REVISTA VANGUARDIA
La fiebre de cedro en el Parque Yasuní
| La fiebre de cedro en el Parque Yasuní |
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| Revista Vanguardia | |
| martes, 24 de abril de 2007 | |
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En la zona intangible hay 12 campamentos que explotan la madera . Milagros Aguirre publica un libro sobre este escándalo. Extractos. El 12 de abril del 2006, dos madereros fueron atacados mientras aserraban un tronco en el Cononaco Chico. Uno de ellos, William Angulo, murió con nueve lanzas clavadas en su cuerpo. El otro, Andrés Moreira, quedó herido. En agosto del 2005, otro maderero, Efrén España, murió con más de treinta lanzas en su cuerpo, en el mismo lugar. En el 2003, un asalto perpetrado por nueve waoranis, bien conocidos y empujados por los intereses madereros, acabó con la vida de 26 mujeres y niños de un grupo no contactado, los taromenani. Los pueblos no contactados, ocultos o en aislamiento voluntario sobreviven al asedio constante de madereros y picatroncos que ingresan a su territorio, cortan sus árboles, los ensordecen con el ruido de las motosierras y los someten a una guerra totalmente desigual: lanzas contra escopetas. Al menos 12 campamentos madereros están instalados a lo largo del río Shiripuno, en el corazón del Parque Nacional Yasuní, Área Protegida, Reserva Mundial de Biosfera y Zona Intangible. Provistos de enormes tanques de gasolina, de comida (latas, arroz, azúcar, fideos), de armas (escopetas y a veces, pistolas), machetes, motosierras y hasta mulas, los picatroncos surcan los ríos orientales en canoas de gran calado en viajes de 12 ó 15 horas hasta encontrar algún sitio en la ribera donde instalarse. La tala se hace ya no en las riberas sino selva adentro pues el cedro es difícil de encontrar. Las cuadrillas incluyen motorista, varios motosierristas, al menos dos cocineros, oficiales y jefes. Entre 12 y 20 personas conforman cada campamento. Luego, en grupos, casi siempre de tres integrantes, 'montean' (se internan en el monte) hasta encontrar el árbol que van a tumbar. En la tarea de aserrar no hay horarios. Las cosas dependen del día, del sol o de la lluvia y de la suerte de encontrar pronto el árbol deseado. Y así como hay días en que cada motosierrista hace entre 60 y 100 tablones, hay días en que pasan caminando monte adentro hasta encontrar el 'oro rojo'. Cuando ya encuentran el árbol prenden las motosierras y no se detienen, lo tumban y luego lo rebanan como se hace con el jamón, y dan forma a los largos y gruesos tablones. Suelen llevar en una olla el almuerzo (arroz con atún o con sardinas) y comen junto al palo que están cortando, para no perder tiempo. Quien más tablones haga, más dinero recibirá al final de la jornada. Luego, cuando ya tienen las tablas, que requieren un tamaño reglamentario, las “cubican” y les atan sogas de colores con nudos distintos para marcar la madera que cada uno aserró, en un sistema donde, a la vez que todo es de todos, nadie se hace de la madera de otro. Una vez que están listos los alijos los botan por “caños” (riachuelos más pequeños) y esteros hasta que la corriente se los lleve hacia el río grande. Cada grupo de trabajo tiene un sobrenombre que lo identifica, venido del apelativo que tiene el contratista: “Los Pura Ropa”, “Los Chamuscados”, “Los Manabas”, como si cada cuadrilla fuera un equipo de fútbol. En la vida de campamento nadie se salva de que le coloquen un alias, un divertimento en medio de la jornada de trabajo: El Bacán, Margarito, El Búfalo, Rambo, Cocoliso, El Colorado, El Puerco… Ellos están unidos no sólo por la amistad o el trabajo… los unen lazos familiares y de parentesco: el tío que lleva al sobrino, el padre que lleva al hijo, los parientes que llevan a los parientes, primos, cuñados, sobrinos, entenados… En la operación maderera no hay contratos porque “en el río sólo vale la palabra de uno” como recalcan una y otra vez los trabajadores de la madera. Así, el jefe o patrón se encarga de conseguir el combustible, la canoa y la comida para las distintas cuadrillas y pacta con motosierristas la forma de pago, sin contrato alguno. Un obrero puede ganar por avance, por jornal o por pieza aserrada, asunto que depende de un complejo entramado y de unas jerarquías más complejas aun. Por avance, el aserrador recibe entre 20 y 25 centavos de dólar por pieza y su paga depende de cuántas piezas logre aserrar. En el trabajo por jornal, en el cual intervienen no sólo aserradores sino motoristas, cocineros o cargadores, la paga es de 10 dólares diarios. Por pieza aserrada, donde intervienen aquellos que tienen motosierra, la paga es de un dólar cincuenta centavos o dos dólares por cada tablón de cedro, dependiendo de donde sea la entrega: si en el sitio del corte, balseada en el río, o en el puerto. El de la madera es el negocio de la miseria. Hombres-esclavos que viven la ley de la selva y que para sobrevivir no dudan cuando tienen que devorar al pequeño. Eslabones de una larga cadena a la que permanecen atados por necesidad, chantajes e impagables deudas, tratos oscuros y ofertas de riqueza que nunca llegan. Los obreros son una suerte de esclavos de los contratistas. Nunca reciben la paga completa y menos aun, a tiempo. Antes, deben esperar que el contratista venda la madera. Y para ello, primero, el contratista debe sacarla del puerto. Si el obrero necesita motosierra, el patrón se encarga de venderle una y descontarle de lo que le debe. Con esto tiene garantizada la mano de obra al menos hasta que el obrero termine de pagar su herramienta de trabajo. Y le ofrece otras cosas: teléfonos celulares, armas o electrodomésticos. Así, la deuda aumenta y se vuelve impagable, de tal suerte que solamente se pueda pagar con más trabajo. Lo mismo sucede con los dineros que se requieren para entrar al corazón del Parque. El contratista se hace cargo de los gastos de la operación maderera: la gasolina necesaria y la comida. Luego, al vender la madera, descuenta a los jefes de cuadrilla la parte que les corresponde de la inversión. En Coca todos saben cómo funciona el negocio. A los cedreros, que son fulano, zutano, mengano y perencejo, se los conoce bien y tienen los nombres de los propios funcionarios del Ministerio del Ambiente que trabajan en la zona (al menos 20 comerciantes de cedro aparecen con nombres propios en los documentos de retención y remate de cedro en la provincia de Orellana). Todos saben también quiénes son los motosierristas, los aserradores, algunos de los contratistas. Todos saben que la madera se carga en el puente del Shiripuno y que aquella que se queda, se guarda en la bodega de Capitán Nájera, que cuesta 25 dólares diarios. Tal vez es el secreto mejor guardado de policías, militares, funcionarios del Ministerio del Ambiente, autoridades… En este negocio todos reciben su parte. Por eso los madereros siguen entrando. Y seguirán cortando el cedro del territorio en el cual habitan los tagaeritaromenani sin importarles siquiera que allí fueron lanceados y muertos dos compañeros suyos. Porque ahí la vida no importa. El lema suyo parece ser “si muero, muero, pero trabajo. Si no trabajo… igual muero”. El contratista de una cuadrilla, para la expedición en busca del cedro, gasta al menos 1 500 dólares en gasolina, aceite de ligar, víveres y comida que requiere para la empresa. La cuadrilla permanece 20 días en la selva y cada aserrador hace entre 60 y 80 tablones diarios. El flete de un camión, desde el puente del Shiripuno hasta Tulcán, cuesta 600 dólares. Pero los gastos no quedan ahí: el contratista tiene que prever otro: el de las coimas y sobornos para evadir los controles. Cuando esa madera llega a Quito (a los aserraderos de Tumbaco y Pifo) su costo asciende a siete dólares. En Tulcán se vende a 14 dólares el tablón. En Colombia pagan el doble: 30 dólares por tablón o 22 000 pesos colombianos por cada pieza de una pulgada de espesor. Un metro cúbico de cedro en EE.UU. cuesta 600 dólares. No existe comerciante de madera en Coca al que pueda considerarse 'rico'. Nada de palacios ni mansiones ni casas con piscina, a lo mucho, solar propio, alguna pomposa motocicleta, teléfono celular, gafas oscuras, televisión y DVD. Muchas personas pobres, trabajan sin horario, sudando la gota gorda, partiéndose el lomo para ganarse el pan de cada día, para tener algún dinero circulante que les permita sobrevivir. En el complejo y enmarañado negocio maderero sólo puede ganar el último eslabón de esta cadena. Lo mismo que ocurre en el río Shiripuno pasa en los otros ingresos al Parque Nacional Yasuní. Los cedreros actúan en el Tiguino, en el Tiputini, en el Aguarico, con el mismo modus operandi. Para entrar, hacen tratos con los waorani: les pagan dos dólares por tablón. Los waorani, desde que dejaron de ser 'salvajes' necesitan dinero para sobrevivir. Los madereros no sólo pagan por entrar al Parque sino que les dan otros beneficios: bombas de agua, generadores, motores, gasolina. Algunos van con cierta ingenuidad en busca del cedro amargo. Para ellos, como para muchos otros colonos, la selva es tierra de nadie, territorio a conquistar, terreno baldío… Por supuesto, hay quienes sí saben a dónde van. Han visto huellas, caminos, lanzas cruzadas y palos cortados que indican que por ahí andan los "patas coloradas". Alguno hasta encontró alguna vez, mientras "monteaba", una choza grande, pero vacía, que estaba antes de la bocana del Shiripuno y el Cononaco Chico. Los contratistas no se amedrentan ante nada, ni las lanzas de los tagaeritaromenani ni lo que puedan hacer las autoridades. No les importa que la zona sea protegida porque saben que nadie impedirá su presencia. “Llevamos más de cinco años trabajando en la zona y no hemos tenido ningún incidente. No creímos que iba a pasar nada. Además teníamos la protección de Manuel Huane (el waorani), entramos con su permiso y con su protección”, dice uno de los comerciantes de Coca para quien “los operativos son sólo propaganda”. Las autoridades, en Coca y Quito, están al tanto del problema. Han sobrevolado la zona, han comprobado la existencia de la tala ilegal e incluso han decomisado contenedores con cedro y caoba provenientes de la Amazonia, en el puerto de Guayaquil, listos para su exportación. Hasta ahora nada efectivo se ha hecho por controlar la zona: ¡A quién le importan esas vidas!. |








