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Revista Vanguardia   
martes, 14 de agosto de 2007
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...Y Correa golpea a los cuarteles
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Luego de Lucio Gutiérrez, los militares juraron despolitizar su institución. Rafael Correa los vuelve a tentar. Y esta vez tiene algunas ventajas...

 

E l caso Larriva, el voto militar, las aletas de los tiburones, la visita de Hugo Chávez, la propuesta militar para la Constituyente… Las carpetas que involucran a Fuerzas Armadas con la dinámica política aumentan. Y el presidente Correa, lejos de aminorar esa impresión, la multiplicó al pedir su apoyo en la Academia de Guerra durante una ceremonia de graduación de oficiales.

¿Una señal de debilidad según la lectura que hacen los propios militares? ¿Un canje de servicios? Fuentes militares, que hablaron bajo la condición de no ser citadas, encuentran que el Primer Mandatario ató ese pedido de ayuda a la homologación salarial. “Es como dar a entender —dice un ex miembro del Comando Conjunto— que si FF.AA. se portan bien, entonces habrá adelanto de esa homologación y habrá que ver cómo y cuándo se concreta”.

En el Ministerio de Defensa se responde que se está hilando demasiado fino. No estaba previsto, dicen, que el Presidente intervenga “y sus palabras se dieron en el contexto de una reflexión histórica en torno a momentos similares que vivió Bolívar”.

Pero el viernes 9, en la ceremonia de ascenso de generales, en la escuela Militar Eloy Alfaro de Parcayacu, insistió en que “juntos vamos a vencer a las fuerzas oscurantistas que quieren una vez más postrar al Ecuador en el dolor y la explotación”.

Con sus intervenciones, el Presidente envió algunas señales que comentan profusamente ex oficiales, que siguen lo que ocurre en la tropa, y expertos en temas militares. La más evidente es que volvió a golpear a los cuarteles, como ha sido tradicional entre los presidentes. Y la más inquietante es que, por esa vía, vuelve a politizar a las FF.AA.

“Es un derecho del Presidente –dice un ex general– pedir que Fuerzas Armadas garanticen el orden porque eso está en la Constitución. Pero al no evitar esos llamados de apoyo se entiende que pone a las Fuerzas Armadas de árbitro”. Así los militares vuelven a encontrarse con el rol que quisieron evitar tras las caídas de Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad y, sobre todo, Lucio Gutiérrez. En ese gobierno, sufrieron un desgaste que llevó a muchos oficiales, algunos todavía en funciones, a pensar que debían reposicionar la institución, acelerar el proceso de profesionalización y bajar la politización.

De ahí el apoyo inconmensurable que recibió Oswaldo Jarrín, cuando estuvo en el Ministerio de Defensa. La llegada de Rafael Correa hizo pensar a los pocos civiles que siguen de cerca lo que ocurre en las filas militares, que era la oportunidad para abrirlas a la sociedad y sacarlas de sus cánones de los años setenta. El nombramiento de un civil a la cabeza del Ministerio, mejor aún de una mujer con experiencia política, aupó las expectativas. Pero Guadalupe Larriva no conocía a las Fuerzas Armadas. Tampoco Lorena Escudero, la ministra que la reemplazó tras el desgraciado accidente que terminó con la vida de la ex ministra, de su hija y de cinco oficiales del Ejército.

Lorena Escudero puso reparos a su nombramiento, dijo a Vanguardia una fuente política cercana a la Ministra. Pero el Presidente, puesto ante la evidencia de la desaparición de Guadalupe Larriva, quería en Defensa a una mujer que fuera, además, cuencana. Si ella no conocía de temas militares, le dijo el Presidente, ningún civil sabía.

En ese punto Correa estaba mal informado. De hecho, las dos ministras se instalaron en el despacho, situado en el segundo piso de La Recoleta, con una idea salida de la Presidencia: involucrar a fondo los militares en los procesos sociales de desarrollo. Larriva, en los nueve días que estuvo en su cargo, ganó aceptación y supo llegar a los militares. Lorena Escudero no.

“Ella ha demostrado ser una funcionaria de perfil bajo —dice Luis Hernández, ex comandante del Cenepa— que tiene bastantes deficiencias en conocimientos políticos de la institución”. Jorge Brito, ex coronel y miembro fundador de Alianza País coincide: “los criterios que he recibido de militares activos, en servicio pasivo y de los civiles es que no están de acuerdo con la forma de actuar de Escudero. Se necesita una persona de presencia política y con experiencia en el ámbito técnico militar”.

Aunque los fans de Escudero se cuentan en una mano, el problema no radica en ella. Lo resume una académica, experta en temas militares y amiga de algunos ministros (por eso pidió el anonimato): “la izquierda siempre ha sido promilitarista y ahora, que está en el poder, no tiene un proyecto militar de reforma. ¿Qué hace? Usar a los militares de comodín porque, además, no tiene todos los cuadros civiles que necesita”.

Pero la misma académica se corrige. El Presidente se ha propuesto explotar una coincidencia entre lo que sería su visión funcional de Fuerzas Armadas y uno de los dogmas conceptuales de los militares: el desarrollo. De ahí que esa participación esté consignada, gracias a su presión, en la Constitución. Por eso la quieren mantener en la Carta Magna que salga de Montecristi. ¿Por qué? Un experto en temas militares, que habló con Vanguardia en la Flacso, responde: “los militares son extremadamente pragmáticos. Negocian sus intereses como cualquier otro grupo de presión.

Lo que ellos quieren se resume en tres puntos: hacer una reingeniería del tema militar, cuidar sus empresas y proporcionar bienestar a su personal”.

Esta deriva, más empresarial, los está llevando, según este académico, a replantear viejos mitos. Cita uno que figura en las propuestas que hacen los propios militares, a través del Ministerio de Defensa, al Conesup: que desaparezca en la nueva Constitución el artículo 183 que los convierte en garantes del orden constitucional.

El llamado del Presidente a que apoyen a su gobierno parece halarlos hacia atrás. Institucionalmente coinciden con él en desarrollar proyectos empresariales que desbordan incluso su capacidad (el Cuerpo de Ingenieros tiene que subcontratar) pero ese pedido no ha caído bien entre los oficiales. Y los civiles que rodean a la ministra Escudero en La Recoleta lo saben. Uno, porque los militares quieren mantener distancia con la política. Dos, porque no quieren volver a escenarios con preguntas ya respondidas: no levantarán sus armas contra sus conciudadanos por disputas de índole política. “Cuando las Fuerzas Armadas salen a la calle —dice un ex general— su presencia ejerce un poder sicológico sobre la población. Pero de ese poder no hay que pasar al poder físico. Este poder no debe ser invocado porque nadie lo va a dar”.