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Mancuso es garganta profunda PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 22 de mayo de 2007

El presidente Uribe no descansa: ahora las revelaciones de Mancuso enredan a diputados y a la policía.

 

 Alvaro Uribe está incómodo. Hace las veces de bombero. Su mandato se ha vuelto una especie de penitencia por los escándalos. Y la procesión va por dentro. El presidente colombiano nuevamente recibe un jaque. De la oposición, de los medios de comunicación e indirectamente de la guerrilla. Los vínculos de los diputados gobiernistas con los paramilitares, las revelaciones del ex líder de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Salvatore Mancuso, y el espionaje telefónico de la Policía cerraron una semana caliente.

El más fiel aliado del gobierno de Washington en la región cosecha castigo de pecados, quizá no cometidos, pero endosados a él por su entorno. Y pese a todo, paradójicamente, continúa gozando de enorme popularidad y credibilidad. Uribe es el segundo presidente más popular en América del Sur. Lo sabe y se vale de eso para defender enérgicamente su gestión. Carlos Holguín Sardi, ministro de Interior y Justicia de Colombia, en una entrevista con la cadena inglesa BBC, sostuvo que los hechos revelados por Mancuso, así como los nexos de los legisladores no ocurrieron en la presente administración presidencial.

Además de que deben ser analizados y verificados. En estos puntos radica la contraofensiva uribista, no tanto dirigida al interior del país, sino en el ámbito internacional. Mensaje directo a la Unión Europea, al Congreso de Estados Unidos, que justamente ha manifestado su preocupación por los vínculos de la derecha con los paras, y a la oficina oval, en la Casa Blanca. “Fueron –dice Holguín– eventos que ocurrieron entre los años 1985 y 2002”.

Uribe está preocupado más por la repercusión que tenga el escándalo fuera del país. Holguín, en la referida entrevista, pidió a la comunidad internacional que no crea todo lo que dice un hombre como Mancuso que está “en una deplorable condición, para usar un término benévolo”. ¿Por qué Uribe está atento a la mirada foránea? Porque son precisamente la Unión Europea y el Congreso de EE.UU. los escenarios a los que el huésped de la Casa de Nariño acude con frecuencia para pedir apoyo para el Plan Colombia y sus políticas.

Hace dos semanas, la Embajada de EE.UU. en Colombia ya hacía notar que la situación era complicada. Mientras el diario The Miami Herald en su editorial dominical aseguraba que Colombia era el Paquistán de América Latina, en relación al conflicto armado que vive el país sudamericano y a los escándalos de la denominada parapolítica. Además de calificar que el aliado de Estados Unidos deja mucho que desear.

The Washington Post califica al espionaje telefónico como un nuevo problema para Uribe y de vergonzoso para un aliado de EE.UU. que ya ha recibido más de 4 000 millones de dólares en ayuda. Más preocupantes aún son las grietas en la relación con EE.UU., debidas a las preocupaciones en el Congreso sobre la dimensión del escándalo. Allí los demócratas han dicho en reiteradas ocasiones que no están dispuestos a apoyar el TLC con Colombia, aunque éste sea el mejor amigo de Washington.

Le darán prioridad a los de Panamá y Perú. Sí: el mismo Alan García, presidente peruano, otrora chico malo para los estadounidenses, es mejor visto que el mandatario colombiano. Álvaro Uribe toma el toro por los cuernos. Casa adentro, su estrategia es ser frentero (así se califica). Un hecho es cierto: la política de desmilitarización de los grupos paramilitares, de ultra derecha, ha permitido conocer los enredos de los políticos con los guerrilleros.

Sin duda, punto a su favor. Pero la revelación realizada por la revista Semana puso en cuestionamiento el llamado plan de paz. Este medio colombiano mostró conversaciones telefónicas de los líderes de la AUC, que desde la cárcel de Itaguí siguen ordenando crímenes y acciones a los miembros que aún no se han desmovilizado. Y él, frentero como es, se fue contra la prensa exigiendo que revele las fuentes de los informes de espionaje para transparentar –dice él– las acciones de su gobierno.

En cualquier país de Latinoamérica, posiblemente con esta sucesión de eventos, cada uno más grave que otro, el jefe de Estado de turno estaría en serios problemas. Su popularidad iría en picada y su capacidad de acción quedaría seriamente limitada. Sin embargo, no ha sido así con el presidente Uribe. Alfonso Cuellar, analista político colombiano, dice que después de cinco años de gobierno tiene una aceptación del 75%. “Los ataques contra él no sólo no pegan –por algo dicen que es igual a Ronald Reagan, a quien se conocía como el mandatario teflón– sino al contrario, le generan solidaridad”.

Hace pocas semanas, durante su visita a Estados Unidos, Uribe fue víctima de un desplante del ex vicepresidente estadounidense, Al Gore, quien se negó a asistir a un evento donde iba a estar el colombiano. Eso aumentó la popularidad de Uribe en su país. El presidente –dice Cuellar– parece aplicar a la colombiana una filosofía de Richard Nixon: no importa lo que opinan las élites de la capital sino el pueblo (en el caso de Nixon era Peoria, su pueblo natal, para Uribe son los ciudadanos que asisten a sus consejos comunales).

El problema para Álvaro Uribe es que evidentemente el apoyo de la opinión pública no significa necesariamente una mayor gobernabilidad. A saber, varios proyectos de leyes importantes, económicas y sociales, se encuentran empantanados en el Congreso, donde algunos de sus aliados políticos, entre ellos su primo Mario Uribe, ex presidente del Senado, están hoy en la cárcel. Irónicamente, su política de paz hoy lo tiene en duros aprietos.