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Página 1 de 4 ¿Qué quiere el Presidente? Vanguardia responde tras haber conversado con ministros y militantes de alianza país
Cinco heridos, tres días de bullas, toma de fiscalías, evacuación del Congreso y del Tribunal Supremo Electoral, renuncia del fiscal cuestionado, Francisco Cucalón, diálogo a marchas forzadas entre el Ejecutivo y el Legislativo... La semana pasada volvió la tensión y la incertidumbre al país. Y los mensajes ambiguos o cruzados del Gobierno avivaron las preguntas sobre sus reales intenciones. Vanguardia habló con una decena de ministros y dirigentes de Alianza País.
Y en esta edición cuenta las movidas en cuatro frentes: política, economía, comunicación y movilizaciones callejeras. Una conclusión se impone: el Gobierno tiene una estrategia que la semana pasada arrinconó a la oposición.
El arsenal disuasivo de Alianza País El martes 30 fue el día D para Alianza País. Con las movilizaciones en Quito, Guayaquil, Cuenca, Babahoyo, Manta... quería demostrar que la ciudadanía sigue movilizada. No era una bulla más: el régimen sabe que esos desfiles (y la ocupación de entidades como las fiscalías), hacen parte de arsenal disuasivo.
“Si no hubiera habido movilizaciones populares –dice Raúl Vallejo, ministro de Educación–, el fiscal estaría ahí. En la cultura de izquierda es evidente que las cosas se logran de esa manera”.
Para el régimen no fue tan difícil lograr que se vean unas cuatro mil personas (según una estimación de la Policía) en las calles de Quito. Fue poco pero suficiente para hacer que el mensaje llegara a su destinatario: el Congreso. Sin esa movida, Gustavo Larrea, ministro de Gobierno, no hubiera podido sentarse el miércoles a transar con los jefes de bloque y el Presidente del Congreso.
Oswaldo Molestina, en una situación similar, no contó con esa suerte. La movilización hace parte de la estrategia política del Presidente y su equipo. En este caso la concertaron con grupos afines a la Asamblea, como el MPD y los indígenas agrupados en la Fenocin. Pero en Alianza País trabajan para ser autosuficientes. Han venido creando comités familiares. Cada uno se abre con 10 miembros y la tarea es multiplicarse. Este año se proponen tener 50 000 comités en el país.
En Guayas, al frente de esa misión está Gustavo Darquea. Pero hay otros líderes como Nicolás Issa, Edmundo Vera Manzo y Abdón Sánchez. Darquea es el coordinador del movimiento País y el presidente Correa lo ratificó como el coordinador absoluto de la alianza que agrupa a 16 movimientos cívicos, de profesionales y políticos.
En Quito se han distinguido en ese trabajo Manuela Gallegos, Franklin Peñaranda y Patricio Carrión. Los movimientos no han dejado de trabajar. Su labor es minuciosa. Guayaquil, por ejemplo, fue dividida en 380 zonas de 1000 casas cada una. Reclutan y capacitan para multiplicar así el número de voceros de la causa. Según cifras de Alianza País, ahora cuenta con 3 000 dirigentes barriales en esa ciudad.
En caso de marchas, cada líder subvenciona la suya. En la protesta contra la Fiscalía de Guayas, se cancelaron, por dos comidas y movilizaciones, entre 5 y 10 dólares. No se les pagó sino a los más representativos. Y cada dirigente de partido se encarga del pago.
Raymundo Ycaza sostiene que hay un fondo común. Pero también hay otras herramientas para pagar ese apoyo: los organismos de apoyo social que trabajan en proyectos de obras básicas, como letrinización, reparación de escuelas, guarderías y comedores populares.
En Quito, oficialmente Alianza País dice que no hay presupuesto para movilizar a la gente. Y para mantener el activismo trabajan en planes (incipientes todavía) de capacitación a través de Acción Política de la organización.
Manuela Gallegos ha estado al frente de este tema a escala nacional. Pero el miércoles en la tarde entregó la posta a otros militantes. Ahora se concentrará en su secretaría llamada Movimientos Sociales y Participación Ciudadana. Su principio es incluir a la ciudadanía en el destino nacional y encontrar canales de comunicación directa de esos grupos con el Gobierno. Y de sus necesidades con cada uno de los ministerios.
En esta secretaría se coordinará al Codenpe, Codepmoc, Codae, Conamu, Fodepi y FISE, que son brazos ejecutores capitales. De ellos depende la atención en proyectos sociales y de desarrollo desde el Estado a los indígenas, montubios, afros y mujeres. En principio, mantendrán su estructura pero teniendo una coordinadora, lo cual ya levanta chispas en algunos sectores. Manuela Gallegos tiene su versión: “al coordinar esos organismos se podrá replantear su trabajo para que entren en un esquema conjunto, solidario y para que solucionen problemas en lugar de luchar por defender pequeños espacios”.
Así el trabajo proselitista, que desembocará en las calles a cada vez que el régimen lo necesite, va de la mano de otra arma disuasiva: el Presidente.
Él encarna el cambio, es el estratega del mismo y su principal actor. A Correa le gusta confrontar porque es impetuoso y, en casos, arrogante. Pero ahora la confrontación hace parte del juego de Carondelet.
Vinicio Alvarado, secretario de la Administración, lo compara con un juego de ajedrez. O con un proceso de negociación en el cual sólo los expertos saben qué hacer el día uno, el día dos, cómo saludar, qué decir. “En este proceso de conseguir el objetivo hay pasos que deben darse –dice Alvarado–. Son hechos expuestos, no son acuerdos”.
Y el juego está concertado. Por eso el Ministro de Gobierno no ve contradicción alguna con el Presidente. Cada uno –dice él– tiene su estilo. Y se extraña de que se crea que el Presidente le hala la alfombra bajo los pies. “Cumplo las disposiciones que el Presidente me da”.
Conclusión: Correa no sólo que no va a cambiar, sino que se reservará un papel estelar: la sorpresa que desconcierta. No se trata, si se cree a sus amigos, de una pose. Su estilo radical está más en las formas que en los contenidos de un programa de gobierno que, según su entorno, terminará pareciéndose al de Tabaré Vásquez.
Raúl Vallejo lo lee en un contexto más cultural. “El Presidente es un hombre directo que habla sin equívocos. Eso choca con el discurso del estamento político tradicional que es retórico y engolado”. Carlos Vallejo se une al coro: “El Presidente es un hombre frontal que escucha, delega y toma cuentas”. ¿Y la incertidumbre que crea? “Esa incertidumbre –dice– es real en los sectores que adoran el modelo anterior”.
Ninguno de los funcionarios con los que habló la revista, admite que hay en el gobierno rasgo alguno de chavismo. Según ellos, ninguna de las políticas proque se preparan tiene algo que ver con ese gobierno. Y hay ministros y amigos de Correa que dicen que si vivieran en Venezuela serían abiertamente opositores al régimen militarista de Chávez… Alvarado recuerda que el Presidente nunca ocultó su amistad con Chávez.
Y más bien se plantea si no será que le conviene a ese mandatario aparecer junto al ecuatoriano… En todo caso, en el gobierno hay conciencia de que Chávez marcó la posesión. Y algunos cercanos al Presidente reconocen que hubo mucho Chávez y mucho Evo.
¿Cómo calza esa pieza en la estrategia real del Gobierno? Difícil medirlo en los discursos. Lo único cierto es que casi al unísono los funcionarios de Correa dicen que hay fantasmas innecesarios.
Lo que hay es frontalidad en el discurso, nuevos acentos para tener en cuenta a los más desfavorecidos y una voluntad indeclinable para dialogar y acordar.
“Si voy a negociar con alguien –dice el Secretario de la Administración– primero le digo que no tengo ni dos reales y después negociamos mejor”. ¿Mera estrategia para sacar partido? En todo caso, en el Gobierno preocupa el discurso de violencia que se echó a andar la semana pasada y del cual hace parte el Presidente. Saben que cualquier desbordamiento puede ser contraproducente y terminar con el apoyo del cual hacen gala por ahora.
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