REVISTA VANGUARDIA
El drama de la cibercornuda
| El drama de la cibercornuda |
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| Martha Ormaza | |
| martes, 19 de junio de 2007 | |
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La traición virtual, aunque duele, tiene sus bálsamos. la rival se queda en la pantalla y no hay riesgo de hijos fuera de la familia. H ay una vivencia nueva para nuestra especie: los celos virtuales. Nuestros cromosomas no están preparados para reaccionar ante la infidelidad en el ciberespacio. Conozco un caso bastante de cerca. Una queridísima amiga extranjera vive desde hace algunos años en el país, gracias a un romance virtual con un ecuatoriano. Después de un profundo enamoramiento a fuerza de golpear el teclado, él viajó hasta ella y se encontraron. Sucedió el milagro del amor redoblado. Continuó el idilio a distancia, hasta que ella tomó la corajosa decisión de dejarlo todo y sustituir el amor on line por una relación a la antigua. Todo marchó divinamente en la convivencia, hasta que la nube negra de la infidelidad se posó sobre su lecho. La laptop del aludido lo dejó en entredicho. Cinco relaciones simultáneas llenaban las fantasías sexuales del caballero en mención. Con el mismo instrumento tecnológico con que conquistó el corazón de mi amiga, tiene sazonadas las vísceras de cinco jovenzuelas. Mi amiga estuvo muy herida y desarmada. Me aseguró que lo que le resultaba más desconcertante era la asepsia de las traiciones de su consorte. No hay contactos, no hay olores ni texturas, me aseguraba, al tiempo que se autodenominaba Cibercornuda. Continuó: no sabes cómo reaccionar ante la flagrancia de la traición. Ni siquiera puedes tirar de las greñas y arrastrar por el piso la despiadada beldad de las cobardes antagonistas escudadas tras el frío monitor Imaginé la escena. Me llevó de modo natural a mis típicas elucubraciones. La humanidad, hasta hace algunos días, tenía pocas salidas ante los celos. Tragárselos de un solo bocado y simular que no se ha enterado de nada o dar rienda suelta al instinto y a sus consecuencias. Los celos son como una manada de bestias desbocadas Nos tornamos en animales erizados, dispuestos a combatir a sangre con nuestro rival de carnes y huesos deseables, hasta recobrar a nuestra pareja, a la par que el sentido de nuestra existencia. Esta experiencia interior es de una vitalidad tal, que se revela en nuestro torrente sanguíneo a miles de kilómetros por segundo. Nos invaden la taquicardia, los temblores, los humores vítreos se agolpan en la cabeza hasta dejarnos ciegos, sordos, mudos y sin un solo pensamiento. Todo esto, claro, hemos experimentado frente a la amenazante presencia física de la rival. Qué cosa puedo aconsejar a mi amiga, me preguntaba, cuando ella siguió con su relato: enfrentamos la situación. Él, como todo infiel, me juró y re juró arrepentimiento y que cancelaría para siempre su maña. Le duró poco. En la reincidencia, confesó que lo suyo es un vicio muy difícil de combatir. Con retorcido humor, las compinches de la víctima hemos tratado de mostrarle el lado bueno de la cibertraición. No deja de ser una fantasía. No comporta el peligro de los hijos fuera de matrimonio. No hay enfermedades de transmisión sexual. La piel de la lujuria nunca será más suave que la de la legítima. Las otras, pudieran esconder a la webcam, la perfecta depilación de los pelos propios del orangután. Los implantes, las prótesis, las decoloraciones. La desproporción de las canillas cortas y aliento de la anorexia. La vulgaridad con que pronuncian la ye en vez de la doble ele. El perfume barato y la provocativa ropa interior made in China que combina con sus ideas. Las amantes tampoco sabrán cómo es él después de que apaga el ordenador. No sabrán que su galán ronca como un tractor y que sufre de convulsiones mientras cae en el sueño. Tampoco se enterarán de que tiene que dejar los zapatos fuera de la recámara. Que habla mientras duerme. Que tiene paranoia de la disfunción eréctil. Que ya padece de calvicie. Que hay que escoger su ropa para evitar que se evidencie su daltonismo adquirido a base de constancia en el mal gusto. Que tiene unas pantuflas de Mikey Mouse que datan de su adolescencia. Que es capaz de desayunar un encebollado. Que mancha la corbata a diario. Que tras mirarse al espejo hace algunos infructuosos abdominales. Que cuando es pillado en su doble vida, es un niño asustado que gimotea entre sus culpas. Que usa la técnica No 0.25 de la provocación de la lástima infinita del arrepentido, que implora, tras la puerta, el perdón y declara su amor sin límites. Y que, después de ocho días, su desvaída historia se repite. Ante esta novel forma de aséptica traición todos resultamos inexpertos. Sin embargo, chateamos con la doliente Cibercornuda, para hacerle llegar nuestra ciber solidaridad, nuestro prieto humor virtual. Concluimos que, en línea, los cachos son de mentira y que la amistad es de verdad. Y que, de todos modos, es preferible hallarse en el tálamo marital, con un rígida laptop, que con un voluptuoso animal. |








