proceso de espionaje, identifiqué a dos de sus interlocutores.Su novia, a quien llama 'Bebé', quien me provoca una mezcla impúdica de envidia, náusea y celos, y a Juan, el amigo de mentalidad provinciana, su confidente. Reconstruí su cotidiano sin esfuerzo. Va en colectivo en pos de su cuarta maestría. Es de los que cede el asiento a los mayores y a las damas. Hecho que le ha comportado inesperados reveses. Se topó con la anciana que, como respuesta, le gritó ¡Qué le pasa mozalbete! ¿Me está insinuando que soy vieja? No faltó la chica que le contestó: No gracias, y se quedó, a vista de todos, el desairado asiento vacío. Ni la muchacha, que con el puñal en la mirada, le obligó a permanecer sentado con la advertencia de que no intentara seducirla. No atina cómo comportarse. Es una de cal y otra de arena, cada día. Si permanece en su lugar, en el atiborrado transporte, aparece, indefectible, alguien que reivindica su derecho a ocupar ese asiento. Por consejo de Juan, ahora va de pie y con la mirada en la nada, para evitar miradas mal interpretadas. Solitario, inseguro, ignorante de su atractivo, no acaba de entender, por qué diablos, es blanco de los pequeños sadismos de las mujeres más inquietantes. Se excusa de salir con ellas con el pretexto elemental de sus estudios. Luego se protege en su escondite: la terraza; donde tampoco yo le concedo total intimidad. Bebé lo llama innumerables veces al día, para ejercer control remoto. Si Perencejo no va a buscarla, ella opta por la provocación sexual a través del auricular. Él, en su clasicismo, se incomoda. Ella en el rol de rompe-esquemas. Y, él hecho el machito, contraataca. Trata de desconcertarla con pretendida liberalidad, le ha dicho cosas así: “Bebé, no estoy celoso. Vete con tus amigos de fin de semana” o “Te perdono Bebé, sé que no pudiste llamarme anoche; pero no te preocupes, concilié el sueño” Cuelga para llamar a Juan. En agitada respiración, le relata su osadía. Del otro lado, Juan lo vitorea. Vuelve a colgar ansioso. En la espera de la reacción de Bebé, insisten en telefonear las otras. Se atufa aún más. ¿Desencuentro de códigos? En fin, una guerra sin fin, que tiene como estratega, a la ceguera de Juan. En este flanco, Perencejo desarmado. Del otro lado, la artillería pesada de las bellas liberadas. En mi impotencia de actuar, recordé un pasaje bélico de la II Guerra Mundial. La batalla de Cassino entre alemanes y aliados. Días y noches iguales bajo el fuego. Sin final. En eterna espera de lo imponderable que sellara la victoria o la derrota. No volveré a espiar a Perencejo. Me comporta frustración. Su impericia para lidiar con los comportamientos actuales ocupa demasiado espacio entre mis líneas. Sus temblores de antihéroe pueril, me han destrozado los nervios. Me hago exámenes de conciencia. Y ya involucrada en lo ajeno, me imagino, arrollada por cientos de insospechados códigos sociales, que seré capaz de manejar con soltura y, menos, con cierta elegancia. Busco la paz. ¿Quién sabe, si Zutano o Mengano tengan algo más resuelto, esto de los roles actuales? Iré a investigarlo. Lo sé, soy de las que recaen en los mismos pecados. Como dice mi amigo Peky Andino:”El Ecuador estudia… pero no aprende”. |








