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Vanidad masculina PDF Imprimir E-Mail
Martha Ormaza   
martes, 03 de abril de 2007

El adjetivo vanidoso es temido por los hombres. aunque hacen de todo y usan menjurjes para verse bien, lo niegan a toda costa...

 

La vanidad es femenina, me subrayó un amigo, después de estar ante el espejo por cerca de diez minutos. Se observó por todos los flancos. Cada cabello de frente y de perfil. Perfumado de pies a cabeza. Perfecto nudo en la corbata, centrado varias veces. Con el ceño fruncido se miró intenso a los ojos. El silencio rezó ¡Qué guapo! Yo no existí en el umbral de la puerta del baño, a pesar de que no dejé de decir, en mil y una palabras, la importancia de aquel día. Vi su satisfacción frente al resultado. Irrumpí en su contemplación. Vanidoso, le susurré. Lo bajé a tierra sin paracaídas. Se reacomodó camisa y correa. Vamos, es ya tarde, dijo con voz afectada. Ya al volante de su bólido, volvió a ser el bello triunfador del espejo.

De camino al encuentro de la apretada agenda, dejé caminar libres mis pensamientos. Todo lo que es vanidad, para los justificativos masculinos, entra en la categoría de elegancia, prestancia, imagen, buena presencia, respetabilidad o buen gusto. Es como si, cualquier cosa que los aproxime a la fatuidad, amenazara con restarles masculinidad o virilidad pública. Será que tienen miedo a enfrentar su lado femenino o peor aún a la demonizada homosexualidad, me inquirí. En sociedades bien machas, como la nuestra, debe entrarse en fatal contradicción al bordear espacios propios del prototipo femenino. Entre mujeres nos tildamos de vanidosas con regularidad, sin temor a ofendernos. Los varones son tan o más vanidosos que muchas mujeres con evidencia irrebatible, aunque lo nieguen y a rajatabla. Los productos del mercado de la aterradora superficialidad, lo muestran.

La calvicie, era otra probabilidad masculina. Hoy la oferta para evitarla, es cosa diaria. Deben existir los consecuentes consumidores. Se publicitan implantes de cabello, tratamientos, productos preventivos y hasta milagrosos. Los spots del antes deprimido, y el después satisfecho con formidable melena, lo dicen todo. Luego, las evidencias del implante saltan a la vista. Pero todos, muy prudentes, nos abstenemos de comentarlo. La crema antiarrugas, pero eso sí, específica para hombre, está refundida en las catacumbas del baño. Tienen pecados muy ocultos. Nunca confesarán que se hacen tratamientos con células vivas, inyecciones de todo tipo, antioxidantes vitaminas, esteroides y cuanta pepa más, para atenuar el paso del tiempo El bálsamo para después de afeitarse. Los secretos del perfecto rasurado. El cuidado de la detallada barba y demás creativos pelos faciales, comporta un pulso digno de cirujano. El maestro corte de cabello, so pena de que ruede la cabeza del peluquero. La colección de colonias que entran en reacción con la testosterona. El desodorante.

El bronceado. El cuello de la camisa, el traje y su perfecta caída. Los puños, los gemelos, las bastas. El calzado y los calcetines que podrían desdecir todo, si no fueran bien pensados. El look informal calculado con formalidad. La combinación de colores. El manicure, los masajes, la balanza, el gimnasio. Bíceps, tríceps, cintura y abdominales, sin olvidar esculpir pectorales y deltoides. Los elementos aleatorios para completar la vitrina de exhibición, son infinitos: equipos que se encargan de mostrar estatus y actualidad en la tecnología. Equipos de práctica de los deportes más aceptados. Los encantadores pasatiempos.

La pipa, el cigarro, el bajativo. Tienen información de revista, aunque finjan no reparar en las páginas de la moda masculina. Qué estrés cuanto quehacer para sentirse bien y qué doble estrés simular que no se hace nada para ello. Me conduelo. Por qué la vanidad tiene excluyente acento femenino, me escudriñé dentro. Asalté la mitología. El rescate de Perseo a Andrómeda. La salvó del monstruo marino que Poseidón envió para que la devorara como castigo a la vanidad de su madre, Casiopea, quien se declaró, sin humildad alguna, más bella que las ninfas del mar. Y los dioses masculinos, qué. ¿Tan sólo se limitan a satisfacer la sed de venganza de los egos de la débil feminidad? ¿A Adonis caracteriza la modestia? ¿Y acaso Narciso, no se volvió la más bella de las flores a fuerza de extasiarse de sí en una fuente? En nuestro imaginario, Narciso no ocupa el nicho del homosexual.

La vanidad en algún rato raro del tiempo, restó puntos al macho arquetípico, a pesar de no ser Virtud Cardinal ni Pecado Capital. A las mujeres, en general, no nos place la virilidad cavernaria y su consecuente olor a cabra. Que se pongan guapos para bien impresionarnos, es lo mínimo que pueden hacer, después de tanto azote femenino para estar bellas. Al menos me siento, en algo, compensada. ¿Cómo así, a ellos, estar guapos les debiera salir gratis?