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Madre todas las batallas o de todos los bloqueos PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 26 de junio de 2007

Ya hay antídotos contra las supuestas bondades de la Asamblea. Y estos muestran que la realidad nacional es más terca que los deseos. Image

¿Será la Asamblea la madre de todas las batallas? Al ritmo que van las cosas más bien pudiera ser la madre del bloqueo sin retorno. Porque vamos a ver. En principio la Asamblea es la oportunidad —así se vendió— para que el país establezca nuevas reglas de juego.

Y quien oye aquello ve en el horizonte aperturas democráticas. Gobernabilidad. Separación real de poderes. Organismos independientes de control. Un Estado descentralizado o autonómico, eficiente y al fin decidido a jugar su rol regulador en un mercado desquiciado.

Quien oye aquello piensa en una Asamblea que zanja las diferencias que han conducido a este golpe de Estado permanente y a esta guerra política tan impopular como fútil. Piensa en una Asamblea que no es una boya más; es la salida. Así apareció y así la vendió el presidente Correa.

Y así la compraron los electores castigados por una década políticamente perdida. Por años de disensos. Por la desaparición de mediadores y la prolongación del bloqueo. La Asamblea no es —así se dijo— un mecanismo más para llegar a lo mismo. Es el último reducto al cual vuelve el país tras una veintena de intentos.

Pues no. La Asamblea ya no es eso. Porque sin haber nacido, sin que se sepa quiénes serán elegidos, sin que se conozcan las tesis que se debatirán, algunos ya le encontraron antídotos. Jaime Nebot no hace otra cosa cuando afirma que Guayas hará plebiscitos para decir lo que quiere. Y otras ciudades o provincias harán lo mismo.

Es lo que anuncia el Alcalde de Guayaquil. Lo mismo pudiera hacer el Gobierno —le dijo un alto funcionario a esta revista— si algunas de sus tesis se quedaran en el camino... Es decir, habrá inflación de plebiscitos con pedidos legítimos frente a asambleístas que defenderán —eso se supone— las tesis, igualmente legítimas, por las cuales fueron elegidos. En el mejor de los mundos —es decir en la mente de los precursores de ese doble estándar electoral y político— no habrá problema: se medirán dos modelos. Por supuesto uno bueno y otro malo. Así, como en las viejas películas de vaqueros donde tomar partido es un juego para niños.

¿Qué pasará, entonces, si esos pedidos (legítimos obviamente), populares (en cualquier caso), vinculantes (uno jurídicamente y otros moralmente), resultan contradictorios; mejor aun antagónicos? ¿O acaso Santa Elena no pudiera organizar un plebiscito para desprenderse de Guayas y la provincia uno para permanecer unida? ¿Y qué pasa si, por ejemplo, el Gobierno impone en la Asamblea (por mayoría democrática) su tesis de dividir al país ya no por provincias sino en regiones? ¿Cómo prevalecen las tres tesis? Claro, no hay respuesta. Y no la hay porque lo que se está diciendo es que la Asamblea no va a resolver lo que todo el mundo está esperando. Y que con Asamblea o sin ella, algunos actores políticos no respetarán lo que diga la mayoría del país en las urnas. Es decir, que el recurso al soberano, como dicen algunos actores políticos cuando les sobra la Constitución, es un mito. Cada cual se somete al soberano que mejor le conviene.

La realidad es terca: lo que Nebot dice que hará, lo que anuncia que otros pueden hacer, lo que el gobierno pudiera hacer si algunas de sus tesis se quedan en el camino, sólo significa una cosa: el país no dispone de mecanismo alguno para revertir la dispersión política y regional. Y si es así, la Asamblea está mal planteada. Y lo está porque cualquiera que sea su resultado, no será acatado por la mayoría. Eso significa que el país hará un ejercicio para concebir un marco institucional y de convivencia que, apenas votado, será abiertamente cuestionado. O desconocido.

La desconfianza es el motor de esa realidad. Y también, claro, un viejo modelo de Estado que ha dado lugar a asimetrías incuestionables que, en cualquier momento, pueden derivar hacia formas de secesión. En el mejor de los mundos hay —se entiende— una solución: que los asambleístas aprendan a ver lo complejo, lo procesen y estiren la sábana hasta límites insólitos. Pero el mejor de los mundos riñe con una realidad tan obstinada.