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¿El imaginario de Correa es contemporáneo? PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 10 de julio de 2007

El Presidente produce mensajes y símbolos. Algunos van a contrape lo del cambio que anima en un país que requiere una revolución cultural.Image

El Presidente dice que él es así —como se le ve y se le oye— y que no va a cambiar. Y si es así, Rafael Correa, por ser el Primer Mandatario, por tener la cobertura mediática que tiene, por incidir como supuestamente lo hará en la Asamblea, lejos de cerrar un interrogante, lo incrementa.

¿Quién es este Presidente de la República que reclama tan airadamente respeto para él y su cargo y retorno a los valores de la autoridad? ¿Quién es este Presidente que ahora suscita una buena ración de humor entre muchos periodistas que han entendido, por fortuna para la salud mental, que la risa es la mejor medicina frente a los extravíos del poder? Porque es un extravío, grave en la generación del Presidente, impensable según el canon de lo políticamente correcto, haber dicho lo que el Presidente dijo sobre una periodista cuencana.

Pero más allá de que sea grave e incorrecto, surgen algunas inquietudes: ¿desde dónde habla el Presidente? ¿Por qué, desde antes de instalarse en Carondelet, ha insistido en que se le debe respetar y que su cargo está ontológicamente signado por una majestuosidad que algunos, a sus ojos, se obstinan en ignorar? Y, claro, en esa línea de interrogantes se puede ir más lejos. Y se debe ir porque siendo el Primer Mandatario está produciendo señales, símbolos y actitudes que pueden, según su intensidad y su contenido, democratizar más a la sociedad.

O fortalecer hermetismos, prejuicios, comportamientos e ideas que reposan en la larga y negra noche de todos los autoritarismos. En definitiva, en la Presidencia no sólo hay una persona con sus virtudes y defectos. Es un arquetipo cultural que, en teoría, arrastra consigo la sensibilidad y los valores de la generación que llega con él al poder. Y, entonces, la pregunta ya no indaga por una persona “que es así y no va a cambiar”, como dicen al unísono sus asesores.

Averigua si con la llegada de Rafael Correa al poder, hubo realmente un cambio cultural o sí sólo hubo un recambio en el Estado de nombres y apellidos del personal político. La respuesta es esencial. Porque el cambio real, el que marca y forja nuevas relaciones en la sociedad en general, depende del proceso cultural que imprimen aquellos que saben que “el todo político” es un mito. Y que esa fábula, en la cual bastaba que cambiara la política para transformar la sociedad, fue archivada en mayo de 1968.

Ese año se diluyó. La diluyeron los jóvenes — sobre todo los jóvenes— cuando hicieron entender que la mutación que esperaban iba más allá de las relaciones institucionales del poder político. Por eso las cuestionaron todas. Las relaciones en la familia. Las de los alumnos con sus profesores. Las de los consumidores con el mercado.

La relación en la pareja… En ese proceso nacen ciudadanos y librepensadores, no corifeos. Esa generación quiso cambios. Pero no solamente para poner dos cámaras en vez de una. Ellos querían cambiar la vida. La cotidianidad. Por eso no es una casualidad que el nuevo Presidente francés, uno de los derechistas más recalcitrantes, haya fijado entre sus tareas acabar con el espíritu de lo que ocurrió en aquellos años y que marcó a generaciones enteras.

En ese contexto, lo que el Presidente dice no puede ser dividido en temas trascendentes e intrascendentes.

No es un detalle baladí que reclame respeto y haga tanto énfasis en la majestad del poder que, supuestamente, él encarna. Es un dato revelador que merece ser completado. ¿De qué tipo de sociedad y de qué valores se trata? ¿De qué modelo de autoridad habla, cuando lo que reclama para él lo niega en su trato con ciertos sectores y personas del país? Más precisamente: ¿tras el lenguaje añejo y pastoso de la majestuosidad del poder, puede esconderse un espíritu joven, conectado con procesos contemporáneos, a la vez, complejos y livianos como lo mostraron en su momento Edgar Morin y Milan Kundera? ¿No hay allí el eco de visiones decimonónicas cuando la autoridad no era otra cosa que un acto más de sumisión en la atávica relación piramidal?