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Señor Presidente, ¿quién habla de imprecisiones? PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 01 de mayo de 2007

En la pelea del Presidente contra los medios, hay modelos y visiones en juego. Y por lo visto poco tienen que ver con la nueva ciudadanía...

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Rafael Correa vive obsesionado por la precisión. Así justifica insultos y descalificaciones contra la prensa en general y ciertos medios en particular. La Hora, hace un mes, y El Comercio, la semana pasada, mostraron que las imprecisiones que les endosa son más bien interpretaciones suyas. Lo cual abre, otra vez, el interrogante sobre qué es lo que quiere el Presidente cuando, a semana seguida, juega a ser el mayor deontólogo de los medios.

¿Realmente quiere que sean rigurosos? Curioso.

No ha habido insultos para los medios que, trastocando las reglas mínimas del oficio, confunden loas con información. Pero más allá de eso, ¿en qué manual democrático de ética informativa se dice que es el poder político el que determina qué medio hace bien o mal su trabajo? ¿No es aquello una prerrogativa de aquellas y aquellos que leen, oyen y ven lo que hacen los medios? ¿Qué es, entonces, la libertad de información? ¿Aceptar la tutela —que en el diccionario figura como censura— del poder político de turno? El presidente Correa trata a los medios —él dirá, porque ya lo ha dicho, que no a todos— como si fueran adversarios políticos. Los increpa, los insulta y los desprestigia. No los ve, peor a sus columnistas, como interlocutores de esos debates de ideas que tanto defendió cuando era profesor de la Universidad San Francisco. Y sin ese debate, ¿Rafael Correa, el profesor desconocido, sería hoy Rafael Correa, el Presidente? ¿Cómo se gestan los cambios si no es a través de los debates y, a veces, de duras controversias en las cuales se acepta que el otro es parte imprescindible de mi proceso de reflexión? Pretender tratar a la prensa como se trata a los políticos es dinamitar el espacio social y político más público y más asequible. Y es dinamitarlo porque, en la peor de las visiones, en un crudo maniqueísmo, el poder atenta contra valores intrínsecos a la decencia intelectual y a la democracia. ¿Acaso la disidencia, la capacidad de duda, la independencia, el escepticismo y hasta la oposición abierta no son características ineludibles de espíritus libres? ¿No las ejerció el Presidente cuando era profesor? ¿No debiera promocionarlas ahora que pulverizó a la derecha, la academia dormita y muchos intelectuales de izquierda —de la escuela de la guerra fría— prefieren cerrar los ojos que hacer preguntas impertinentes? ¿Qué busca el Presidente? ¿Leyó La traición de los cleros de Julien Benda? Puestas así las cosas, el problema de los medios con Rafael Correa no es de precisión o de imprecisión en la información. Es del papel que juega la prensa. En el fondo, dos temas vitales están inmersos en este diferendo: ¿cómo quiere llevar a cabo el cambio el Presidente? ¿Sin interlocutores que procesen pensamiento por fuera de la lógica del poder? Y si ese no es el caso, ¿por qué le mortifican tanto los columnistas que no están adscritos a la amplia legión de corifeos? El segundo tema es ¿qué tipo de interlocutores quiere? Alberto Acosta, su amigo y ministro, cree en un nuevo tipo de ciudadanía. Madura, responsable, participativa… ¿Y esto no se expresa proponiendo, debatiendo, polemizando y controvirtiendo desde todos los espacios públicos; incluyendo, por supuesto, los medios de comunicación? ¿Y esas ideas —que pueden ser hasta imprecisas— se debaten satanizando, insultando y descalificando a quien las expresa? ¿Así trataron los medios al desconocido profesor que hace año y medio invitaban para que, prevalido solamente de sus valores, cuestionara y propusiera? ¿Quién habla de imprecisiones y mala memoria, Presidente? Lo que está en juego no es solamente la libertad de expresión. En la pelea del presidente Correa con la prensa, hay visiones y modelos en juego.

Y por lo visto son visiones y modelos que poco tienen que ver con la nueva ciudadanía; credo teórico y político de la mayoría de sus colaboradores hasta antes de ingresar al gobierno.

Ojalá el ejercicio del poder no los maree. Ni los haga olvidar lo que aceptaban cuando estaban en las aulas universitarias: que la prensa seria y el poder nunca compartirán el mismo andarivel.