REVISTA VANGUARDIA
La popularidad genera la Presidencia-teflón
| La popularidad genera la Presidencia-teflón |
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| José Hernández | |
| martes, 13 de marzo de 2007 | |
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A Rafael Correa nada le llega y todo le resbala. Y como nada lo afecta, en apariencia, está pateando todo para la Constituyente...
¿Hay ambiente para ello? Lo hay porque hay voces que, sotto voce y envalentonadas por la popularidad del Presidente, evocan la posibilidad de un fujimorazo. Lo hay porque hay fuerzas cercanas al Gobierno y que no piensan en desnudar y denunciar las tropelías de la vieja oposición. Piensan —inspirados en los reducidores de cabeza— en desconocer hasta sus derechos. Puede que el país no llegue a eso. Pero el vértigo que pone el Presidente y la estupidez que exhibe la oposición, están abriendo cauces para que el desacato a la ley no inquiete. Para que una insensatez más no sea criticable; más aún si se origina entre los buenos... Esa permisividad augura peores días para el país. Y esa licencia ya la está usando el Gobierno para favorecer a su aliado circunstancial, el TSE, en contra de su oposición. Y lo favorece porque nada dijo de las barbaridades jurídicas en las cuales incurrió el organismo presidido por Jorge Acosta. ¿Acaso no son equiparables a las cometidas por el PSP, el Prian y el PSC? La popularidad de Correa socapa un atentado contra el ordenamiento jurídico. Y dos errores nunca suman un acierto. La oposición ha sido desastrosa. A tal punto que ya nadie recuerda quiénes eran esos 75 diputados y diputadas que llegaron por primera vez al Congreso. Tan genuinos y tan majos terminaron devorados en semanas por los dueños de sus partidos. Esa oposición sufre de un déficit político descomunal. Álvaro Noboa, los socialcristianos y Lucio Gutiérrez, en particular, se han dedicado a administrar el poder como si su tarea fuera reproducir al milímetro lo que el país exige cambiar. Apenas ahora, en ese ambiente, Carlos Larreátegui y Andrés Páez estarán midiendo su pésimo cálculo: ir al Congreso para, desde ahí, desde la peor trituradora que tiene el país, tratar de rehacer sus partidos políticos... La oposición es impresentable. Pero en democracia hay mecanismos hasta para tratar las estupideces de los elegidos. No se saldan, en todo caso, mirando el barómetro de popularidad del Primer Mandatario. Y así se están saldando. Como si la pedagogía que requiere el país —y más una pedagogía hecha por un Primer Mandatario— fuera la de arreglar cuentas. ¿No es aprender a acordar? ¿No es salir de esta tierra de nadie para admitir que hay que construir un marco compartido de convivencia? ¿Se hace aquello cerrando los ojos sobre entuertos jurídicos? Eso está propiciando el efecto-teflón del cual está gozando el Presidente: nada le llega y todo le resbala. Y como nada en apariencia lo afecta, él está pateando todo para la Asamblea Nacional Constituyente. Todo. Como si el país pudiera, en una suerte de carnaval, feriar principios y procedimientos so pretexto de que estamos a pocos meses de acabar con la noche neoliberal... Ese es el mensaje que está llegando al país. Y si se entiende bien la actual administración aspira a convertirse en un poder hegemónico cuya visión quede consagrada en la Constitución. Si es así, la Asamblea lejos de ser la oportunidad para avanzar en el plano de los acuerdos nacionales, será un ejercicio vacuo. ¿Por qué? Porque lo que han hecho los grupos que han manejado el Estado es eso: excluir. Tratar de imponer, violar la ley, usar a los organismos de control... Esa lógica ha producido lo que hay: caos, inestabilidad, pobreza, exclusión, migración... ¿No es eso lo que se quiere cambiar? Ahora sólo falta la violencia. Y a eso se llega cuando se olvida que uno de los principios intocables de la democracia es la existencia del adversario. Y de sus derechos. |









