REVISTA VANGUARDIA
Madre no hay sólo una
| Madre no hay sólo una |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 15 de mayo de 2007 | |
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Las opciones para homenajear a las progenitoras pululan. diferir los gastos es la solución. pero complacerlas es otra cosa. Un regalo adecuado para mamá podría ser un fino perfume. En medio del bombardeo de ofertas para halagarla en su día clásico, me pareció un presente obvio. Me lancé, en pos de la originalidad, a navegar en el mar de un mercado extravagante. Me enteré de que, por antonomasia, la madre contemporánea es joven, vital, con grandes deseos de aventura y sin fronteras. La clásica mamacita santa, reina del hogar sedentario, a quien se pretendía regalar artículos para que se bañara bien o para que cocine, yace neutralizada en nuestra memoria feminista. Busqué inspiración. Opté por el sondeo. Mi investigación se focalizó en el grupo más creativo: los chicos. Me encontré con perspectivas inesperadas y la cuestión era a quién 'mismo' había que regalar. Se avizoraba una ardua selección entre quienes, durante las distintas etapas del crecimiento, habían cumplido el papel de la madre. Si se comienza por el nursery, en los primeros meses de vida, para pasar a la guardería en la modalidad de 12 horas de cuidados con las tres comidas, a partir de los dos años, y se prosigue con la serie preescolar y el seminternado, sin lugar a discusiones, tenemos imágenes maternas, al lado de la de la tata, de la incondicional abuela y quién sabe cuáles otras gentes, quienes permitieron que la madre carnal cumpla sus deberes con el mundo y mantenga o colabore con la manutención de sus vástagos. Luego resultó que, con las familias disfuncionales tan comunes en nuestro entorno, la novia de papá entregaba los fines de semana a la paternidad responsable. Se me hizo notar que pueden llegar a ser varias las novias o las nuevas esposas de papá. Visto así, en el día de la madre, el intento de hacer justicia puede comportar una hecatombe económica. Una de mis investigadas sentenció: debiera existir una 'mamacard' a 12 meses sin intereses, que permita diferir los reconocimientos a todas nuestras nodrizas. El mercado en línea es un mundo sin límites mentales. Por ventaja, mi madre modelo es la que me tocó en suerte. Pero resulta que, septuagenaria, no está dentro de los cánones de la oferta y la demanda. No podía imaginar a mi amada progenitora en ascenso de los 6 000 escalones de la pirámide de Keops, como parte del misterioso tour al lejano Egipto. Tampoco la veía con mascarilla de oxígeno para soportar las 72 horas de vuelo de ida y vuelta para llegar a una cena en París. Si se hubiera previsto una pequeña parada en Lourdes, para que se tome el agua bendita a modo de elixir milagroso para sobrevivir al devastador viaje, habría constituido una opción más viable. Sola en un lujoso spa, sin una de sus amigas con quienes suele afilar la conversa, se sentiría como conejillo de indias, víctima de manipulación. Elegantísima en un club de desconocidos, le sobrevendría una crisis histérica. Un crucero entre gringos y, no en familia, tendría menos sentido. Participar en el sorteo de 100 000 dólares para construir una casa, le parecerá algo inoportuno. ¿Edificar casa? ¿Y a esa altura de la vida?, me repreguntaría. No, ni pensar. Me pondrá el boleto de la improbable rifa de sombrero. Un viaje a Disney World. No veo a mamá dando vueltas a 50 grados de temperatura, con las orejas de Mikey Mouse. Los descuentos en el sex shop tampoco venían al caso. Por un instante, vi el cortometraje protagonizado por mi mamacita, en que deambulaba petrificada, en un abotagado escenario de objetos de fantasía sexual. Un experimentado vendedor la adoctrinaba sobre el propósito de cada objeto. En la siguiente vuelta a los escaparates, la cámara hacía un lento plano italiano, que mostraba, desde atrás, su caminar desconcertado. El lente coronaba su nuca erizada y desperté. Junto con el imaginario vendedor voy a terminar en el infierno de los irreverentes, me dije. Puse la leyenda The End y continué en mi amoroso propósito. Descarté los chocolates, vista su dieta. Descarté una joya, al recordar que nos repartió ya hace tiempo, el contenido de su alhajero. Descarté los liposuccionadores y las fajas de yeso, al visualizar su armario lleno de adminículos inutilizados, con el supuesto fin de amoldar su figura. Descarté algún objeto para la casa. Descarté la cena en un delicioso restaurante, porque al menos seríamos 10 los comensales y explotaría mi tarjeta. ¿Qué hacer, qué comprar? No me resultó práctico zambullirme en la compraventa. Tarjeta… tarjeta, sí que es inspiración celestial. Lo único que me quedó fue llegar donde mamá, con una lánguida tarjeta, como aquellas que se hacían en la escuela, en que confesaba mi amor, mi gratitud y mi desorientación para regalarle algo que tenga sentido. Le propuse ir juntas de compras. Aceptó encantada. Está por verse si tomé o no una sabia decisión. |








