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El dilema nacional ya no es cambio o statu quo PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 03 de abril de 2007

El Presidente sí ha hecho cambios. Pero está haciendo creer que es posible transformar estructuras y dejar intactas viejas actitudes.

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El sueño de cambio no tiene para algunos la cara que esperaban. No hay cómo incluir entre ellos a muchos miembros de la oposición que estos días deambula magullada y participa, con fingida afectación, en obras callejeras del teatro del absurdo. El sueño no iba por ahí. El sueño del cambio lo buscó el país que se sabía utilizado por aquellos que hicieron de la división —regional, provincial, racial, social...— un negocio electoral. Y económico.

El cambio lo pidieron muchos cansados de combos inconfesables: poder político, más cortes de Justicia, más organismos de control, más negocios del Estado, más amenazas contra aquellos que osaban oponerse... El país —joven y forajido— que protestó por dignidad, por valores, por una Corte Suprema merecedora de ese nombre; ese país pensó que Rafael Correa era el líder del momento. Con 43 años, profesor de una universidad exclusiva, formado en Ecuador, Bélgica y Estados Unidos, Correa debía hacer un cambio tipo mayo-del-68; a caballo entre la cultura y la tarima; los pies en el campo y la cabeza orbitando en Internet.

Correa ha hecho cambios. Algunos capitales como desestabilizar a poderes mafiosos y mostrar la vacuidad de organizaciones políticas con dueño como el Prian. ¿Pero la línea seguida es la esperada? ¿Alguien sospechó que fuera a vilipendiar la universidad donde trabajó, a apoyar irregularidades con la fuerza pública, a injuriar a los medios de comunicación decentes y democráticos que no piensan como él? Correa ha hecho cambios. Ha forzado a mirar hacia los más desfavorecidos. Ha vuelto a poner el acento en el campo tan abandonado. Ha recuperado la noción de un Estado que ni deja hacer ni deja pasar. ¿Pero alguien sospechó que él, formado en Bélgica y Estados Unidos, tuviera entre sus amigos que exhibe con orgullo a un ex militar totalitario como Hugo Chávez? ¿Alguien pensó que el país pudiera verse encerrado entre las imágenes de una derecha en desuso que hoy mide las calles aledañas al Congreso y los nostálgicos de los soviets de 1905? ¿Qué otras imágenes alternativas produce el Presidente? ¿Acaso no era él quien debía, al fin, enchufar políticamente el país a la complejidad, a la contemporaneidad? Correa ha hecho cambios. Ha reactivado la política y puesto al día la noción de servicio público, de bien común. Ha puesto a correr a las mal llamadas élites, tan cómodas y tan indolentes. Ha silenciado a tantos moralistas públicos con rabo de paja. Ha involucrado a académicos importantes en la administración de lo público. ¿Pero alguien sospechó que este profesor, dedicado a las ideas, pudiera hoy, por obra y gracia de los sondeos, excluir, marginar, injuriar a aquellos que no comparten toda su visión? ¿Alguien pensó que este líder, católico y practicante, pudiera estigmatizar a causa de un apellido o un origen social? ¿No se está a un paso (si es que ya no se ha dado) del odio social, aupado desde el poder y apoyado por ese monstruo ciego y frío que es el Estado? El dilema no está entre el cambio y el statu quo.

No es así, Presidente. Está entre el cambio que incluye violar la ley y el cambio que entiende que hacerlo es abusar del poder. Está entre el cambio con mano tendida y la exclusión que puede llevar a la violencia. Está entre el cambio con contradictores y el cambio con asociación de corifeos. El cambio que publicita el Gobierno, usando a la Policía en vez de dejar que actúe el Tribunal Constitucional, dedicando adjetivos en vez de esgrimir argumentos, dando pábulo a ciertas manifestaciones en vez de trazar nuevas líneas de acción; ese cambio, así vendido, es un sinsentido político. Porque es creer que pueden cambiar ciertas estructuras sin cambiar las actitudes. O que puede cambiar el fondo sin importar las formas.

Importan. Una pregunta, por ejemplo. ¿A qué se quiere parecer el presidente Correa? ¿Qué es para los niños acostumbrados a líderes políticos que insultan, patean, hacen alarde de sus atributos físicos o se desafían en público? El cambio sí, Presidente. Y sin desmayar en democracia. Pero ¿cuál cambio?