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José Hernández   
martes, 19 de junio de 2007

El triunfo de Correa puso fuera de lugar a Jaime Nebot. Y ahí sigue. La paradoja: el Alcalde más popular perdió la iniciativa política...Image

 

Nebot no tiene estrategia: esta percepción (porque la política también está hecha de percepciones) es vieja. Pero la llegada de Rafael Correa a Carondelet y sus continuos ataques y desaires al Alcalde de Guayaquil han convertido esa impresión en un hecho político. Quizá el más importante para la tendencia de la derecha en los últimos meses.

En realidad, la desaparición política de León Febres Cordero explica, en buena medida, los problemas de Jaime Nebot. El ex Presidente era un pararrayos. Su liderazgo declinante y su revisionismo ideológico (porque llegó a quemar lo que había adorado) convirtieron a Nebot en la alternativa de una derecha que mira con nostalgia lo que pudo ser el liberalismo en el país.

Febres Cordero se ocupaba del partido socialcristiano (cada vez más cuestionado y desprestigiado), mientras Nebot, despechado de la política nacional, tomaba distancia y apostaba todo su capital político a la Alcaldía.

Entonces tenía una estrategia. Él creía que frente a la vacuidad del discurso político (en el cual se movió cuando estuvo en el Congreso) tenía que mostrar resultados. Y en ello se empeñó en la Alcaldía. Él creía que frente a un Estado centralizado, descuartizado e ineficiente, la Alcaldía debía ser un laboratorio para demostrar que las cosas pueden funcionar cuando hay decisión política. Él creía que la experiencia municipal exitosa era la mejor forma de reconstituir los liderazgos y convertirse políticamente en punto de mira nacional. De ahí la competencia, amigable y provechosa, que inició con Paco Moncayo, Fernando Cordero, José Bolívar Castillo… El fracaso de los gobiernos de turno, la reiteración de la crisis política, el desgaste de su propio partido, anclaron la impresión, entre los amigos de Nebot, de que su estrategia era la adecuada. Le permitía tener una popularidad casi inverosímil en su ciudad, criticar prácticas corruptas que se daban hasta en su propio partido, tomar públicamente distancia con Febres Cordero, virar conceptualmente hacia visiones más inclusivas y liderar, desde Guayaquil, procesos políticos que lo seguían diferenciando. El de la autonomía al andar, por ejemplo.

La crisis nacional, agudizada por las caídas presidenciales, lejos de sintonizar el país con Nebot, lo mostró como un líder refugiado en Guayaquil y preocupado únicamente por problemas locales.

Se habló, entonces, con despecho en algunos círculos, del líder cantonal. En esas circunstancias, el retiro de Febres Cordero más pareció un castigo que una entrega del testigo. Nebot se encontró con un partido que ya no se parece a lo que él es y piensa y con concepciones (es la hora de movimientos ciudadanos) que, en su caso, no tienen, no aún, materialidad política alguna.

Rafael Correa agravó, en forma irremediable, su problema. Desmontó, sólo en parte por ahora, el aparato mafioso que se había estructurado desde la política. Se erigió en líder nacional; fenómeno que parecía imposible en la última década.

Nacionalizó dinámicas que se habían fragmentado. Devolvió el país a visiones nacionales, a través de la Asamblea Constituyente. Algunos de los resultados de esos puntos están por verse. Pero lo cierto es que la aparición de Correa dejó a Jaime Nebot fuera de lugar. Y ahí sigue.

Él puede decir —y lo ha dicho— que su misión es ocuparse de su ciudad. En política, las cosas no son tan fáciles. El vacío de oposición que hay (por mérito de Gutiérrez, Noboa y demás socialcristianos) llevó de nuevo el agua al molino de Nebot.

Y de nuevo lo encontró sin estrategia ganadora. Y a la defensiva ante un Presidente que tiene tiempo para ocuparse incluso de los vehículos que pasan por un puente de su ciudad. Nebot sabe lo que no quiere. Y lo defiende aun a costa de perder adictos que hasta en círculos quiteños han esperado que asuma un liderazgo nacional. Pero su problema ya no es sólo aquel.

Correa lo ha puesto a defenderse mientras Alianza País se prepara para asaltar dos fortalezas socialcristianas: la prefectura del Guayas y la Alcaldía de Guayaquil. Si en política hay paradojas, Nebot genera algunas de talla.