REVISTA VANGUARDIA
¿Sirve pensar con la izquierda en el poder?
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| José Hernández | |
| martes, 15 de mayo de 2007 | |
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Estar en medio del fuego cruzado no es señal de madurez ciudadana. Es la prueba de que quien no está alienado, lo está. Insidiosamente. Justamente es lo contrario: una prueba irrevocable de que quien no está alineado, lo está soterradamente, insidiosamente. Ante ese panorama, vuelve la pregunta de siempre. ¿Sirve pensar con la izquierda en el poder? Y si sirve, ¿por qué los que piensan son, en general, infinitamente menos penetrantes, menos incisivos y mucho más condescendientes con esos gobiernos que con los de derecha? ¿Acaso hay una misma forma de pensar que arroja resultados diferentes según el color que use el poder? El pensamiento va a florecer: eso se pensó cuando se vio al nuevo equipo de Gobierno, más joven, más académico, presentable bajo todas sus costuras. Pero este poder, compuesto de ciudadanos que aman la controversia, que la han ejercido en las aulas y en los medios, que han pasado parte de su vida debatiendo en foros y conferencias; ese poder volvió a la forma más simple de pensamiento: los sondeos y los votos. Son ellos los que dirimen quién tiene razón y quién se equivoca. Ya no hay diferencia entre legitimar la autoridad en democracia (eso lo hacen los votos) y darle, por ello, patente de corso a todos sus actos y decisiones. Los votos (y los sondeos) también sirven para arrastrar a funcionarios inferiores en público, enjuiciar a los disidentes y ventilar venganzas del pasado. Esos votos y esos sondeos también alcanzan para poner funcionarios cuestionados sin tener que dar explicaciones éticas. Basta decir que ochenta por ciento de ciudadanos está con el Gobierno. ¿En qué quedó, entonces, el oficio apasionante que practicaron los miembros del Gobierno en las universidades? ¿Acaso Albert Camus, cuyo ejemplo atraviesa toda la cultura de izquierda, sucumbió ante las masas que pedían a gritos, en Argelia, la muerte de un delincuente? ¿Acaso ese recuerdo brumoso, de un niño sacado de la cama por su padre para ver guillotinar en la madrugada a un hombre, no lo persiguió para siempre? ¿Acaso esos gritos viscerales que se detuvieron de un golpe, cuando cayó la cabeza, no marcaron sin remedio su sentido ético y la manera de percibirse como una conciencia libre? Nada tienen que ver los votos con el pensamiento. Ni los sondeos con la forma de zanjar los debates en democracia. Por eso extrañan los silencios de la academia y de los intelectuales que no comparten esta ecuación en la cual la razón ahora viene acompañada de porcentajes. Si la tesis de las masas es válida, Eloy Alfaro no hubiera sido arrastrado por aquellos a quienes sirvió. Los votos y los sondeos son volátiles. Y el capital político es para gastarlo. Por eso no se puede responder con porcentajes a los debates de fondo. Ni se pueden soslayar so pretexto de que quien ocupa la Presidencia es popular. Las izquierdas que, en privado, se hacen preguntas y no las formulan en público al nuevo poder, le hacen un flaco favor. Cumplen con sus pruritos, pero no hacen su tarea. Nadie, por ejemplo, ha preguntado al ministro Ricardo Patiño lo que él entiende por asambleístas leales. Eso suena a espíritu de cuerpo, a viserazo, a culto a la personalidad. Ni suena bien ni habla de una visión democrática. Y va en la actitud de querer hacer mayoría en la Asamblea. ¿Para qué? ¿Para convertir este rato en el cual el país anda embelesado con el Presidente en un hecho estructural que debe resistir durante décadas? ¿O cuántos años piensan que debe durar la próxima Constitución? La izquierda, la que llegó al poder, tiene (y eso hace parte de su cultura) un déficit democrático. Superarlo es parte de su modernización. Pero ahora hasta los sondeos la están haciendo pensar que se puede hacer una Constitución como si se tratara de un producto hemipléjico. Pero claro, pensar así también debe ser reaccionario. |









