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Osvaldo Hurtado analiza las costumbres de los ecuatorianos en su reciente libro. Y los reta. Sus críticos son legión.
El ex presidente Osvaldo Hurtado ya no quiere votos. En su reciente ensayo abre fuegos contra instituciones, como la Iglesia, y arregla cuentas con la memoria nacional. Por eso su libro, en el cual él quiere explicar las causas de los males nacionales, es una pieza polémica. Ésta llega diez años después de que Jorge Enrique Adoum hiciera, desde otro andarivel, un ejercicio parecido. Hurtado sigue las huellas culturales que, a su parecer y al de sus fuentes, han frenado el desarrollo del país. Vanguardia leyó el libro y pidió a cuatro intelectuales de Quito, Guayaquil y Cuenca que hicieran lo mismo. Ahora pone sobre el tapete las piezas de un debate que todos reconocen como fundamental para el país.
¿Su libro lo inscribe en la visión de un historiador o en la de un ideólogo? Yo diría más bien en la perspectiva de la sociología, en el sentido de tratar de entender por qué el país es así, por qué ha tenido limitaciones para su progreso y por qué no le sacamos todas las oportunidades que podríamos obtener cuando hemos tenido circunstancias extremadamente favorables, como por ejemplo, las de los últimos cinco años.
Muchos otros y yo lo hemos explicado a través de las instituciones políticas y de otra naturaleza o a través de las injustas relaciones internacionales, que estuvieron de moda en los años 60, con la teoría de independencia, y antes con la del imperialismo o la mala fortuna.
Pero desde hace tiempos he venido pensando en que la explicación estaba en otra parte. En el campo de la cultura entendida como conductas, primero de los quiteños en la Real Audiencia de Quito y, luego, de los ecuatorianos en la República. Conductas que no eran compatibles con las necesidades, del progreso económico y del desarrollo. Ha privilegiado, entonces, lecturas desde la historia y desde la sicología. Desde la historia económica.
Pero se pudiera decir que prioriza la visión conductivista y no forzosamente histórica. Y cuando sí lo es, viene filtrada por miradas foráneas. Señalo en la introducción que no pretendo atribuir a esta causa todos los problemas del país sino añadirla a otras que se han analizado en extenso. Digo que este es un campo que probablemente pesa, y creo demostrarlo a lo largo del libro, en el atraso del Ecuador.
De ninguna manera planteo que con un cambio cultural exclusivamente se resolverán todos los problemas. Pero es un elemento que hay que tener en cuenta porque de lo contrario no se explica, por ejemplo, por qué en la Costa funcionan las empresas públicas peor que en la Sierra y por qué funcionan excelentemente en Azuay y no funcionan bien en Quito. Son las mismas instituciones, las mismas leyes, es el mismo país, son las mismas condiciones económicas, las mismas relaciones internacionales y tenemos resultados distintos. Pero usted no analiza procesos. Por ejemplo, Guayaquil no funciona y de pronto, a comienzos del siglo XIX, es una ciudad que cambia. No se entiende por qué lo que andaba mal media página después funciona... Esto es apenas una primera aproximación al tema. Pero sí señalo que en el caso de Guayaquil, es definitiva su relación con el exterior. La exportación de cacao cambia a Guayaquil. Eso comienza a inicios del siglo XVIII y tiene un auge de casi más de cien años durante todo el siglo XIX. Se suma el hecho de ser un puerto porque, a diferencia de la teoría del imperialismo que planteó estos contactos como negativos, demuestro que han sido beneficiosos.
Y que más bien una de las razones del atraso del país es la falta de relaciones con el mundo exterior.
Usted pone como ejemplo a judíos, árabes, otavaleños... Pero se tiene la impresión de que no encontró las claves culturales de por qué no funciona el país. Bueno, señalo el año 1950 como uno de ruptura entre esa sociedad estática que existió en el país, desde el siglo XVI, y una sociedad que comienza a cambiar muy rápidamente, como consecuencia del crecimiento económico producido por el banano primero y por el petróleo después. Esto transforma el Ecuador y lo convierte —no a todo el país, no a todos los sectores— en un Ecuador más dinámico, más laborioso, más integrado al mundo. Esos progresos sin duda han sido importantísimos para el desarrollo nacional. Usted limita la explicación cultural al tema de la producción. ¿Ese es su prisma? No es que yo quiera que así sea. No parto de un supuesto ideológico sino que esas son las evidencias que arroja la investigación. En el caso de Guayaquil con el cacao. En el de Quito con el petróleo; en el de Cuenca con las exportaciones de cascarilla y sombreros de paja.
Pero usted lamenta que, en 1860, un cuarto del espacio físico de Quito esté ocupado por conventos e iglesias. Juzga basado en un presupuesto ideológico. A la luz del papel negativo que cumplió la Iglesia católica a través de los valores que transmitió, porque en el caso de Guayaquil, señalo, como un elemento de su progreso, el hecho de que la Iglesia católica hubiera tenido un papel menos relevante y, como consecuencia, antes que estar edificando templos, lo que hicieron los guayaquileños fue poner sus negocios. Esos templos, conventos y rituales fueron, entonces, un obstáculo para el progreso del país.
Pero aun en ese caso, usted juzga. Es la mirada de un ideólogo. Es la visión sociológica del desarrollo del país, vista con los ojos de hoy.
Digámoslo de otra forma: usted no interpreta los fenómenos como fueron sino como a su parecer debieron haber sido. No, porque por diferentes caminos son las mismas explicaciones, que se encuentran con ojos del siglo XX, del siglo XXI, en el desarrollo de los Estados Unidos, antes en el inglés o, más tarde, en el desarrollo japonés y de algunos países asiáticos o europeos.
¿La suya es una visión eurocentrista? Puede decirse eso. Pero el hecho es que todos los viajeros extranjeros coinciden en sus observaciones. Son personas que vienen de diferentes países, de distintas sociedades y en diferentes épocas. Me parece a mí razonable, entonces, confiar en la veracidad de sus juicios.
La idea de desarrollo en su libro es lineal. Usted no concibe modelos paralelos. El libro de ninguna manera sugiere un modelo arquetípico. Lo que sí sugiere es que el desarrollo de una sociedad está determinado por la manera cómo trabaja la gente. Y esa forma de trabajo puede ser válida para cualquier tipo de modelo económico.
Sin embargo, usted sí lamenta la ausencia de valores calvinistas. No es porque simpatice con las religiones evangélicas. Es el registro sociológico de los efectos que produjeron las prédicas católicas y las protestantes. Y señaló un hecho evidente: en la medida en que las fiestas religiosas católicas fomentan el alcoholismo, son un elemento de atraso y en la medida en que la religión protestante elimina el alcoholismo, es un elemento de progreso. Ahí no existen posiciones ideológicas ni adscripciones religiosas. Es el análisis frío de hechos.
Se dirá que en su libro hay una visión moralizante. Los valores que se analizan son aquellos que tienen efecto en la economía. Claro, hay valores favorables para el mejoramiento de vida de las familias y valores que son contrarios.
El progreso del Ecuador de estos últimos 50 años —para hablar en general porque ha habido subidas y bajadas— no sólo se debe al banano y al petróleo. Se debe a que los ecuatorianos cambiaron. Señalo el caso de empresas líderes que podrían competir en cualquier parte porque se manejan con valores, organización y sistemas.
Su libro narra un cúmulo de defectos de los ecuatorianos. ¿Usted los descubrió en los textos o encontró el contexto de lo que venía pensando? Cito expresiones escritas, por viajeros extranjeros o por sociólogos ecuatorianos y funcionarios de la colonia. Son expresiones de ellos, no mías. Pero si no hubieran sido así, ¿por qué no progresó el país durante más de 300 años?
¿Los ecuatorianos han sido incompetentes, indolentes, improductivos...? No digo que sigan siendo así. En el último capítulo señalo que hoy los ecuatorianos son laboriosos. ¿Qué rescata desde la colonia? No rescataría casi nada. Pero a partir de 1950 hay mucho que valorar y ponderar en el desarrollo del Ecuador.
Se puede augurar un debate feroz alrededor de su libro. Ojalá. Todo lo que está ahí escrito es discutible y más sobre un tema del cual existen muy pocos estudios. Se ha reflexionado, es verdad, pero estudios de carácter empírico prácticamente no hay. Estoy preparado para las críticas duras. Pero lo que más me frustraría sería que no se discuta, porque éste es un tema fundamental para el país. |