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La derecha huérfana de ideas y de líderes PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 10 de abril de 2007

La crisis no es sólo política. Es ideológica y de identidad. Y es profunda: durante años esos vacíos han sido camuflados por los caudillos.

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Osvaldo Hurtado probó, otra vez, un hecho incontestable: la derecha y el centro derecha no tienen líderes en el país.

El ex Presidente, con su salida mediática, le dio, en pocos días, un nuevo aire al debate sobre la Consulta y al posible destino de la Asamblea Constituyente. Ahora ya hay quienes, en esa tendencia, sueñan con que el Sí no logre superar los votos negativos, blancos y nulos... Y que el electorado equilibre la brecha entre las derechas y las izquierdas que irán a la Asamblea. Hurtado llenó un vacío. Y al hacerlo, señaló, sin proponérselo, la vacuidad de los partidos que supuestamente hacen oposición en el Congreso.

Pocas veces se había notado, en forma tan concluyente, la ineptitud de esos partidos. Lucen petrificados. Ni tienen ideas ni estrategias para encarar una situación política que les es adversa. Verlos así, como boxeadores al borde del KO, hace pensar en Fujimori en Perú o en Chávez en Venezuela: esos caudillos con aires totalitarios acabaron con los partidos. Y acabaron con ellos porque eran simples maquinarias acostumbradas a administrar un Estado en el cual todos los mecanismos de poder les eran propicios.

Aquí la derecha y centro derecha no sólo no perciben qué hacer frente al presidente Correa. No saben —por fuera de unos lemas de campaña— qué proyectos defienden. Tampoco dan pruebas de conocer en qué sociedad están actuando.

Su crisis no es sólo política. Es ideológica y de identidad. Y es profunda pues, durante años, esos vacíos han sido camuflados por los rasgos de personalidad de aquellos que han fungido como sus líderes. Álvaro Noboa y Lucio Gutiérrez —los últimos dirigentes llegados a la política— bebieron en esas fuentes y terminaron por parecerse a los viejos caudillos que tienen partidos propios y los manejan según sus humores e intereses. Por eso, tampoco ellos tienen ahora la fórmula para contrarrestar políticamente a una tendencia —la que lidera Rafael Correa— que ha proliferado en esta sociedad cansada de pavorosas prácticas.

Jaime Nebot también ha sentido ese distanciamiento. Y lo trató de acortar poniendo distancias sibilinas entre él y su partido. O refugiándose en Guayaquil para desde allí —desde lo local— crear una alternativa a lo supuestamente nacional. O cambiando el discurso politiquero por uno más tecnocrático: el de los resultados. O, más recientemente, evocando la hora de los movimientos ciudadanos... Todo ello sumado a sus obras en Guayaquil, no alcanza para definir a una derecha con visión contemporánea. Nebot no ha dado ese paso por razones personales (es lo que más arguye). Pero no lo ha dado porque políticamente tendría que romper con estereotipos que, también a él, lo atan al pasado.

Su partido, en ese sentido, tampoco existe. Es la suma de caciques locales que, en algunos casos, quieren imitarlo como administrador. Pero que ya no ven en él el líder dispuesto a reconstruir una derecha liberal que León Febres Cordero levantó desde los ochenta y luego, con los años, sepultó. Nebot, quien siempre se ha dicho el guardián de esos principios, no ha encontrado un mecanismo para sistematizarlos, actualizarlos y ponerlos a circular en el país. Y esa carencia —que también es de Lucio Gutiérrez y de Álvaro Noboa— se siente ahora que la izquierda exhibe su modelo en el cual se mezclan viejas utopías con políticas de gobierno.

La derecha está huérfana de ideas y de líderes. En ese campo, el Prian más que una esperanza es visto, en las cámaras y otros cenáculos de la derecha, como un problema. Por dos razones: Noboa ocupa el andarivel de la política empresarial y la ejerce en forma casi caricaturesca y su partido sintetiza, en forma dramática, una de las peores características de la vieja política: la sumisión de la política al dinero y a sus exigencias.

Osvaldo Hurtado, desde una corriente más ideológica pero escuálida electoralmente, llenó por unos días el vacío. Y ese es su mérito: haber mostrado que con ideas y sin rabo de paja, la derecha también tiene su espacio. Y que una derecha decente es un contrapeso que cualquier democracia debe celebrar.