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Presidente, devuelva el carro que echó a correr PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 22 de mayo de 2007

Una opinión, que Rafael Correa no admite, puede valer dos años de cárcel? ¿Es esa la pedagogía de cambio que prometió en las urnas?Image

El Presidente tiene buenos amigos. Algunos —funcionarios o civiles— han resuelto a su favor el conflicto con la prensa y, en especial, con La Hora. ¿Qué dicen? Que ese es un epifenómeno y que el problema de fondo está en la responsabilidad de los medios con el país. Según ellos, Rafael Correra no apunta a ser autoritario sino a propiciar una mutación en las redacciones del país.

Por partes. La responsabilidad de los medios con el país es enorme. Pero el lío con los medios no es irrelevante. Revela la forma como el Presidente raya la cancha, establece su relación como poder con la libre opinión y dice cómo piensa zanjar los eventuales desencuentros. Sus señales contradicen la tesis de sus amigos que sostienen que él busca forzar una pedagogía en los medios de comunicación. ¿Para qué? Para que sean responsables y comprometidos con la verdad y con el país. Y la contradicen porque la pedagogía del garrote (“la letra con sangre entra”) está tan en desuso como la figura jurídica que desempolvó contra Francisco Vivanco Riofrío.

No hay pedagogía posible en utilizar mecanismos de preeminencia en un país que por su poca institucionalidad siempre favorecerá al que más poder exhibe. En ese sentido, el Presidente no hace diferencia alguna entre el profesor Rafael Correa y el primer Magistrado Rafael Correa. Su mensaje, según su portavoz, es sentar un precedente para que los medios se ciñan a la verdad. ¿Realmente? ¿Y esa pedagogía se hace canjeando una opinión —acertada o equivocada— por dos años de cárcel? ¿Se hace con amenazas de poner cuantos juicios sean necesarios? Tampoco hay pedagogía posible generalizando.

Como si los medios y la historia de cada uno, fuesen equiparables. No lo son. Tampoco hay pedagogía posible si él judicializa una controversia. Un pedagogo, como se supone que por vocación y por función es el Presidente, con 80 por ciento de popularidad, con decenas de micrófonos que se le ofrecen a diario, con lista de entrevistas pedidas, con plazas repletas a su disposición, tiene opciones a granel para decir su verdad.

Con su actitud, Correa mata lo que más aprecia: la controversia. Y de paso, pone a circular una serie de señales equívocas y penosamente inquietantes. Porque si lo que él quiere es contribuir a transformar los medios de comunicación —papel que no es el suyo— la terapia no puede ser más incongruente. ¿Se puede, so pena de juicio, uniformizar versiones, percepciones, interpretaciones y opiniones en una sociedad compleja y mediatizada? ¿Puede el Gobierno pedir, con diccionario en mano, precisión cuando el propio Presidente pudiera ser motivo de juicio por las descalificaciones y opiniones hirientes que profiere? ¿Acaso puede probar, acogiéndose a sus generalizaciones, que la prensa (se entiende toda) es mediocre y corrupta? En medio de este juicio (que hubiera debido ser un gran debate), aparece la intención (si se le cree a la señora Chuji) de que los medios piensen en la responsabilidad que tienen con el país. Loable designio. Pero desafortunado en la forma y en el fondo. Porque no es el poder político el que debe tomar cuentas a los medios de comunicación.

Son los lectores, los televidentes y los oyentes. Además, hablar de la profesionalización de los medios en general es una ficción. Hay medios que la emprendieron desde hace décadas y otros que nunca lo intentarán. Esa tarea involucra esquemas empresariales, modelos periodísticos, políticas de información y de opinión, formación académica, cultura de los periodistas, especialización, valor agregado en los contenidos, interacción y entronque con la comunidad que se sirve, visión de país... La profesionalización es un proceso. Como el que se tiene que dar en la política, la educación, el servicio público...

Nadie escapa, entonces, a la necesidad de cambiar. En ese punto, se le agradece al Presidente su preocupación por la mutación que debe efectuar la prensa. Pero no es su tarea y debe saber que no se puede hacer en días y a punta de juicios. Su labor, en este caso, es devolver, como estadista, la máquina absurda que echó a andar.