INICIO arrow REVISTA VANGUARDIA arrow La etiqueta causa estrés arrow arrow arrow
La etiqueta causa estrés PDF Imprimir E-Mail
Martha Ormaza   
martes, 17 de abril de 2007

La pompa del protocolo puede convertir a un almuerzo o una cena en algo tan rígido, que terminarlo es un acto de liberación.

 

Hay estados alterados de conciencia en los cuales se puede ver la realidad desde fuera y desde dentro. Ser, al mismo tiempo, observador y objeto observado. Al acomodarnos en torno a la mesa, había una cierta estrechez, a pesar de su amplitud. Reparé, luego de unos instantes, el enredo del millar de objetos que se aglomeraban sobre ella. Tantos ananayes sobran para comer con placidez, me dije silente. Con evidencia, no era yo la única que sentía hambre. Sin embargo, nadie osó dar inicio al ritual, con la pomposa colocación de la servilleta sobre los muslos. La elegante anfitriona dio su venia, con la trillada frase “Sírvanse, por favor”. Los distinguidos comensales en exhibida delicadeza, emprendieron el desmontaje de la parafernalia ubicada sobre el mantel ya de por sí, bastante rococó. En actitud gregaria clásica, hice lo propio para no desentonar. La situación era recargada y me vi jugando el juego con las reglas planteadas. Evité juzgarme.

Al desarmar la sinuosa servilleta, me parecieron todos una suerte de prestidigitadores. Las viandas pausadas comenzaron a circular, servidas por el lado derecho, por supuesto, en manos de un mozo y de una primorosa camarera que, preguntaba a cada quien, por su preferencia. Reparé en los objetos brillantes que nos hacinaban. Me pareció estar en aséptico quirófano. Luego, entre pinzas torneadas, aceiteros contornos y los candelabros laterales, me trasladé al oscurantismo. Empecé el conteo de los tenedores de dos, tres y cuatro puntas; lo interrumpió la voz amable de la señora de servicio. Colocó sobre el más pequeño de los platos, un minúsculo filete de salmón y una solitaria alcaparra. No sé por qué sentí la sensación del abandono. Como debe ser, esperamos a que todos estuviéramos servidos. Nadie osó tocar nada. En mi estado etéreo, escuché un lejano “Buen provecho”. Me encontré con seis divagantes tenedores a escoger. Tres cuchillos por dilucidarse, aparte de las paletas cucharas y cucharillas. Platitos, pocillos, cazuelas, fuentes, bandejas todas de la misma vajilla, con el sello distintivo de la familia, hechos en fina loza en tiempos memorables de la bisabuela. Copas, copitas y copones, para los vinos que se oxigenaban en decantadores, entre las demás bebidas trasvasadas en curiosos cristales.

Los microscópicos antipastos se sucedieron. Cada uno servido en su plato y retirado por la izquierda, como es de suponer. Cuando me colocaron la gacha con concavidades singulares para cada caracola y mi mano dubitativa se extendía hacia la tenaza, tuve la sensación de ser observada desde lo alto. Alcé a mirar y no había nadie. Vino a mí, sin convocatoria previa, un tonto supuesto Qué tal, si los alienígenas dejasen de ser ciencia ficción y debieran sentar en su bitácora, la descripción de los modos en que, algunos grupos humanos, efectúan el hecho básico de alimentarse.

Pobres, se encontrarían con una empresa harto complicada y de indescifrable lógica. Con el correr de la historia pretendemos simplificarlo todo hasta limitar con lo burdo o, por el contrario, nos aferramos a las formas y las reinventamos, hasta convertirlas en mordazas del sentido común. Continué en mí y recordé el relato patético, que me hiciera un buen amigo mío, sobre una vergonzosa situación que vivió junto al respetable filósofo español, Fernando Savater. Lo invitó a cenar en un club muy exclusivo de nuestro medio. No pudieron entrar porque Savater no llevaba corbata.

Consiguieron la corbata de algún modo. Cuando estaban por ordenar la comida, se acercó un caballero que se identificó como un enviado de la 'Comisión de Medias'. Savater llevaba mocasines sin calcetines. Los echaron, en medio del bochorno de mi amigo y de la ironía de Fernando Savater. El protocolo, muchas veces, es un áspero obstáculo entre nosotros y las buenas costumbres, me dije, al tiempo que volvía a la realidad.

Me percaté del amontonamiento de platones, recipientes y portaviandas que, habían sido, en mi ausencia, posados en el centro de la mesa. Sonaban los cristales entre el ir y venir de más botellas y de más cubiertos y de más platos. A la postre, comimos hasta el postre. Ya en el salón, tomamos el café y el plus café en pequeños adminículos. Las lustrosas charolas útiles para despejar los últimos rastros de la ceremonia, me comportaron alivio. Sobrio y hasta exiguo se me aprehendió el severo salón. Era escenario perfecto para la ambarina faz de nuestra dulce y sencilla anfitriona, que quiso compartir con nosotros “un momento agradable y un simple entremés”. A pesar de sus buenas intenciones, lo que provocó en mí, fue un recio ataque de estrés.