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¿Ahora le toca al 'yo también soy conspi'? PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 24 de julio de 2007

La referencia a Allende es desafortunada por las imágenes que pone a circular. Muestra a un Gobierno dispuesto a ideologizar todo.jImage

 

El Gobierno va a llegar -ya está llegando- al único discurso político posible en la lógica autista que ha manejado: la conspiración. Hay afirmaciones en ese sentido. En ellas hasta la subida de precios o la escasez de gas se ven como atentados políticos contra el régimen. Así la próxima moda, y las próximas camisetas, no dirán “También yo soy gordita horrorosa” o “También yo soy bestia salvaje”. Simplemente dirán “también yo soy conspi”.

La inquietud no está, por supuesto, en la rotación vertiginosa de camisetas. O de lemas inspirados en el humor y destinados a mantener a salvo la buena salud mental de los ciudadanos. La preocupación está en que el Presidente y, al parecer algunos de sus ministros, no han involucrado la realidad en sus imaginarios. Y ahora que se la empiezan a topar —tal y como es—, no saben cómo explicar y sobre todo cómo resolver problemas concretos. ¿Qué hacen? Saltar a la ideología para reavivar un argumento tan viejo como indecoroso: la conspiración.

Esa imagen no llega sola. El régimen ha retornado a los armarios donde reposan viejos catecismos para evocar, en su discurso de Daule, un referente: la conspiración que se dio, en otras circunstancias históricas, en Santiago de Chile y en los años setenta. El enfrentamiento de Salvador Allende contra unas élites que no vacilaron en cerrar los ojos ante la barbarie de un general fascista con gafas oscuras.

La desproporción es aparatosa. Y reveladora. Alarmantemente reveladora. Porque dice cuán frágil es la capacidad política de un régimen que ante las dificultades de la realidad (¿en qué gobierno no ha habido, en los últimos años, escasez de gas o aumento de precios?), en vez de buscar explicaciones racionales y de tomar decisiones correctas, privilegia una huida hacia adelante. El ministro Carlos Vallejo, sorprendiendo a quienes lo conocen, ensayó, la semana pasada, una explicación en esa línea.

Así, la leche no subió, como ha subido tantas otras veces, por consideraciones —equivocadas o no, mezquinas o no— de la industria lechera. Subió por consideraciones políticas. La conspiración, blanca en este caso, está en marcha… La comparación con Salvador Allende no es sólo desafortunada por las imágenes que pone a circular. Muestra a un régimen dispuesto a ideologizar todo; incluida su propia ineficiencia administrativa para detener abusos que tanto criticaron algunos de sus miembros en el pasado.

¿Se acaba con el contrabando de gas y la escasez provocada aludiendo a Allende? ¿Esa es la respuesta estructural de un gobierno que prometió tener éxito donde fracasó la derecha? Ahora, por fuera de esas explicaciones dadas por el Presidente, una pregunta de fondo queda en el aire: ¿qué hará este Gobierno ante problemas cruciales cuando la realidad le despoje de parte de la popularidad de la que hoy goza? Dá vértigo pensar lo que podría hacer o decir el presidente Correa si un día, por desgracia para él, Santiago Pérez, su encuestólogo de cabecera, le llegara a presentar sondeos en rojo.

Por lo pronto, hay otros interrogantes que se han quedado en el limbo, gracias a esta repentina adhesión a la teoría de la conspiración. ¿Puede el Presidente decir al país cuándo gastará algo de su popularidad (porque la popularidad cuando se gobierna es para gastarla) focalizando el subsidio al gas? ¿Sabe el Gobierno quiénes provocan los desabastecimientos inesperados de gas? Si lo sabe, ¿por qué no actúa? Si no lo sabe, ¿qué hacen los equipos de inteligencia del Estado y dónde está la voluntad política que nunca tuvo la derecha para combatir esas redes mafiosas? En definitiva, tras la teoría de la conspiración hay un enigma político: ¿tiene esta izquierda, que gobierna desde hace seis meses, la capacidad administrativa para mostrar resultados, tangibles y mesurables, allí donde la derecha dejó hacer y dejó pasar? La respuesta debiera llegar de la mano de acciones concretas. No de discursos ajados de una época ajena a la historia del país porque, por fortuna, ni la peor derecha vio con buenos ojos al fascita de gafas oscuras.