INICIO arrow REVISTA VANGUARDIA arrow El comunista que acabó al Comunismo arrow arrow arrow
El comunista que acabó al Comunismo PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 01 de mayo de 2007

Los rusos debaten entre honrar o reprochar a Yeltsin por su legado. Murió el lunes 23.

 

Unos lo honrarán como el estadista que dio el tiro de gracia al comunismo.

Otros preferirán verlo como el leviatán que devoró el esplendor de la Unión Soviética y trajo consigo los males y vicios del capitalismo. Pero otros, y no pocos, sencillamente lo recordarán por sus imprudencias y su amor, como buen ruso, por el vodka. Bajo cualquiera de esos puntos de vista, lo único certero es que Rusia perdió un hombre que hizo historia: Boris Yeltsin.

Si algo caracterizó la vida del primer presidente de Rusia fueron los acontecimientos históricos. El llamado 'Oso de los Urales' nació en el mismo pueblo donde se asesinó al zar Nicolás II y su familia. Los crímenes fueron ordenados por los bolcheviques, quienes implantaron el sistema comunista al cual, 74 años después, Yeltsin, oriundo de Butka, le dio el tiro de gracia.

Hijo de campesinos, nacido en 1931, se convirtió en obrero de la construcción y luego se tituló como ingeniero civil a los 24 años. Su participación en la política estuvo marcada por una conducta de ruptura, que lo llevó varias veces al borde de la muerte por sus enemistades políticas. Cuando tuvo 30 años, el joven de metro noventa y de reconocida fortaleza física que se asemejaba a la de un oso (de allí el sobrenombre) se enlistó en el Partido Comunista.

Durante dos décadas hizo carrera en Sverdlovsk y a los 50 era ya miembro del Politburó, cuando aún gobernaba Nikita Kruschev. Pero en 1985, con la llegada de Mijail Gorbachov a la Secretaría General del partido, máximo cargo en la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), su carrera política se disparó.

Valiente y bufón, rebelde y ávido de poder, salvador de la democracia y autócrata del poder, patético e imprevisible, grandilocuente y teatral, Yeltsin fue tan contradictorio que dio el golpe mortal al comunismo después de tres décadas dentro del partido. Tan mal gobernante que pasó de ser héroe del pueblo a símbolo de la corrupción en solo ocho años de su turbulenta presidencia.

En 1985, la URSS parecía estancada. Hacía falta una revisión del sistema y el Comité Central apostó por un cambio generacional. Gorbachov, a sus 54 años, joven para los del Comité cuyo promedio de edad superaba los 75, fue el encargado de liderar la modernización del socialismo. Perestroika y glasnost.

Socialismo y transparencia. Se necesitaban hombres de confianza para la tarea y Yeltsin fue convocado para liderar el partido en Moscú. Seis años después esa decisión culminaba con la desintegración de la URSS.

A finales de los 80, Gorbachov liberó presos, impulsó la libertad de expresión, retiró las tropas de Afganistán, aflojó el control de Moscú sobre los países de Europa del Este, lo cual terminaría con la caída del Muro de Berlín, y la transformación de la sociedad soviética.

Cada vez más gente se dejaba seducir por los sueños capitalistas que mostraban las revistas y la televisión.

Yeltsin, en sintonía de ese deseo, supo capitalizar la fama que obtuvo con sus propuestas de cambios rápidos y con sus constantes enfrentamientos verbales con la burocracia comunista, a la cual acusó constantemente de corrupta. Elegido varias veces como diputado, su momento de gloria llegó en 1991, cuando enfrentó a sectores de comunistas ortodoxos que intentaron un golpe en contra de Gorbachov.

Lo que vino, entonces, fue la imagen más icónica de Yeltsin. 19 de agosto de 1991: salió a las calles, se subió a uno de los tanques que rodeaban la casa de gobierno, y allí, encaramado, hizo un llamado a los soviéticos a defender la democracia. La imagen recorrió el mundo y Occidente lo reconoció como el máximo referente democrático en la URSS. Ese hecho marcó el fin del gobierno de Gorbachov y de la era soviética.

Poco a poco fue apoderándose de los organismos de control hasta que el 25 de diciembre, Gorbachov entregó el maletín nuclear. Y en las primeras elecciones presidenciales, Yeltsin ganó con el 60 por ciento de los votos.

En 1992, instauró la economía de mercado y los rusos empezaron a padecer los brutales efectos de la reforma económica que liberalizó los precios, disparó la inflación y redujo a cenizas los ahorros de los sectores que hubieran podido formar la clase media.

Los que siguieron fueron años turbulentos y complicados. Todo lo que tenía visos de comunismo fue arrasado. Con bombardeos a la sede parlamentaria y elecciones legislativas anticipadas desbarató a la oposición en el Congreso.

Sus asesores le recomendaron una guerra relámpago contra los chechenos separatista que gozaban de independencia desde 1991, para que recupere la popularidad. Pero nada dio resultado. Yeltsin no recuperó su popularidad. En las trastiendas de los cambios radicales que pregonaba, las mafias se arraigaron en la estructura comercial y financiera. De la noche a la mañana, el país registró millones de pobres.

Mientras los magnates financieros y políticos que lo rodeaban se beneficiaron de sus favores, acumulando fortunas. En la actualidad, en Rusia hay más multimillonarios que en EE.UU. y más pobres que en toda Europa. En 1996, a pesar de la fallida guerra en Chechenia, Yeltsin fue reelecto con el 53 por ciento de los votos, apoyado principalmente por las mafias y los nuevos millonarios quienes provocaba terror que regresara al poder el partido comunista. Durante esos años, sus problemas de salud también fueron una constante alarma. Sus afecciones cardíacas le obligaron a pasar por el quirófano en noviembre de ese año, cuando se le hicieron cinco puentes coronarios.

Luego vinieron las úlceras sangrantes y complicadas neumonías, que lo llevaron en el 2000 a transferir el poder a un desconocido Vladimir Putin.

Yeltsin, cuando cedió el mando tenía dos por ciento de popularidad y las mafias controlaban el 30 por ciento de la economía del país. “Muchas de nuestras esperanzas no se han cumplido. Lo que creíamos fácil resultó terriblemente difícil”, admitía en su discurso de despedida el 31 de diciembre de 1999.

En las últimas encuestas de estos días, el 70 por ciento de los rusos valoraba negativamente su presidencia, mientras que la mitad estimaba que debía ser llevado ante la justicia.