REVISTA VANGUARDIA
Las viejas ya no son viejas
| Las viejas ya no son viejas |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 20 de febrero de 2007 | |
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Las abuelas de ahora gozan la vida. no son las de los cuentos: se hacen cirugías, viajan... estiran su juventud en cuerpo y alma. En mi entorno hay mujeres que marcaron lo que soy y, lo que somos hoy muchas, con total naturalidad. Tiernas pioneras ignotas de la liberación femenina. Ya es largo, contar uno a uno sus años, pero en los 50, estuvieron en plena juventud. Incomprendidas en su medio y en su época. No podría asegurar si son mujeres de comportamientos consecuentes con un pensamiento, o si vivieron siempre en pos de renovados arrebatos. Por lo general, de modesta cultura compensada con encantador ingenio. Obsesivas en el cumplimiento de sus propósitos atinados o no. No suelen pedir consejos, ni permiten que se los den. Un botón de ese ramillete, una de mis tías. Maga multiplicadora de las finanzas en eterna desaprobación de los hombres. Era tácito que haría sólo aquello que se le vendría en gana. Sus antagonistas principales, las otras mujeres de comportamiento clásico. No entendieron su independencia y su éxito en toda empresa. Aquello lo llamaron rebeldía, petulancia, vanidad, egolatría, y hasta locura. Su pecado mayor, tener la estampa de Grace Kelly. Y su pecado capital, haberse enamorado de su marido, formado, como todos los de su leva, para mandar. Monógamas. Envejecidas en pareja. Siguen junto a ellos después de todas las tempestades. Con algunas cirugías oportunas, son las nenas que con imperturbable amor, acompañan a su anciano a cruzar las vías. Son copilotos, enfermeras, ayudantes de cátedra, gerentes financieras y fieles esposas. Y nunca, para envidia del mundo, nunca, están estresadas. Su secreto, según mi tía: gozar de la vida. La única obligación de los mortales, ante Dios, es ser felices, es su axioma eterno. Quisiera concordar con ella, sin crisis de fe. La tía juega voleibol y va al casino todos los fines de semana. Su cumpleaños número 70, lo celebró con 70 amigas. Se paseo por encima de la creencia de que, con los años, los amigos son contados con los dedos de una mano. Su problema cardíaco, desde su óptica, es pequeño. Yo me anquiloso ante su pasión por la vida. Ellas no cumplieron roles previsibles. Madres amorosas a su manera. Como abuelas, un desastre. “Yo ya crié seis hijos y que cada quien, cuide de los suyos”, vocifera la tía, en exagerada farsa “No soy la abuelita de la Caperucita Roja, soy el lobo”; “No dejen que los niños se acerquen a mí”. Harían lo que fuere para no cuidar de los nietos; hasta jurarse benefactoras de la Fundación Herodes. Hijos, nueras, yernos y nietos, que las adoran, salen despavoridos en busca de la babysitter más cercana. El sustantivo abuela nunca existió en sus diccionarios. Es vocablo prohibido. Ahora, trabajan cuando les comporta placer. Con cada acierto financiero se toman merecidos descansos alrededor del mundo. Mi tía, si no está disfrutando Europa, está en Boston en visita oficial a su primogénito o en el quirófano de algún cirujano plástico argentino o brasileño. Regresa la nómada cuando el sedentario consorte la echa, demasiado, de menos o porque el arquitecto no se atreve a tomar una decisión en la obra de la enésima mansión que construye bajo las normas ISO 9000 dictadas al detalle por ella. Su marido acostumbró sus ojos al derrocamiento impávido de sus moradas, para ver infaustas crecer las torres de los condominios diseñados por la tía. A él, a más de la resignación, le quedan versos entre dientes que no quiere dar a entender. Entre los hombres, se escuchan aún esporádicas arremetidas al amansamiento viril. En el fondo los domesticaron a todos. Nadie se atreve a emitir juicio de valor. Es prudente hacerse a un lado para que pase el vendaval septuagenario. Pensé que la tía era espécimen sui géneris. Equivocación diametral. Las 70 amigas, más o menos maduras, son de igual corte. En sus vientos de libertad, forman huracanes. La abuelita de cabellos blancos recogidos que atiza el fogón para cuajar el chocolate, es una imagen bucólica de otro siglo. Hoy peca de cursi, por decir lo menos. Podría ser sexista y hasta insultante. Las viejas ya no son viejas. Estiran la juventud en alma y cuerpo. A más edad, más gozo merecido, a la vista de los aburridos varoncitos, que con la certeza de hacer cosas más trascendentes, forman círculos pasivos, para hablar con ceños graves del fútbol y la política que ven por Tv. En tanto ellas, más allá de cualquier frontera, gozan. Ríen. Podrán tener deudas con los bancos, pero no con la vida. Y yo, insulsa, que siempre he querido morir joven para sortear el peso de los años. Morir en lozanía mental y física, en mi cabeza caduca, comportaba la exactitud de haber vivido lo justo. De lo que podría perderme, es la inquietud festiva que me apega a la existencia. Gracias a la tía y a sus 70 amigas, puedo imaginar, los deliciosos 70 años que me restan de vida. |








