REVISTA VANGUARDIA
Cuidado con los feos
| Cuidado con los feos |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 24 de abril de 2007 | |
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La belleza es un azar. Y, aunque el mercado diga lo contrario, los feos despiertan en algunas mujeres pasiones inconfesables. En una entrevista Julia Roberts, la protagonista de Mujer Bonita, el non plus ultra de la belleza, aseguró que fue 'el patito feo' de su escuela. Dijo que, pálida, insípida y flacucha, escapó por mucho tiempo de su reflejo. Un buen día el mundo descubrió su hermosura. Esto le sucede a poca gente. Yo fui feo, puede decir sólo quien se sometió a una cirugía plástica. Por lo general, quien nace feo está condenado a morir feo. El patito feo convertido en cisne es otro cuento de hadas. La fealdad ha sido una probabilidad sobre dos al nacer. Ser feo ha sido una constante en la historia de la humanidad y por lo tanto, normal. Ser bello era una suerte y parte de la lotería de la vida. No sé de cuándo acá existe la obligación de ser bellos. Creo que Hollywood y su marketing, nos hicieron cuadros la vida. La literatura clásica y la tradición oral nos cuentan de ciertas mujeres y hombres bellos que rozan los límites del mito. Estos semidioses eran la excepción. Ahora resulta que es al revés. ¿Serán los desayunos con Corn Flakes los que vuelven a la gente tan bonita? Los feos, poco a poco, pasan a ocupar en Occidente el lugar de los parias de la civilización hindú. La belleza se ha vuelto una carta de presentación. Es como si se tratase de un mérito personal. Cuando a un chico le preguntan ¿cómo es tu novia? Y comienza por decir que es muy inteligente, que es una compañía muy agradable, que es encantadora y que tiene no sé cuantas virtudes, los interlocutores, intuyen, de primera mano, que sale con una fea. Y, por parte de las mujeres, en el caso de las preguntas sobre los novios o conquistas masculinas, es más o menos igual. Cambia el factor pero no el producto. Las mujeres comenzamos la descripción del occiso por su condición física. Casi como si se tratase de un levantamiento de cadáver. Claro, doramos la píldora con palabras suaves, gracias a la ilusión o al amor que sentimos, pero no podemos dejar de decir, con las palabras que sean, que él es feo, como encabezamiento del identikit. Podremos usar frases como, “No es ninguna maravilla físicamente, pero…” o usaremos el diminutivo “feíto” Será muy dulce, brillante o lo que fuere, pero no dejará de ser feo. Y lo confesamos antes de que nuestras amigas se den cuenta por sí mismas. Podría resultarnos más caro. Hay gente, como mi señora mamacita, que ha tenido piedad con todo mundo, menos con los pretendientes de sus hijas. Recordé a un chico objetivamente feo, con quien salí algún tiempo, con la desaprobación nada tácita de mi progenitora. “Y ¿cómo va la relación con Don Betuto?” (el nombre de un muñeco horrible al cual daba vida un ventrílocuo de mis años infantiles). Fue la pregunta con que me dijo todo pero que, a la vez y por excepción, mostró algún interés en aquella pobre víctima de las fauces de la suegra. Como era de imaginar, me quedé sin respuesta. No sé si esa falta de tolerancia con la fealdad, se trata de un problema de familia, o es más común de lo que creo. Cada vez que un peatón imprudente pasa por delante del auto que conduce mi tío, se carga contra el aspecto del individuo y no contra su inobservancia de las normas de tránsito. Suele decir cosas como: “Yo, con esa cara, tampoco me querría”. Son muy malos, pero debo confesar que sí me resultan divertidos. Manejan un humor negro muy oscuro que saca lo peor de mí. Hay muchas mujeres que se encuentran atraídas por los hombres feos y que tienen preferencia por ellos. Les resultan mucho más sexy que los guapos. Aseguran que la naturaleza es sabia y que compensa con virilidad, inteligencia y otras virtudes, lo que les pueda faltar a primera vista. Yo, en lo personal, no me he planteado que un tipo sea feo o guapo. Me gusta o no me gusta y punto, más allá de cualquier precisión estética. Conozco mujeres que optan por los hombres feos para sentirse más seguras. Viven serenas respecto del interés que puedan causar en otras congéneres. Toca los márgenes del poder. La reflexión simple puede ser: si yo soy bella y él no, tengo la sartén por el mango. Si este feo la llegara a dejar por otra, se avizora un desastre. Más de un amigo me ha confesado que, luego de los dolores causados por la bella, se refugian en la seguridad de la fea, como cosa automática. La traición de la fea debe ser más dolorosa aún. El ego masculino quedará hecho polvo, imagino. Así este ir y venir de feos y feas causan dolor. ¿Acaso son los verdaderos protagonistas de nuestra bella sociedad? Arman ciclones más fuertes que los que podría causar la descontada gente guapa y nos encontramos desprevenidos frente a ellos. Si en la vida todo tiene movimiento pendular, como creen ciertos pensadores… ¡Atento mundo! que el futuro es de los feos. |








