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La moda del Gobierno se llama relativismo... PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 27 de marzo de 2007

Las palabras ya no significan lo que dice el diccionario. Gustavo Larrea llama hecho histórico un Congreso cercado por 1 300 policías.

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Ahora todo es relativo. Es la nueva moda política que florece al abrigo del Gobierno. Una moda que está causando furor entre los adictos a Alianza País y ganando espacio hasta en algunos medios de comunicación. ¿En qué consiste la moda? En relativizarlo todo hasta lograr que las palabras no signifiquen lo que dice el diccionario. Y hasta digan lo contrario.

Esta tendencia deja perplejo porque con este gobierno, lleno de académicos y personas cultas, cualquiera esperaba precisamente que la política se liberara de la hojarasca retórica. Para cualquier ciudadano —amigo del Gobierno o pelucón como dice el Presidente— el espectáculo del martes 20 en el Congreso puede significar cualquier cosa, salvo una celebración democrática.

Para el Ministro de Gobierno no. Fue una nueva página, un momento histórico, para la democracia ecuatoriana. Es decir, que la democracia se festeja con reuniones clandestinas, diputados llevados a escondidas al Congreso, cercos de 1 300 policías e ingresos con puestos vigilados y lista en mano... Sí, Gustavo Larrea tiene razón: eso es histórico. Pero está lejos de perfilar el rostro sereno y maduro de una democracia.

El ex presidente Rodrigo Borja no podría incluir esas escenas en el capítulo democracia de su Enciclopedia sin dar escalofríos a sus lectores en cualquier país. Los italianos podrían hablar a lo sumo de una ópera bufa... De una farsa, jocosa en el teatro, tétrica en la realidad. Para el régimen, no sólo las palabras se volvieron relativas. También la ley. Si el Prian, el PSC y el PSP violan la Constitución, como la violaron al crear la figura de la sustitución para defenestrar a Jorge Acosta, presidente del Tribunal Supremo Electoral, el Gobierno llama aquello una barbaridad jurídica. Un atentado a la Constitución.

Y así lo dijo el Presidente. Pero si el Tribunal Supremo Electoral viola la ley, como la violó al destituir a 57 diputados, eso se llama... ¿Cómo se llama, señor Presidente? Y en ese relativismo, muchos están acompañando al Gobierno. Porque, claro, el Congreso es impopular. Y esos partidos son impresentables. Y también reaccionarios.

Y amigos de los pelucones. Entonces, la ley ya no vale por lo que es. O por lo que dice. Vale por quién la interpreta. Por la suma de votos. Y ahora, por el porcentaje de popularidad. O por la supuesta representación de quien la invoca. Por ejemplo, la Secretaria de Comunicación del Gobierno dijo refiriéndose al comunicado de la Aedep una perla inolvidable: “creen que son los únicos que tienen derecho a la libertad de expresión y ese derecho lo tienen los 13 millones de ecuatorianos. Si la carta de la Aedep tiene una posición política, entonces que se afilien a un partido político”. En claro, ¿los miembros de la Aedep no tienen derecho a opinar porque ese derecho lo tienen 13 millones de personas? ¿Y si creyeran —aunque ese no sea el caso— que sólo ellos tienen derecho a opinar, su opinión dejaría de ser válida por culpa de un credo equivocado? ¿Entonces sólo tienen derecho a la opinión aquellos que tienen creencias políticamente correctas, según la señora Chuji? Lo correcto en democracia es bastante más sencillo: una opinión es respetable provenga de donde provenga.

Hay otros ejemplos menos abstractos. Uno que turba concierne la violencia que se ha producido en los últimos días. Hay gente de la administración y columnistas de opinión que debaten sobre los ataques contra algunos diputados de la oposición. ¿Fue violento lo que padecieron? ¿Acaso no sufren más violencia los niños pobres, las mujeres y los hombres que a diario no encuentran cómo parar la olla? Otra vez el relativismo que deja sin voz. Esa moda que muchos están siguiendo porque se vino el cambio, porque la vieja derecha es tan oprobiosa como un embuste o porque esta es la hora de los marginados...

Oponerse no es de buen tono. Porque el cambio bien vale cualquier cosa. O porque el régimen, que representa al pueblo, olvidó el arcoiris y privilegia el blanco y el negro. Así el relativismo se convirtió en el principal peligro para las libertades públicas. Porque termina torciéndole el cuello al propio diccionario.