REVISTA VANGUARDIA
Ciao a las flacas
| Ciao a las flacas |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 10 de abril de 2007 | |
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Luego de décadas, terminó la era de las modelos ultra flacas y de las dietas para imitarlas. es la hora de los cuerpos reales. Yo podría ser la cuarta de Las Tres Gracias del señor Rubens, me dijo con los ojos húmedos, Tania, la encarnación de la ironía. En el silencioso templo de El Prado de Madrid, me tragué la risa cuando agregó, Petrus Paulus Rubens fue el último que amó a las gordas. Plasmó para la eternidad, la belleza de los rollitos, la celulitis y hasta del abdomen adiposo. Nací sólo 400 años tarde, en plena era de la anorexia, me dijo con la mueca de la parodia del llanto. Yo fui la que lloré como deshago de mi ahogada carcajada. Pensé en la mutación de los códigos estéticos en el tiempo y en cuánto ha martirizado a las mujeres. El concepto de belleza es objeto de discusiones interminables. Se pasa de la percepción subjetiva a su objetividad. De la sensación estética a sus reglas científicas. Y cuando se trata de la belleza femenina acabamos enredados en las palabras. Sea como sea, las mujeres tratamos de encajar en la visión generalizada de nuestra belleza, del tiempo y de la geografía en las que nos tocó vivir. Y eso es un azote. La flacura hasta hace muy pocos días era requisito indiscutible para estar dentro de cánones que implantó la pasarela de los años sesenta y setenta. Yo misma odié por muchos años a la esquelética Twiggy, estereotipo absoluto de lo que debía ser y de lo que no lograba ser. Cien mil dietas y ejercicios impuso a mis carnes ese tormentoso saco de huesos. No supe dónde esconder mis caderas, mis senos, mis piernas generosas. No había caso, hiciera lo que hiciera, yo nunca iba a ser la flaca soñada. Menos mal mi obsesión no llegó al punto de enfermarme como tantas otras. Ahora vemos mujeres abundantes en televisión. Tienen espaldas amplias y pronunciados escotes que insinúan grandes senos naturales o no. Las caderas se exhiben en adherentes vestidos que muestran pantorrillas torneadas. Las veo y puedo respirar mejor. La televisión española, hace pocos días, mostró el descontento de un par de modelos con evidente anorexia, que daban molestos pasos con sus extremidades de zancudo, tras haber sido rechazadas por una agencia de modelos que cumplió con las nuevas normas sanitarias. Dijeron que, de la noche a la mañana, se encontraron sin trabajo, porque la ley vigente prohíbe mostrar en escenarios públicos, a mujeres muy delgadas que propician con su imagen la anorexia y la bulimia que elevan las tasas de mortalidad de las jovencitas. Joder, después de haber hecho tanto para estar muy delgadas, resulta que nada valió la pena y que nos hemos pasado de la raya, dijo una de las frustradas modelos, que hacía correr en puntillas al pequeño periodista que no lograba poner el micrófono al alcance de su boca. Cortó la entrevista de golpe, al decir: bueno, con permiso, que ahora tenemos que ir de tapas. Hemos vuelto al cuerpo con el ingreso al nuevo milenio. Y yo lo vivo como una venganza personal. Chao, flacas envidiables. Ya no están de moda. Con toda sinceridad me regodeo en su descontextualización temporal. Le hicieron sufrir tanto a mi diaria balanza en ayunas. Me alegra ver mujeres normales, de peso medio, en forma, como las muestra ahora la moda. De algún modo se reconquista la natural fisonomía femenina. Por mucho tiempo no supimos, si teníamos frente a los ojos, la osamenta de un chico o de una chica. Las mujeres a lo Modigliani, mataron ya al andrógino, ideal de muy larga estación. Una relación sana con la comida se abre espacio. Vomitar para no engordar, matarse de hambre hasta olvidar cómo se come, esconder la comida y fingir haberse alimentado, volverse obesos por la impotencia de ser flacos, son aberraciones que desembocan irremediables, en patologías. Qué pensaría la Iglesia Católica sobre la relación de sus fieles con el pan de cada día, me preguntó mi curiosidad. Leí algo sobre la gula. Me sorprendí con las tesis teologales que explican en qué consiste este ex pecado capital, que ya no es tal por bula papal. Se asegura que, si la importancia de todo el universo se reduce a la comida, se incurre en gula. No sólo se trata del exceso en la comida, sino de cómo se concibe al alimento. Con qué intención se come o se deja de comer, ha estado normadísimo por el catolicismo. Los bulímicos, obesos, o anoréxicos no entraban en la categoría de enfermos, sino de pecadores. Me quedo con la primera opción, por mínima salud mental. Claro, que no se hace apunte alguno sobre la forma física y menos, acerca de la de la mujer. Los renovados prototipos de belleza física femenina son más accesibles. Muchas podemos hacer parte del 'neo abundante', reconciliarnos con las carnes y estar cómodas con nuestras, hasta hoy, disimuladas virtudes… bueno, aunque no sean virtudes teologales. |








