REVISTA VANGUARDIA
Estas élites urbanas...
| Estas élites urbanas... |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 08 de mayo de 2007 | |
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Con el ceño fruncido y vocabulario sofisticado, ciertos intelectualoides saturan con rarezas a la pobre víctima que los oye. Una muestra de arte puede comportar experiencias vivificantes o vivencias extrañas. Todo depende de la compañía. En avidez estética y aparejada de pocos instrumentos intelectuales para la observación de las obras exhibidas en la Bienal Internacional de Cuenca, me dirigí sola, en actitud monástica, al Museo de Arte Moderno. Mi voto de silencio feneció antes de nacer. El hecho social era un hecho, pese a mis preferencias. Saludos iban y venían. Caras conocidas deambulaban, muchas de ellas con la carga inconfundible del intelectualoide; esto es, ceño fruncido, mirada penetrante tras los lentes, una casi sonrisa que involucra la ironía, pómulos relajados en contraposición a la frente que se mueve en vertical, a modo de bandoneón sordo. Y yo, tengo una calimita especial. Convoco el verbo de estos personajes tan propios del paisaje de ciertas élites urbanas. Es necio tratar de evitarlos. Me doblego a mi fatal destino. Por enésima vez, no me queda más que empeñarme en el estéril intento de aprehender algo de sus visiones plásticas. Me concentro en cada palabra de su metalenguaje. Debo poner cara de que comprendo lo que dicen, por que soy perenne depositaria de una verborrea indescifrable para interpretar lo que hay detrás de cada artista y de la significación y los significantes de cada obra, sobre todo de aquella conceptual. Mamacita santa, en qué trances repetidos me pone la vida. Mi interior anestesiado vio el primerísimo primer plano de las fauces que expelían categorizaciones monolíticas que retumbaban en mi vacío cerebral, ya anulado por la convicción de mi metaignorancia. Mi cabeza asentía y asentía en tanto las palabras de mis interlocutores formaron un sinuoso pentagrama coral. Los sonidos guturales colmaron el ambiente. Nada de lo que escuché coincidió con lo que percibía. Me coroné con las espinas de la inferioridad. Ante una pintura figurativa de bella factura y elocuente contenido, oí comentarios como: “En este caso no se puede hablar de pintura. Resulta obsoleto frente a las posibilidades expresivas del autor, que transforman el objeto contemplado por el observador, en un elemento de empatía entre el mundo interior del artista y el del espectador.” Y como réplica a lo dicho, otro entendido, agrega “La utilización de la luz, altera la concepción figurativa de los contenidos, para transmutarlos en un clásico ejemplo de la bipolaridad transfigurativa, sin sacrificar los aspectos elementales, que dan paso armónico a aquellos trascendentes, que se esconden sutiles tras una técnica llevada a la hipérbole” Y yo dije que sí, que coincidía con lo dicho, tanto por el uno como por el otro, que son percepciones que no se contraponen, sino que enriquecen. A quién, no sabía bien. Traté de escapar pero no encontré la salida. Los silencios de la contemplación duraron poco, sobre todo en los espacios dedicados a las instalaciones que tenían como denominador común la irrupción del arte en la urbe y en el imaginario del ser urbano. Cuando mi impericia se hallaba en el trance de intentar atrapar algo de la intención del artista, me veía embestida de otra ráfaga oratoria, que me hacía sentir aún más ínfima. “Se trata de una puesta en construcción. Su destino y evolución dependen de la intervención y propuesta de aquel que se sienta legítimo consumidor del arte interactivo”. Otro ser superior acotó: “Es un proyecto que llama a la reflexión sobre la deshumanización de las relaciones interpersonales, como efecto de la intrusión de la tecnología en el cotidiano, que comporta un nuevo imaginario virtual”. Mostré mi anuencia con un aire pensativo. En aras de mi salud mental, hice mis propias clasificaciones ataviadas de elementalidad volitiva. Me gusta o no me gusta, fue mi primera codificación. Me importa o no me importa, fue la segunda. Me provoca o no una sensación estética extra cotidiana, fue la tercera y definitiva. No podía perder mi brújula que señala el norte y el sur de la belleza y la simple lógica. Con fuerza me arrastraron las palabras inteligentes que anulaban de mi óptica trazos, formas, cromática, luz y contenidos. Me mareé y resté estólida ante los análisis de la metáfora del autor. Se volvió un vía crucis con mil estaciones de letanías asfixiantes A la postre, no sé si con toda esa paja mental de la que fui flanco, se pretendía tomarme el pelo o elevarme a la categoría de contraparte idónea de tan alta intelectualidad. El onanismo debiera ser algo privado, que no involucre a nadie más que al ejecutante. Si no fuera así, estaríamos frente a un caso de exhibicionismo. Desde niña sentí pavor por los exhibicionistas que aún hoy me persiguen indefensa, hasta en los templos más sagrados de las artes contemporáneas. ¡Qué terror! |








