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Academia para padres PDF Imprimir E-Mail
Martha Ormaza   
martes, 27 de marzo de 2007

Los papás actuales parieron niños selectos. Si no son índigos, son superdotados. criar a esa camada es una ciencia compleja.

 

Los progenitores del Tercer Milenio están más desubicados que vegetarianos en parrillada argentina. Conscientes de que no pueden repetir los patrones con que fueron educados, les ha tocado enfrentar el reto terrorífico de reinventar la relación con los hijos. Saben que no pueden ser un eslabón más de la cadena de las taras ancestrales. Más seguros que temerosos de equivocarse en la experimentación de la crianza de sus cachorros, caminan sobre huevos al tiempo que disimulan mea culpas a priori. Con la certeza de que han traído al mundo a raros seres superiores, se enredan más aún.

Ahora los papacitos creen, todos, que tienen una progenie diversa, selecta. Resulta que si el crío no es índigo, será superdotado o de inteligencia superior a la de la media, o de sensibilidad especial, quien quita, que sea un místico natural o un artista nato. Mozart en estos días, habría sido un chico más. Hoy los párvulos son, desde la óptica de los padres, genios que proporcionan un estatus genético digno de aspaviento, que tapará con sutil velo toda lacra y cualquier complejo de inferioridad de los orgullosos reproductores.

Se parió a una generación de alumnos sobresalientes. Cada libreta de calificaciones plagada de excelencias, recuerda irremediablemente a los papás cuan mediocres fueron como colegiales.

Ponen la cara de que esas señoras notas son una característica familiar, en tanto desfilan por la memoria las pérdidas de año, los exámenes en vacaciones, los bomberos además de los ruegos a los maestros para que suban aquel humillante punto que sentenciaba la suficiencia o su contrario. Frente a estos políglotas sabelotodo, resulta ardua empresa mostrar autoridad que no se confunda con autoritarismo, sabiduría que no pretenda ser enciclopédica; tampoco es nada fácil vivir casa adentro relaciones horizontales sin visos patriarcales o matriarcales. Cómo estimular sin presionar. Cómo soltar las presiones cotidianas sin descargarse con los chicos. Cómo hablar de sexo, condones, drogas y rock'n roll sin tartamudear. Todas estas cuestiones se volvieron temas existenciales, sobre los cuales no se puede pedir consejo al amigo porque cojea de la misma pierna, ni a los abuelos que tienen que mirar el juego desde la banca. La respuesta la tienen los bogotanos.

En Bogotá existe un diplomado para padres. La CNN mostró la graduación. Es una academia que enseña a ser progenitores calificados. Proporciona los instrumentos técnicos para el manejo de la progenie. Esto de ser papás contemporáneos resultó ser ciencia aparte. Me impresionaron las actitudes de los recién graduados. Con título en alto, transmitieron el entusiasmo de los bachilleres de la nocturna tardía. Declararon ante las cámaras que la Escuela para Padres comportó un alivio a la compleja responsabilidad de acompañar en el crecimiento y desarrollo a los hijos, cuando se han seguido ineficaces terapias familiares y después de haber agotado todos los recursos. Consideraron que es una inversión que vale la pena, aunque hayan tenido que robarle horas a sus días de descanso para ir a los cursos. Eufóricos repasaron los errores insulsos que no volverían a cometer. Se mostraron convencidos de tener ya entre sus manos la fórmula para convertirse en padres perfectos. Me entró la curiosidad. Pensé en averiguar de inmediato sobre dicha fórmula y lanzarme a la navegación en Internet. Me detuve al mirar bien sus gestos. Tenían las miradas cándidas de los adiestrados, de los domesticados, de los que han sido objeto de lavado cerebral para no sentir más miedo. Se sienten, por fin, a la altura de sus inconmensurables retoños, me dije. Están en la misma situación de antes, pero al revés. El mundo está al revés. Ahora gobiernan los neófitos imberbes y los desorientados papacitos y mamacitas buscan torpes por dónde aferrase a un planeta que los expele y que creían conocer.

Todos tuvimos ancestros que nos mandaron a obedecer y a silenciar nuestro desacuerdo. El abuelo hasta su último día tuvo la última palabra. Conocemos bien qué cosa es una buena repelada. Sabemos cómo es la efervescencia de la rebeldía y sabemos que no mata. Y aquí estamos, en cuerpo y alma, medianamente sanos. No todo se concentra en una fórmula magistral, reflexioné al mirar a mi espalda. Se dejaron cosas a mamá natura. Y se dejaron cosas a la confianza en el sentido común de quien nunca, como yo, fuera considerada un genio. Ahora pienso, que tuve la suerte de que mis empíricos papitos no me tuvieran miedo. “La vida no es fácil, chiquitica, pero siempre, es menos complicada de lo que la volvemos” dice un amigo cubano, como estribillo de un son tocado al ritmo de sus timbales.