REVISTA VANGUARDIA
El bello durmiente
| El bello durmiente |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 12 de junio de 2007 | |
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Tras dos décadas en coma, un polaco despierta. ¿qué dirá del mundo actual? sin comunismo, con un nuevo papa, internet... L a noticia de que un ex empleado de los ferrocarriles polacos se despertara de su estado de coma, después de 19 años, en un mundo al que no reconoce me alteró el sistema nervioso parasimpático. Y no fue nada simpática la taquicardia que me produjo el ponerme en los zapatos de este individuo. Abrir los ojos y encontrarse con el rostro una cariñosa anciana que cuidaba de él, sin duda debió ser reconfortante. Pero no quiero saber qué sintió cuando, después de un par de frases afectuosas, empezó a comprender que esa viejita era alguien muy cercano y que su rostro le recordaba a alguien. ¿Intuiría que se había perdido de algo? Asimilar que esa mujer canosa es la misma con la que durmió hasta su última noche consciente debió haber sido una experiencia terrorífica. Al mirarse al espejo, seguro, arriesgó la salud mental. Qué cosas se podrán sentir después de haber dormido todo ese tiempo. A mí, se me fue al diablo mi ansiada cura del sueño para la cual empecé a ahorrar. Quiero estar bien despierta por todo lo que me reste de vida. Al agradecer por su milagrosa recuperación, sin duda habrá venido a su mente Juan Pablo II. Enterarse de que el Papa polaco está muerto y sepultado, habrá corroborado su intuición de haberse perdido de algo. ¿Cómo habrá sido para este pobre señor descubrir, para remate, que el actual Pontífice es un alemán? Evoqué la época cuando este señor, empleado de la burocracia comunista, se durmió. Se silenció, tras de la Cortina de Hierro, en el mundo radicalizado de los fines de la década de los ochenta, meses antes de la caída del muro de Berlín. No podrá concebir que él sea noticia en la televisión y que tenga televisión en su casa. Que aparece de tanto en tanto su imagen sexagenaria entre programas que exhiben señoritas en paños menores. La realidad que le muestra ese aparato, desde su punto de vista, será la de una película de ciencia ficción. Para él es, ya, el futuro fantástico. La publicidad le ofrece refrigeradores que expelen cubos de hielo al apretar un botón, computadores personales que, desde la cama, son capaces de conectarse con otros ordenadores en cualquier parte del planeta y sin censuras; condones de látex, de fabricación china, para gozar de un sexo seguro; fabulosos viajes a islas exóticas, en un Jumbo para trescientos pasajeros y en cuatro horas de vuelo; autos del año ensamblados en Japón, EE.UU. o Corea; moda femenina y masculina de las pasarelas francesas e italianas, cuyas gigantescas modelos exhiben transparencias detrás de unos maquillajes propios de las máscaras de carnaval, y ellos llevan extraños indumentos de clara tendencia femenina. En quienes aparecen en pantalla, no sabrá con seguridad su sexo: mujeres rapadas, hombres de largas cabelleras, con aretes y rubor en los labios, chicos que se comportan como señoras y, todos ellos, promocionando los placeres del edén al alcance de la mano de quien tenga una tarjeta plástica que paga, por arte de magia, todo eso y más. Lo imaginé estupefacto, boquiabierto, frente a las vertiginosas imágenes, y que se le acaba de caer la mandíbula cuando su abnegada consorte le pregunta: Mi amor ¿qué se te antoja comer? Ante lo cual expresa, eso sí, en un muy buen polaco: ¡Qué bestia! Hasta se ha podido escoger el menú. Entonces, corroboraría que, en efecto, sí se perdió de algo, cuando se hallaba acurrucado en ese largo regazo de Morfeo. También reproduje, hipotéticamente, su voluntad de reincorporarse a su trabajo de siempre. Al llegar a la estación de trenes, pensará que por equivocación llegó a una terminal aérea. Se dará media vuelta y se irá por donde vino, sin pena ni dolor, al dejar a sus espaldas máquinas coloridas que no hacen ruido ni humo y que, con total irresponsabilidad, llevan a los pasajeros a trescientos kilómetros por hora. Pensará para sus adentros que esas cosas ya no son ferrocarriles. Con el pasar de los días comenzará a sopesar los pros y los contras de tan largo sueño. Sí, a la postre, envejecieron juntos pero no revueltos. No tuvo que soportar los cambios hormonales de la menopausia de su mujer. Maduró la relación sin que él haya hecho mucho esfuerzo. Por fin se quitará la curiosidad de cómo sabe una hamburguesa acompañada de una Coca Cola sin traicionar ninguna ideología. Se ahorró todos los temores de la estrepitosa caída del muro de Berlín y será uno de los pocos que estará con la conciencia tranquila por no haber participado del revés de la revolución. Será sólo un involuntario legítimo consumidor de los beneficios de Occidente. Tengo para él una pregunta, de la cual no tengo, ni siquiera, su hipotética respuesta. Al hacer conciencia de que despertó en los últimos días que le quedan al mundo, ¿preferirá haber dormido para siempre? |








