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Cuando el aula es sitio de acoso... PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 15 de mayo de 2007

El bullying es una forma de violencia sistemática entre alumnos. El país lo subestima.

 

El 24 de octubre de 1996, una estudiante del Colegio 9 de Octubre fue atacada por un grupo del Vicente Rocafuerte de Guayaquil. En Quito, a finales del 2005, chicos de secundaria abusaron de un muchacho del Colegio Americano, en un paseo de curso. Después de golpearlo brutalmente, lo abandonaron en el piso... El acoso escolar o bullying, como se lo conoce en inglés, es una experiencia sistemática, pero soterrada, en escuelas y colegios. No distingue estrato social, raza o género. Sin embargo, en el Ecuador no existen estudios o entidades que trabajen en la prevención o en la búsqueda de alternativas.

La Flacso dio un primer paso. La semana anterior se sirvió de un ciclo de cine y de una serie de conversatorios sobre el fenómeno del acoso escolar en las escuelas y colegios. Vanguardia convocó a los organizadores de la cita académica y a un experto en el tema para debatir sobre esta realidad.

LA EDUCACIÓN
Un sistema cómplice que no respeta la diversidad

En los centros educativos no se procesan adecuamente la diversidad y la tolerancia. En ese contexto, la violencia se manifiesta como una forma de interacción social, dice Paola Díaz, sicóloga y estudiante de maestría de la Flacso.

Para ella, uno de los detonantes del bullying es aceptar como cotidianos los hechos violentos que ocurren en el entorno. Entonces, una sociedad que reprime a sus propios jóvenes no puede procesar casos de acoso dentro de los sistemas educativos, donde impera la norma y no los consensos, dice el antropólogo José Urreste. Al no afrontar estos conflictos, dice la comunicadora Rosa Enríquez, el sistema educativo se vuelve cómplice de las agresiones entre chicos. Y pone un ejemplo: las autoridades del colegio donde ella estudió no hicieron nada cuando un alumno amenazó con un revólver a uno de los profesores. "A partir de ese hecho, el chico fue el más popular".

La atención que las escuelas y los colegios dan al bullying es mínima, según Marco Dávila, ex director de la Fundación Nuestros Jóvenes e impulsor de un programa de prevención en el Liceo Internacional. Y sus estudios muestran que de los 120 colegios de la Red de Consejos Estudiantiles, cinco desarrollan estrategias frente al caso. En su colegio, por ejemplo, se desarrolla, desde hace dos años, un programa que comienza en la sección preescolar.

Una de sus dinámicas impulsa el trabajo en autoestima y en alteridad entre estudiantes. Los alumnos escriben sus biografías y las intercambian entre sí para conocerse mejor. El Colegio Menor de la Universidad San Francisco de Quito también desarrolla ciclos de charlas entre estudiantes, padres y profesores. Sin embargo, para Urreste el panorama no es muy alentador, porque las instituciones educativas ejercen una débil influencia frente al peso de la violencia legitimada en la sociedad.

Un desafío en las escuelas, dice Rosa Enríquez, es canalizar la rebeldía de los adolescentes en actividades lúdicas. Paola Díaz crítica, además, las lógicas sociales según las cuales acceder a colegios extremadamente costosos supone seguridad. "Lo único que ocurre es que en el sistema educativo se están formando guetos". Y en ese esquema —dice la sicóloga— la educación no se piensa en razón de cada individuo sino en respuestas para la masa.

Marco Dávila aporta otra precisión: el acoso se visibiliza en la secundaria. "El sufrimiento está en su nivel más alto cuando los estudiantes tienen 13 ó 14 años". Pero en los últimos cursos el nivel de acoso baja. "En esa etapa empiezan algunos procesos de madurez y los intereses de los chicos se dirigen hacia otros ámbitos, como la expectativa de la graduación y las relaciones afectivas". ¿Por qué? La adolescencia es una etapa, dice Díaz, de construcción de identidades. Entonces, el chico agresor asume una lógica de diferenciación. No quiere ser como el norio, tampoco como el feo o el débil. Los ataca para afirmar su imagen. Es un círculo vicioso pues el abusador no quiere ser como su víctima pero la necesita para reconocerse a partir de sus actitudes violentas.

El abuso se puede manifestar de muchas formas, precisa el ex director de la Fundación Nuestros Jóvenes. El asalto físico, los apodos crueles (que suelen durar toda la vida), las murmuraciones sobre supuestas orientaciones sexuales, la 'ley del hielo', la exclusión de fiestas y reuniones sociales... El problema, incluso, se potencia desde la tecnología, mediante mensajes de texto por celular, chat o correo electrónico.

¿Pero cómo se distingue un joven acosado? Una de las primeras señales es el bajo rendimiento académico. Las notas comienzan a bajar y la autoestima se reduce dramáticamente. La respuesta casi automática es el deseo de salir del colegio. Marco Dávila ha comprobadoque el 90 por ciento de casos de deserción está relacionado con el bullying.

Otras formas de responder ante la situación pueden ser recluirse y mostrar violencia en el hogar. Muchas víctimas, incluso, pueden llegar hasta las agresiones físicas.