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Pecado al volante PDF Imprimir E-Mail
Martha Ormaza   
martes, 26 de junio de 2007

El vaticano ya tiene su decálogo para automovilistas. Es un rosario de ideas. ¿los cinturones de seguridad serán de castidad? 

 

M e he encontrado con otra noticia internacional que me ha dejado entre estupefacta y pensativa. Su encabezado dice: “Vaticano difunde Diez Mandamientos para buenos automovilistas”. Sólo con el título, de modo automático llegaron a mí varias cuestiones. ¿Será ésta una norma de tránsito aplicable a todos los países donde predomina el catolicismo? ¿Cuál será el futuro del conductor laico? ¿Se trata de normar el automovilismo profesional o de regular el comportamiento del común chofer con licencia sportman? ¿Intenta la Iglesia incluir en las filas de la salvación a buseros y taxistas? Visto que ya hizo público el Papado su intención de incursionar, como Estado, en los campeonatos deportivos internacionales con el aspaventoso lanzamiento de la Clericus Cup, que aspira, con las bendiciones divinas, a ganar el próximo Mundial de Fútbol, ¿pretende también entrar a los pits de la Fórmula Uno? Esta cuestión es la que me ha puesto a tejer más fino. Si Schumacher, de nacionalidad alemana, al igual que el Papa Ratzinger, no aceptó ningún lugar en la directiva de la Ferrari, después del retiro de su extraordinaria carrera terrenal, ¿a qué posición más elevada puede apuntar? Dejo, a los menos mal intencionados que yo, la respuesta.

Tuvo tanta importancia para la Iglesia Romana el asunto del hombre al volante que… “se tomó un descanso de cuestiones estrictamente teológicas para difundir… un compendio de lo que debe y no debe hacerse en aspectos morales al conducir un vehículo". Fueron 36 páginas en las cuales se apeló a las tendencias nobles del espíritu humano, exhortando a la responsabilidad y al autocontrol". Los autos tienden a sacar el lado primitivo de los seres humanos, produciendo por ello resultados bastante desagradables”.

A medida que avanzaba en la noticia, las analogías vinieron. En el Quinto Mandamiento del documento se lee: "Los autos no deberán ser para ti una expresión de poder y dominación, ni una ocasión de pecado". Vi el estereotipo de las dignas damas muy creyentes que, cuando conducen una monumental máquina tipo Jeep, sea V8 o V6 de más de 3 500 centímetros cúbicos, aunque para ir a misa, se vuelven, tras sus imprescindibles gafas, la prepotencia hecha carne. Con la santa conciencia de que no pueden pasar inobservadas, arriesgan el infierno de la exhibición.

Y continúa la nota: “Consultado en una conferencia de prensa cuándo un auto se convierte en ocasión de pecado, el cardenal Renato Martino respondió: Cuando un auto es usado como lugar para el pecado". Entonces, vinieron naturales otras preguntitas. Con la prohibición del uso de los automóviles que, de modo oficial, resultan lugares perversos, ¿mejorará el negocio de los moteles suburbanos, tradicionales espacios para el ejercicio clandestino de los pecados sexuales? ¿Propondrá la curia un nuevo modelo de auto que traiga, en lugar de los cinturones de seguridad, cinturones de castidad? ¿Se tornará más cristiano conducir un Audi, un Volkswagen, un Porsche o un Mercedes teutona, antes que cualquier otra marca japonesa o norteamericana de más de 2 000 cm3, aún con los mismos caballos? Parecería que el pecado tiene relación con los cilindros y con el tamaño, mas no, con la potencia. Las máquinas serían así, inversamente proporcionales a la condición humana, me dije en extravíos genitales.

¿Qué pesa más, entonces, la apariencia externa o la potencia oculta? Los norteamericanos, a quienes no caracteriza el disimulo, tendrán que revisar las tendencias de su industria automotriz. Dejarán de mandarse esos carrazos de dudosa prestación; repito, inversamente proporcionales a la condición humana. Quién sabe si lo más conveniente para el nuevo mercado pío, será hacer unas réplicas baratas del Papamóvil en colores: Blanco papal, rojo cardenal, violeta arzobispal y negro capellán. Obviamente, vendrán bendecidos de fábrica.

No pude evitar más desvaríos nada sacros. Las divinas licencias otorgadas por la Santa Sede incluirán indulgencias. Las fotografías de los conductores piadosos se revelarán con aureolas. Los modestos automóviles católicos vendrán con rosarios incorporados al volante, ya que la nueva regla vaticana insta a rezar mientras se conduce. Se abrirá todo un nuevo mercado de accesorios monásticos. Los alerones tendrán forma de alas angélicas; los tapacubos serán grandes hostias; la palanca de cambios un copón, la guantera a manera de tabernáculo y al velocímetro le sonarán las campanas cuando sobrepase los 60 Kilómetros por hora. Bueno, ya me dejo tanta desacralizante sandez, que ando retrasada. Tomaré mi hereje carcacha que, a toda máquina, me hará llegar puntual a una cita bastante infernal.