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Aborto sin terapia PDF Imprimir E-Mail
Carol Murillo Ruiz   
martes, 17 de julio de 2007

El país aún mira el tema desde la lucha vida versus muerte. en este dogma, las libertades sobre el cuerpo son el chivo expiatorio.

 

H ay debates que en el país se tornan charlas de borrachos o fútbol de aficionados. Hace poco se reinició la discusión sobre un tema polémico que oscila en el columpio de una seriedad tan enredada como caótica. Y aunque parece un ejercicio útil, ese caos guarda una matriz social y cultural unívoca. El tema es el aborto y las matrices la fe y/o la medicina. En otros países, dicha cuestión, dependiendo de los milenios de historia, tiene fuerza en el pensamiento global por la lucha simbólica entre el pasado, el presente, el futuro, la muerte y la vida.

Las líneas escritas en nuestros medios apenas tienen la brújula: bueno o malo. Un maniqueísmo bobo esconde el dispositivo instantáneo que se activa a través de una tendencia ideal e idealista cerrada y bastante tuerta de la realidad. El aborto es bueno o malo. Los modernos dicen, incluso, que es bueno y malo. En general, el tema no elige la apertura porque, además, la usanza de juzgar todo lo que pasa en cualquier parte obliga a exponer ideas como columnas románicas: fijas y principales.

En el eje de las ideas de si el aborto es legítimo, legal o ético hay vigas como las siguientes: derecho reproductivo, derecho a la vida, concepción, valores, ética, moral, píldora del día después, condones, anticonceptivos, pecado, cultura de la muerte, madre soltera, sobrepoblación, natalidad, salud, planificación familiar, ciencia, población, dignidad, sexualidad, sida, violación, machismo, religión, educación, etc. Estas vigas actúan como refuerzos de las columnas de un pensamiento que encaja axiomas de fe o de medicina a nombre de un vector social nuclear: la vida.

No está mal, pero me temo que ambas formas de defender la vida y/o la libertad de escoger la vida para otro, otro humano, en el vientre de alguien, una mujer, preñada de cualquier hombre, lo que logran es perturbar uno de los tantos problemas de la época. No se entiende mejor la razón del aborto porque unos y otros planteen que la vida es la luz de la vida y que la libertad es la luz de la muerte.

Acaso lo esencial es pensar lo contemporáneo, como un espejo de relaciones no emparedadas en el canon de un punto fijo; acercándose a esa realidad sin el prejuicio de lo vital y lo mortal. Las realidades crean un discurso de la vida cotidiana que asimila los desajustes de las sociedades nuevas del mundo, una aldea que desde hace dos siglos, o menos, no deja de ser una sociedad nueva cada día. Una sociedad cargada de ritos y rupturas que alimentan su complejidad cultural, social, política y económica.

¿Dónde se consolidan el discurso de la vida y de la libertad manifestados? ¿Por qué este aparente diálogo social puede decir que los condones previenen un futuro de pobreza? ¿Qué voces divulgan la idea de la sobrepoblación o el rechazo a los anticonceptivos? ¿Dónde nace la libertad de la palabra en contra de la vida y a favor de la muerte o la prevención de la vida y la prevención de la muerte? Y quienes dicen que luego de la muerte viene la salvación ¿Salvación de quién? ¿Del asesino? ¿Del muerto? ¿De la madre? ¿Del niño? ¿Del feto? ¿Del cigoto? ¿Qué valores conjeturan lo bueno y lo malo que abarca y limita una sociedad, hija de una modernización poco higiénica? Las matrices de los discursos asumen el sesgo fundamentalista de la vida y la libertad. Y esta enorme curva ha pactado con los deseos subjetivos de amar lo desconocido o al prójimo abstracto, como una regla superior y alucinada de la relación cultural en la producción del discurso, sea médico o religioso.

Las dos faenas discursivas almacenan la trampa de componer el mundo antes de reconocerlo. El discurso religioso toma para sí el voto divino de la vida; y, el discurso médico, mínimamente científico en muchos casos (o la ciencia como afirmación dispendiosa), asume el discurso de la libertad y el albedrío. Los dos se permiten, gracias a la idea social del amor, atribuirse la razón como fe, y la fe como razón.

¿El aborto es una necesidad? ¿Qué dice el país sobre la realidad del aborto? ¿Sobre las clínicas clandestinas? ¿Sobre la sexualidad tapada por los palos de la moral como la fe y la razón? ¿Entendemos el mundo de lo cotidiano como un mundo sucio? ¿Se vuelve al dilema de una cópula reproductora o una sexualidad, también, conductora de placeres fantásticos? ¿Volvemos a las ideas de una moral medieval y una ciencia noble absolutas? ¿Es el aborto un acto fallido? Abrir los ojos a la realidad es explicarse por qué no ha triunfado el harén colectivo. Pues lo que les espeluzna a algunos no es la transgresión del aborto sino la condición light de un coito celestial no planificado.