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Astrología o astronomía PDF Imprimir E-Mail
Martha Ormaza   
martes, 01 de mayo de 2007

Queremos conocer la suerte, más no sobre la muerte, especialmente la nuestra, aunque podríamos prepararnos para ambas.

 

La astrología, para mucha más gente de la que imaginamos, es una guía cotidiana. Así como puede alivianar el manejo del día a día, comporta la probabilidad de tornarse en una obsesión. Hay personas que no enfrentan el mundo mientras no sepan qué deparan los astros para su jornada. Leen el horóscopo de todos los diarios y sacan conclusiones de la suma de lo dicho. También van a las revistas con sus premoniciones semanales o mensuales. Hay el servicio vía Internet y a través de la telefonía celular. Están acompañados de la carta astral y no pueden dejar de ir a la consulta astral privada. Es vital que el agorero personal interprete lo que expresan el sol, la luna, los planetas y todas las estrellas. Cada quien puede creer en lo que se le antoje y está muy bien. Pero, ¿hasta dónde la dependencia de esta antigua disciplina es una ayuda y desde dónde es un obstáculo? Que porque Mercurio estuvo en retrogrado y era, por ende, desaconsejada la firma de documentos, se perdió la ocasión de la venta de aquel inmueble que, desde hace tiempo, es una piedra en el zapato de la economía familiar. A primera vista es una situación descabellada. Para los involucrados en el tema, las decisiones de carácter inmediatista tienen alto costo. Cada hecho es un eslabón en el desarrollo de los acontecimientos del destino y no son aislados, dicen. Bueno, así será. Yo trato de entenderlo pero no lo logro.

El almanaque occidental fue por muchos siglos la astrología. Desde sus comienzos contuvo predicciones del futuro basadas en la posición de los cuerpos celestes y, durante los siglos XV y XVI, el pronóstico del futuro se convirtió en su tema central. Me pregunté a qué se debió su desuso y hasta su casi desaparición. Lo que se publica en la actualidad, con el nombre de almanaque, no es más que un calendario con datos astronómicos. Suele también incluir fiestas religiosas, efemérides, proverbios, comentarios históricos, apartados humorísticos, indicaciones agrícolas y de medicina casera, a más de mínimas anotaciones astrológicas. Al husmear entre las hojas de un libro dedicado a curiosidades históricas, me encontré con que el almanaque fílomatemático (amante del conocimiento) dejó de ser un instrumento de uso común por prohibición.

El temor herético de la Iglesia Romana, lo condenó, pero no pudo con él. Sabemos que a la sombra de lo pagano sobrevivieron sectas, rituales, usanzas y creencias nada católicas. El hachazo letal lo dio Enrique III de Francia, quien prohibió expresamente que apareciesen predicciones del futuro del género que fuesen. El hecho es que los almanaques predijeron muchas cosas. Demasiadas, inclusive, la muerte de los monarcas. Saber qué decían otros dioses sobre el deceso del monarca considerado descendiente directo del dios verdadero, resultaría pavoroso, reflexioné. ¿Por qué hurgamos en el futuro si es natural el desconocerlo? ¿Por qué temblamos cuando estamos frente a los labios de la sibila? Tememos que revele el día, la hora y las condiciones de nuestra propia muerte.

Queremos conocer la suerte, mas no la muerte, aunque podríamos prepararnos para ambas. Son nuestras contradicciones. En el fondo queremos escuchar que nuestro futuro es de fortuna. Si la fortuna no nos sonríe en la astrología encontraremos, las alternativas de escape para mitigar el cruel designio. El firmamento, en algunas de sus doce secciones o casas celestes, dominada cada una por un signo del zodíaco, y una vez que se haya establecido la relación geométrica entre ellas, desde un tiempo y desde unas coordenadas terrestres concretas, nos dejará adivinar los acontecimientos y prefabricar sutiles evasiones. El problema para mí, es que desde que Copérnico y Galileo desacreditaron a Tolomeo, los astros están en continuo movimiento y no hay quien los pare. Le resulta a mi tonto pensamiento, inasible el destino como parte de este 'moto perpetuo'.

Las condiciones astrales instante a instante serían perecibles. Y más me confundo cuando pienso en Einstein que, con su bendita Teoría de la Relatividad, nos desayunó de que el tiempo es relativo. Asimismo, se comidió en informarnos que el cielo que miramos no pertenece al presente sino al pasado. Que muchos de los cuerpos celestes que observamos ya no están, sino que estuvieron y que, nuestra percepción del cielo está a años luz del presente. Me pregunto, también en mi tonto pensamiento, cuáles astros serán los que nos regulan, los del pasado o los del presente que no podemos percibir. Qué cacao que me hago, con lo que no puedo comprender. Pero como yo también me tiento con la curiosidad sobre mi futuro, de mañana en mañana espío al disimulo mi horóscopo del día. Si no es tan halagador, busco otro que apacigüe mis expectativas de ese día que está por ser vivido.