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El dilema no es plegar ante Correa o flagelarse PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 17 de julio de 2007

El reto para los medios es saber qué hacer ante una sociedad que encara problemas del siglo xxi con referentes y prácticas arcaicas.

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 Ahora resulta que por los ataques, cada vez más incisivos y más reveladores, fue el Presidente quien puso a pensar a los medios. Es lo que se dice en esos foros donde pululan autoflagelaciones y golpes de pecho. Pues no. No fue Rafael Correa quien puso a pensar a los medios. Y no fue él, porque cuando llegó a la vida pública, la mesa estaba servida.

Y estaba servida porque parte de esos medios —que él acusa con una visión tan populista como chata intelectualmente— ya habían detectado su desconexión con el país. Lo hicieron —en forma dramática y ya entonces tardía— cuando el electorado, en un acto de desesperanza por lo vivido, votó por un loco autodeclarado.

¿Cuántos medios entendieron, en aquel momento, que había un imaginario —político, social, cultural— que había hecho su tiempo? ¿Cuántos creyeron obvio ampliar la agenda, mirar hacia la sociedad, teorizar sobre el bien público y convertirse, por la fuerza de los hechos, en la mala conciencia de las élites? Algunos. Bastantes, para bien del buen periodismo en el país.

Es en esa desconexión con los nuevos imaginarios que se encuentra la crisis del periodismo serio del país. En ella y no en evitar los recetarios que el Presidente se inventa cada sábado para tener, supuestamente, una prensa digna del momento político que vive el país. El Presidente lo que quiere es una prensa sumisa. Como la quiso León Febres Cordero. Como la sueñan Álvaro Noboa y otros candidatos a Carondelet.

Ninguno de ellos imagina que la sola idea de esa perspectiva resulta indigna para este oficio. Por ello, el periodismo serio no tiene un problema nuevo con este Presidente. Mejor, su problema no es diferente al que tiene siempre —en cualquier parte— con el poder político que no sabe que un sinónimo de prensa es independencia.

La prensa seria tiene un problema, algunos problemas, con la sociedad en plena mutación. Y esos problemas se agravan cuando las redacciones, en vez de pensar en nuevos modelos periodísticos, se dedican a reaccionar.

Hoy ese no es el dilema. Es saber qué hacer ante una sociedad que encara problemas del siglo XXI con referentes y prácticas, en su mayoría, totalmente arcaicos. Contribuir a poner los relojes a la hora no es un hecho político. Peor un hecho supervisado por el poder. Es un ejercicio cultural que los medios serios no pueden hacer sin un proyecto editorial, liderado por sus dueños.

Y es ahí donde el queso se vuelve gruyère. Porque mientras el país sigue apostando por salidas mesiánicas y las supuestas élites cohabitan, en general, con mafias, algunos medios, sobre todo la Tv, han creído que su papel —su único papel— es entretener. Ramplonamente, a veces.

El círculo no puede ser más letal. La televisión vive sobre todo del show. Los políticos hacen política mirando los sondeos. ¿Qué dicen los sondeos? Que a la gente en general le encanta el show. Y es obvio porque no ve otra cosa. Conclusión: la sociedad no debate. No se conoce. No se proyecta. No sabe cómo abordar sus problemas. No tiene referentes exitosos. Y cuando piensa en lo público, le apuesta a quien más pájaros pinte.

Si el poder es torpe con los medios, no lo es solamente porque quiere coartar la libertad de expresión. Lo es porque no ha entendido —si realmente es democrático— que no puede ir a un tipo de sociedad participativa y deliberativa sin los medios de comunicación. Y el Presidente —si realmente es democrático— no podrá volver a los electores ciudadanos solamente con homilías sabatinas. O con canales estatales que propalen las verdades oficiales. La era de las masas uniformadas murió con Mao Tse Tung.

El reto no lo pone, entonces, Correa. Lo ha puesto desde hace años la sociedad. Y cada medio tiene que juzgar, en un acto de lucidez, si rompe el círculo letal. Hay miles de debates represados. Hay cientos de programas que pueden ayudar a que el país construya otros imaginarios. Por eso las redacciones no las pueden manejar los gerentes, que ahora se llaman presidentes. Ni los medios pueden tener como único programa defenderse del presidente Correa. O autoflagelarse.