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Deserción en las filas forajidas... PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 07 de agosto de 2007

El Gobierno pierde adeptos en la clase media. La causa: el estilo confrontacional y retórico del Presidente. El régimen acusa el golpe y anuncia otro momento político: el de un acuerdo nacional.

 

La sensación aún no es de todos en el Gobierno, pero existe. Se sabe que el régimen debe pasar a otra etapa, sobre todo ahora que el Presidente y su Vicepresidente pondrán su cargo a disposición de la Asamblea Nacional Constituyente.

Los dos necesitan —así lo reconoce Lenin Moreno– un triunfo nítido en las urnas que refrende la confianza que les hicieron los electores. ¿Un plebiscito? Un plebiscito, responde el Vicepresidente.

Pues bien: el caso de Ricardo Patiño trajo unos ecos poco gratos a Carondelet. Se entendió, mirando los sondeos en los cuales el ex Ministro de Economía no resultó premiado, lo que está pasando en la opnión. El régimen, el Presidente más exactamente, cuenta con un colchón electoral amplio y seguro en los estrator más bajos.  Allí se ve con buenos ojos el cumplimiento de sus promesas, principalmente a través de bonos y otros subsidios, y su capacidad para confrontar.

Rafael Correa expresa —como dice un alto funcionario– las expectativas y complejos represados durante décadas, la rabia y desesperanza de capas olvidadas y marginadas.

Pero en la clase media su estilo ya no pasa. Lo que fue bueno en enero, es decir la confrontación abierta y frontal con los grupos políticos conservadores, ya no se siente como necesario. No sólo eso: las generalizaciones, los insultos, la retórica que en casos parecen disco rayado, han empezado a cansar. Y el régimen lo sabe. De ahí las aperturas que se propone hacer y que deben llevar, según el Ministro de Gobierno, a otro momento político.

Vanguardia analiza los pormenores y la factibilidad de esa dinámica política que, según Gustavo Larrea, debiera concluir en los próximos meses en un acuerdo nacional.

 En enero, o antes, el Presidente de la República y su equipo se instalaron en la estrategia del enfrentamiento. Se propusieron desnudar ante la opinión y desmontar ante los electores a esos grupos que, a sus ojos, representaban el pasado. Esa lógica fue más rentable de lo esperado.

El Presidente subió como espuma —según su expresión— y se coló en los afectos de los ciudadanos como ningún otro Primer Mandatario lo había hecho. Se convirtió en el Presidente con mayores índices de popularidad y aceptación desde el retorno del país a la democracia. En ello coinciden todas las empresas de sondeos.

Pero en política también hay vicios.

Y uno de ellos es volverse adicto ciegamente a lo que da réditos. Ese ha sido el principal problema del presidente Rafael Correa: convirtió la confrontación en su mayor y casi en su única herramienta política. Porque también cayó en las generalizaciones. Y así, confrontando y generalizando, se ha mantenido en una campaña ininterrumpida desde que decidió correr por la Presidencia de la República.

Hoy, siete meses después, hay señales inconfundibles en los sondeos (producto de alto consumo en Carondelet) de que el estilo Correa cansa en franjas de la clase media. Y las cansa hasta el punto de haberlas distanciado del líder que, en la primera vuelta, fue quien mejor las representó.

En claro, es el Presidente quien se ha alejado de unos sectores que, si bien no son tan masivos como los grupos más pobres, son políticamente esenciales.

Son activos, crean opinión y masa crítica.

De hecho, aún hoy el Vicepresidente de la República se sorprende de que allí, en esas franjas, se hayan fraguado y consumado las caídas de Lucio Gutiérrez y Abdalá Bucaram.

Ese espanto no persigue a Rafael Correa. Por dos motivos: la clase media que, según algunos sondeos, confiesa cierto distanciamiento, no caerá en los brazos de la vieja oposición, pues sigue esperando el cambio que ayudó a propiciar.

Y dos: es posible que vuelva a votar por Correa si éste rectifica y da ciertos giros de tuerca a su estilo y a su acción de Gobierno. En ello coinciden Santiago Nieto y Polibio Córdova de Informe Confidencial y Cedatos.

El régimen, si se habla con el Ministro de Gobierno, no admite que se estén moviendo las frutas en su contra en la clase media. Gustavo Larrea cita las cifras de popularidad o de agrado que, en general, están entre el 65 y el 70 por ciento. Él habla de 80 por ciento. Pero sí admite que el Gobierno está entrando “en otro momento político para solucionar problemas productivos, sociales, de obra pública y para garantizar que la Asamblea se desarrolle en un clima de acuerdos, acercamientos, consensos, al menos en una buena parte de la agenda”.

No hay que leer entrelíneas.

Gustavo Larrea recoge allí las críticas que proliferan en sectores medios y en élites que acompañaron el cambio, no ven resultados y están cansados del enfrentamiento del Presidente con actores políticos que no encuentran un segundo aire en la opinión pública.

Ese mensaje ya llegó a Carondelet. Y, a pesar de que el Presidente no lo deja traslucir, sí le preocupa lo que ocurre en esos sectores. Por ello ha comenzado esos giros de tuerca, imperceptibles en la base popular donde aún cuenta con un voto duro, pero claramente leídos en otros círculos.

La salida de Ricardo Patiño del Ministerio de Economía es uno. Fausto Ortiz es su antítesis.

Funge de técnico, mientras Patiño es un activista.

Su perfil es el de un ortodoxo, un moderado favorable a transformaciones inevitables. Su discurso recupera lo que Patiño, llevado por su discurso populista, borró de un trazo: el riesgo país, las buenas relaciones con organismos multileterales, la responsabilidad del Estado ante la buena salud y la estabilidad del sistema financiero… En esa línea, se conoce que el Presidente habló la semana pasada con Xavier Lasso y le propuso la Secretaría de Comunicación. Él se excusó después de sostener largas horas de diálogo con el Primer Mandatario (un allegado del Presidente habla de cuatro horas repartidas en dos citas).

La invitación de Correa puede verse como un gesto de apertura. Por algunos motivos: Xavier Lasso es un moderado y es hermano de Guillermo Lasso, quien es presidente del Banco del Guayaquil.

“Hay en ello —dice la misma fuente— el reconocimiento implícito de que el presidente Correa quiere cambiar de discurso y está dispuesto a dejar de generalizar porque se ha dado cuenta de que hay banqueros honorables”.

Dicho en buen romance, Correa se ha percatado de que los ataques y las generalizaciones gustan en los estratos más populares pero le hacen daño en sectores más informados: en la clase media y en las élites progresistas que lo apoyaron. Es lo que sostiene Santiago Nieto de Informe Confidencial, quien estima una caída de 15 a 20 por ciento; “y ese porcentaje también se aplica para la clase media”.

¿Por qué quería a Xavier Lasso en el Gobierno? Por las mismas razones que admite que Fausto Ortiz maneje otro discurso en Economía y Finanzas: necesita enlaces con sectores que quieren cambio pero no caos; sectores donde él ha perdido credibilidad y que están preocupados por un discurso de barricada tan reiterativo como desgastador.

Esos grupos, más que discursos, quieren certezas y resultados.

Esto último entiende Lenín Moreno, el Vicepresidente. Y tanto él como el Ministro de Gobierno coinciden en anotar la dificultad del momento. El régimen está confrontado a una campaña electoral en la cual la oposición tratará de obtener réditos, según Larrea, golpeando al Gobierno. Por ello, el Ministro cree que deben “dar los mensajes de lectura que permitan que ciertos sectores que no alcanzan todavía a comprender la acción del Gobierno y que tienen tabúes y mitos creados básicamente por la oposición, puedan develar que no es verdad lo que la oposición viene diciendo”.

El ministro Larrea vuelve así a enero.

Como vuelve el Presidente dispuesto a dar ciertos giros de tuerca, pero no a abandonar la estrategia que más votos le ha dado. Por esto se habla entre asesores y funcionarios de que el Presidente va a focalizar la confrontación, precisar sus ataques y evitar los mensajes con interferencia, como el que dio con el nombramiento de Mónica Chuji.

El Presidente ya no tratará a todos los banqueros de chulqueros o corruptos.

Ni a todos los medios de comunicación de mentirosos y corruptos. Al parecer, hay conciencia de que, por su inflación verbal, ha cometido la proeza de juntar a varios sectores contra él.

“Ojalá él se de cuenta de que esa no es la fórmula —dice una fuente política cercana al Presidente—. Es una persona inteligente y ha sabido disciplinarse en otros momentos”.

El dilema presidencial no está solamente en disciplinar la lengua. Existen acciones personales o de Gobierno que lo están alejando de las capas de clase media. Las empresas de sondeos han medido la percepción sobre algunas de ellas: el irrespeto a la ley cuando no lo favorece; su carácter prepotente y, en casos, abiertamente autoritario; su eterna campaña electoral; la prohibición de difundir los videos; el exceso de gasto público; el estado real del empleo o de la economía; el decreto sobre las aletas de tiburón… En los mismos sectores no se entiende, por otro lado, la visión decimonónica del Presidente en temas sexuales y sociales, como el aborto, cuyo drama desconocen los políticos.

Por eso el optimismo expresado por el ministro Larrea sobre la popularidad presidencial sólo es parcialmente verdadero.

En un sondeo de Market sobre los primeros seis meses de Gobierno, publicado en julio, hay datos reveladores de cómo lo percibe la clase media.

El Presidente es visto como un mandatario capaz (68%), honrado (65%), que ha gobernado para los pobres (74%)… Pero los sondeados piensan que debe dejar de pelear con los medios (81%), que no debe prohibir la difusión de videos (62%), que es autoritario (57%)… las cifras se tamizan, más aun, cuando se comparan las expectativas que había al inicio y las actuales sobre su capacidad para crear empleo, combatir la inseguridad o cuando se mira la decepción que ha ido generando en grupos específicos. Según Cedatos, el apoyo en personas que tienen entre 26 y 40 años ha bajado aunque aún suma 56%. La credibilidad en las mujeres ha disminuido en un 18%.

En estos sectores, el Gobierno no ganará terreno sólo repitiendo que no le meterá la mano al bolsillo a los electores y reiterando el libreto de confrontación con Jaime Nebot, Álvaro Noboa y Lucio Gutiérrez . Estos sectores quieren estabilidad, certezas y concreciones sobre un proyecto político que el Gobierno no concreta. “Es una apreciación respetable –dice Gustavo Larrea– y que puede incluso tener muchos elementos de certeza. Pero tenemos un escenario que es la elección en dos meses”.

Dicho de otra manera, el régimen irá por etapas. Primero, bajar el nivel de confrontación. Carlos Vallejo, ministro de Agricultura, afirma que el Presidente no la provocará; sólo responderá si es atacado. “Para la carta común que vamos a concluir —dice Larrea— se requiere bajar el tono de la polémica y entrar al debate de tesis e ideas. Queremos que las tesis estén en la escena política, que sean dos meses de debate político serio y profundo y no nos pasemos en una pelea infecunda”.

Y si se le recuerda que quien tiene el mayor número de micrófonos a su disposición en el país, es el Presidente y que es él quien ha hecho de la confrontación un estilo de gobierno, Larrea recurre a tres argumentos. Uno: el Gobierno no está ya en una línea de ataque. Una prueba: hace diez días (hasta el miércoles pasado) que el Primer Mandatario no ha hecho referencia al sistema financiero.

“Consideramos —dice Larrea— que ese tema se cerró y punto”.

Dos: el Presidente ya cambió de agenda.

En Chone —recuerda el Ministro— habló sobre el nuevo modelo económico.

Y así piensa seguir haciéndolo.

“Pero se saca a la luz sólo el minuto o dos que fustiga a determinado sector y no la hora de propuestas y acciones”.

Tres: “durante las fiestas de Guayaquil, el Gobierno hizo foros, debates y propuestas. Debatió tesis con distintos sectores, no confrontó”.

Y si así aparece, es porque hay una discrepancia de fondo con el socialcristianismo “partido que se regionalizó, más aun que se cantonizó. En el debate, ellos no tienen una tesis nacional. Ellos están fuera del debate, el gobierno no”.

Y Larrea afirma que esta tónica, en la cual habrá debates sobre la regionalización, la descorporativización y la despartidización del Estado, se multiplicará en las próximas semanas.

La gran incógnita reposa, entonces, en la actitud que asumirá el presidente Rafael Correa. Y esta es vital para el Gobierno porque ese nuevo momento político debe concluir, según el discurso de Larrea, en el acuerdo nacional evocado por el Presidente. Evocado solamente, pues sus contornos y contenidos no han sido precisados. Lo hará, lo dijo, después de la Asamblea que, por cálculo político, se convertirá en un plebiscito a favor o en contra de la dupla presidencial. ¿Cuánto pesará ese factor en la actitud de la clase media? Lo único cierto, por ahora, es que ante su desersión, el Gobierno sigue teniendo dos enormes ventajas: no hay alternativa política a la vista ni liderazgos tradicionales o emergentes. La oposición trabaja para el régimen.