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¿Al fin acepta Correa que hay otras lógicas? PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 29 de mayo de 2007

¿Entendió el Presidente, al cambiar su actitud con los medios, que es un suicidio político quedarse sin interlocutores en cualquier campo? Image

Un gesto responsable, tras meses de tiroteos verbales y acciones absurdas, merece ser destacado. Y ese gesto lo tuvo el régimen al comunicar, a través de Gustavo Larrea, ministro de Gobierno, que pone fin a su campaña contra la prensa. Y, se espera, contra La Hora cuyo juicio debiera ser retirado. Esto es saludable no porque el Presidente de la República haya decidido dejar en paz a los periodistas y a las empresas de prensa. Lo es —así se entiende— porque comprendió que esa política lo llevaba, irremediablemente, a exabruptos como el que cometió, durante su cadena radial, el sábado 19 de mayo. El costo y el desgaste, a la larga, no los iban a pagar los medios.

El régimen no dijo qué elementos tuvo en cuenta para llegar a esta decisión. Pero es sano que la tome ahora. Justo en el momento en que Hugo Chávez retira, en Venezuela, la frecuencia de transmisión al canal Radio Caracas Televisión (RCTV) y Evo Morales señala a algunos medios como sus principales opositores. De esa forma no se obtienen cambios democráticos sostenibles ni tampoco se construye ciudadanía.

¿Entendió el presidente Correa que es un suicidio político quedarse sin interlocutores políticos, sociales, profesionales, académicos... periodísticos? ¿Comprendió que una cosa es arrasar con una oposición arcaica y, en casos corrupta, y otra es retirar las posibilidades de interlocución a todos los actores del país que no cuenten, como él, con el 80 o más por ciento de popularidad? ¿Percibió que si quiere realmente cambiar al país tiene que apuntalarse en formas institucionales existentes, por frágiles que parezcan? ¿Descubrió que la contemporaneidad no se piensa ni se vive volviendo simple y unívoco lo que en realidad es heterogéneo y complejo? El vértigo contra la prensa (en el cual hubo algunas críticas válidas) dejó entrever formas de exclusión inquietantes. En esa lógica, nadie, en última instancia, goza de la representatividad y de la legitimidad necesarias para opinar sobre las políticas del Gobierno y sobre las actitudes del régimen. En esa visión el Primer Mandatario está solo, sin pares ni contradictores, ante un vacío institucional sin remedio. En ese ambiente no existen las condiciones ni la voluntad de engranar debates controversiales, cierto, pero constructivos sobre las transformaciones que necesita el país. Es ahí, ante ese reto, donde se debiera medir la decencia y el compromiso de los actores con el país y su futuro. Ahí y no en un debate estéril y bizantino sobre el papel de los medios, en el cual la señora Chuji se erigió en máxima sacerdotisa y en líder sindicalista de unos reporteros quejumbrosos, desamparados, al parecer, y muy mal pagados.

¿Es ese el vuelco que el presidente Correa se propone dar cuando declara concluido este asalto pugilístico contra los medios de comunicación? Si ese fuera el caso, se puede esperar que el régimen declare también concluida su obra de demolición e inicie —sin otra diversión para las galerías que lo aplauden— la reconstrucción. Esta no demanda discursos hiperbólicos ni homilías moralizantes. Necesita líneas de reflexión, debates profundos y una actitud política que, en vez de odios y marginaciones, propicie acuerdos.

¿Es esa la nueva línea del Gobierno? ¿Se podrá al fin debatir sobre los cambios profundos que el presidente Correa propondrá en la Asamblea? ¿Se podrá al fin saber lo que piensa hacer, cómo lo hará y cuándo para combatir realmente la corrupción que prevalece en sectores privados y organismos del Estado? ¿Habrá tomado conciencia el Presidente de que, en vez de triunfos pírricos y narcisos, el sí tiene la posibilidad real de resolver algunos de los problemas que otras generaciones sólo han diagnosticado? ¿La nueva actitud con la prensa implica que él ha admitido que la democracia que persigue su generación es más rica, más creativa y versátil que la división prehistórica, cicatera y maniquea entre buenos y malos? ¿La decisión anunciada por Gustavo Larrea cierra un capítulo? Es tanta su suerte, que el Presidente puede incluso sorprender al país.