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El nuevo periodismo es una bomba de tiempo PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 13 de febrero de 2007

Esta escuela privilegia la opinión al hecho, convierte los periodistas en ayatolas, sirve a causas proselitistas y desconoce la tolerancia.

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La paranoia política ya causó la primera víctima: la prensa. Y la prensa —así en general— porque la opinión pública tiende a generalizar todas las bondades y todos los traspiés. Gajes del oficio, sin duda.

Es fácil descubrir la paranoia en la opinión: basta ver cómo poco a poco —y esto en muchos debates— se ha ido prescindiendo de los únicos referentes que tienen los medios: los hechos. Ha ido apareciendo, en cambio, un nuevo tipo de periodista: aquel que toma partido. Que enfrenta la realidad y las fuentes desde su perspectiva ideológica. Así hay, en esa escuela, periodistas a favor y en contra. En este caso a favor del presidente Rafael Correa y en contra de él.

El oficio ya no requiere, entonces, investigar hechos, cotejarlos y dar cuenta a los lectores, oyentes y televidentes, de forma fidedigna, de esos procesos en su conjunto. Y al margen de las convicciones del periodista.

El nuevo periodismo nacional privilegia la opinión al hecho, detenta por principio la verdad, sirve a causas proselitistas y se practica con la tolerancia que esgrime un nuevo converso. Ese nuevo periodismo se hace pulverizando la barrera que hay entre los protagonistas y los observadores.

Entre los periodistas y los políticos. La puerta giratoria entre un oficio y otro ha quedado reducida a banalidad para ingenuos. Ministro un día, periodista al día siguiente. Analista hoy, mañana embajador.

En esa escuela, que gana cuerpo en el país, los periodistas no son buenos por atenerse a los hechos. Tampoco por tratar de volver inteligible la complejidad —cada día más creciente— de la sociedad. Ahora los buenos periodistas son aquellos que reducen la realidad a un mano a mano entre buenos y malos. Su tarea no es, entre tantas otras, desentrañar la realidad, descubrir visiones, analizar el poder y desnudar sus lógicas: es decirle lo que tiene que hacer.

En esa escuela, las fuentes no dan información o responden por sus actos: hacen propaganda. Los periodistas escogen entre ellas con quién hacer carga montón de un lado. O del otro. Todo por amor a la causa. ¿Hay alguna diferencia entre esa escuela periodística y la política, al menos la que practican los viejos partidos y los nuevos populistas, en la cual nada de lo que dicen tienen que ser probado. Ni denuncias ni conjeturas que, a fuerza de repetirlas, mutan en tesis y, sin otro particular, son ventiladas ante la opinión.

El nuevo periodismo es una bomba de tiempo.

Porque cuando en los medios se reemplaza el canon deontológico por afinidades ideológicas o por intereses vinculados, hay que temer lo peor en los debates públicos, que son tan necesarios en democracia. La prensa venezolana pagó un enorme tributo por haberse alineado, al inicio, a favor o en contra de Chávez. Lo mismo sucedió a parte de los medios de Estados Unidos cuando trocaron su deber de informar por desvaríos nacionalistas durante la invasión a Iraq.

Pero el nuevo periodismo no es una fatalidad. No todavía. El dilema de los medios no es tomar partido. Ni convertir a los periodistas en nuevos ayatolas. O en voluntarios al martirio. Tampoco es ayudar a dividir al país en campos irreconciliables. Hay parroquianismo en ello y también pretensiones caudillistas mal disimuladas.

El periodismo, el buen periodismo, ese reto que cada periodista tiene cada día por delante, no ha cambiado. Y por ejemplo, ahora, en vez de escoger entre bandos rivales, puede, sin ostentación alguna, hacer su trabajo: inquirir por los modelos en juego, buscar precisiones, desnudar los juegos arcaicos del Congreso y las movidas del Ejecutivo, investigar los poderes mafiosos...

Hay trabajo, mucho trabajo, para los medios y de su calidad depende, en parte, la calidad de los ciudadanos del país. La paranoia, que algunos cultivan, es una trampa que los medios, por salud mental, debemos evitar. Porque la paranoia es causada y depende de opciones ideológicas. Caer en esa trampa es estar dispuestos a articular sustos y dejarse guiar por fantasmas. Es creer que una opinión vale más que una gran investigación.