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Gobierno y oposición no encajan el cambio PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 20 de febrero de 2007

La oposición no se resigna a ver en el poder a la clase media antisistémica. Y ésta sigue confundiendo peroratas con acciones de Gobierno.

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Un mes de poder es poco. Tan poco que el país —el que perdió y el que ganó— da señales de no haber encajado lo que ocurrió. El triunfo de Rafael Correa no sólo pateó el tablero político. Con él, llegaron al poder una clase media en auge y unos sectores cuyo mejor mote ideológico, si lo hay, debe ser sinónimo de fanesca: un poco de marxismo, otro de nacionalismo, una ración de teología de la liberación, una pizca de castrismo, otra de derechos humanos, una alta dosis antigringa, una cuota de apego a lo políticamente—correcto...

En ese sentido, Rafael Correa no es un outsider caído del cielo. Es el representante de una izquierda —vieja y nueva—, que durante décadas ha hecho parte de las corrientes que, miradas desde Davos, son totalmente antisistémicas. Su nuevo papa se llama Joseph Eugene Stiglitz y su portaestandarte regional —si se entiende bien a Rafael Correa— es Hugo Chávez.

Clase media y contestataria, entonces. Clase media sin poder y sin representantes en los partidos, postergada, sacrificada y cuyos logros, en un buen número de casos, se deben a sus propios méritos. También clase media intelectual, de izquierda, ligada a la academia, con muchos estudios alternativos pero con poca —y hasta nula— experiencia en la cosa pública. Esa clase media no conoce de clubes exclusivos. Ni de cuentas en el exterior. Ni de líneas de crédito. Nada tiene que perder. Su relación con el poder ha sido de oposición hacia arriba y de liderazgo hacia abajo. Sus códigos, sus vivencias y expectativas nada tienen que ver con patricios, aristocracias añejas y dirigencias herméticas.

Y absolutamente excluyentes, en ciertos casos. Dirigencias para las cuales los alternativos siempre han sido, y son, sociólogos vagos… Estos dos sectores se han mirado desde trincheras ideológicas que rayan en el maniqueísmo. Y eso se siente en este momento en el cual se es seguidor del presidente Correa o adicto a la oposición.

Totalitario o ingenuo incurable. Aficionado a la Asamblea con plenos poderes o defensor de un Congreso indecoroso. Partidario del FMI o de Jubileo—2000. Incondicional de George W. Bush o de Hugo Chávez. Defensor de las cámaras de la Producción o de las cooperativas...

No hay término medio porque no hay puentes entre esos sectores. Como no los hay entre esa clase media y los guasmos. O entre esos intelectuales y el campesinado más pobre de la Costa, de la Sierra o del Oriente. Las trincheras no son monopolio de nadie.

Es curioso que la oposición, con Álvaro Noboa a la cabeza, quiera que esa clase media, que ahora está en los puestos de mando, hable su lenguaje, tenga sus poses, privilegie sus inquietudes y reproduzca sus prácticas. Esto revela su incapacidad para entender su desfase, su crisis y, sobre todo, su impavidez ante los cambios ocurridos en el país que han puesto en jaque su hegemonía y jubilado a algunos líderes políticos. Porque el triunfo de Correa ratificó, en otro andarivel, la vigencia política de Lucio Gutiérrez y el éxito, en la Izquierda Democrática, de Andrés Páez.

También ese cambio generacional —que incluye a Carlos Larreátegui y a Eduardo Maruri, entre otros— ha creado un hecho político cuyo significado escapa a la lógica maniquea que manejan, en este momento, la oposición y el gobierno. Cada uno quisiera que el presidente Correa y lo que él simboliza, persigue o propone fuera rechazado —o asumido— en combo. Como si la generación y las ideas que él encarna fueran, en bloque, geniales. O en bloque perversas. Como si el país tuviera que aferrarse al statu quo. O botarse, con los ojos cerrados, dentro de un proyecto del cual sólo conoce algunos bocetos.

La oposición peca de ceguera. Y el gobierno de intemperancia. La oposición aún no se repone de la derrota propiciada por este grupo de “sociólogos vagos”... El gobierno cree que su triunfo lo faculta a ideologizar los temas, confundir deseos con realidad (deuda externa) o resultados con peroratas (frontera norte). Así, los ganadores y los perdedores se parecen: no dan señales de asimilar lo que ocurre desde el 26 de noviembre.